Cine & TelevisiónCríticas de Adrián Gómez

Adrián Gómez opina sobre la película «Érase una vez en Hollywood» de Quentin Tarantino

La décima película de Quentin Tarantino es una bombona de oxígeno entre tanta mediocridad veraniega. No solo ha venido a salvar la pobre cartelera estival, sino, posiblemente la temporada. Si exceptuamos las muy estimulantes Rocketman y Los hermanos Sisters, este fresco mitómano, oda al nuevo Hollywood, a la cultura de la televisión, a la era del mejor rock, al spaghetti western y a la iconografía pop en general, tanto cinematográfica como musicalmente, es un puñetazo sobre la mesa en tiempos de crisis creativa, blockbusters vacíos y sagas estúpidas a todos los niveles.

Sustentado en uno de los episodios más tristemente populares de la crónica negra de los USA, el director crea una fábula que bascula entre el homenaje, el pastiche multirreferencial (una vez más), y el suspense con gotas de humor ácido (nunca mejor dicho), jugando con la realidad y la ficción, como ya hizo en la estimable pero inferior Malditos Bastardos. De ahí rescata a un carismático Brad Pitt, que encarna a Cliff Booth, stunt del declinante y etílico Rick Dalton, inmenso Leonardo DiCaprio, como en la anterior Django desencadenado. Juntos tienen oportunidad de reverdecer laureles, compartiendo peripecias con la familia Manson, Bruce Lee, Steve Mcqueen, The Mamas and the Papas, San Wanamaker, Antonio Marghretti, Sergio Corbucci, Andrew Mclagen, Roman Polansky, o una bellísima y quizá algo desperdiciada Sharon Tate (correcta Margot Robbie), en una odisea impecablemente filmada, montada e interpretada. John Dykstra supera los logros de Forrest Gump en su combinación vintage visual con el material de archivo, donde travellings vertiginosos y una fotografía setentera, se funden con una trama adictiva que explota en un violento (e inesperado) clímax, que ríanse ustedes de Craig Zahler.

Brillan también con luz propia monstruos como Al Pacino, Kurt Russell, Bruce Dern, o característicos como Timothy Olyphant o Luke Perry, en su último papel. Todo funciona como un reloj, y tocamos el cielo (Drive) a ritmo de Deep Purple, Neil Diamond, Los Bravos o Paul Revere and The Raiders. Mencion especial para Out of Time de los Stones, o el You keep me hanging on, de Vanilla Fudge, que ilustran sonoramente dos momentos claves del film. Y atencion a la sorpresa de los creditos, con la sintonía del Batman televisivo (otras joyas catódicas citadas son FBI, Bonanza, El Virginiano, Tierra de gigantes, etc…). Pero al margen de los guiños, la película tiene vida propia. Respira por sí misma. Como una cuchillada seca y contundente, el realizador asesina lo previsible, escarbando en la sordidez de los hechos que narra, en una espiral en que los egos, los hippies, los dobles, los karatecas y la fábrica de sueños Hollywoodiense, caen fulminados a golpe de lanzallamas, dejándonos con sabor a tabaco malo, y mojandonos en LSD, disfrutando de un viaje de casi tres horas, donde los siete meses ambientados en 1969 del film, pasan volando.

Una joya que el tiempo pondrá en su lugar. Lo mejor de su autor desde Jackie Brown.

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