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Adrián Gómez opina sobre la película Spider-Man: Lejos de casa

Pues resulta que Petey y la superpandi de su clase (una miscelánea entre los packs de Princesas de Disney y una ONU de secundaria) se van de vacaciones por Europa, emulando a Chevy Chase y familia, para superar el varapalo (aunque lo conoció el otro día, como quien dice, eso sí, lo patrocino y tal) de la desaparición del cabeza de lata, y para que Happy haga honor a su apodo y se beneficie a la tía Tomei. Entre gracietas chorras, diálogos diarreicos y metraje de relleno, solo para espectadores con acné, transcurre la insoportable primera hora, con Samuel L. Jackson haciendo lo que puede, y adquiriendo cierto tono adulto con la aparición de Misterio y su misterio (correcto Jake Gyllenhaal, que al lado del resto del cast, es   Laurence Olivier), con un clímax tan engorroso digitalmente, como todas las anteriores secuencias de acción, repetitivas hasta el hartazgo.

Rescatando cierta escena con el villano, entre lo ilusorio y lo alucinante (lo más comic de todo el bodrio en cuestión, que homenajea cierto espíritu Lee-Ditko, a quienes se les dedica el film), y esa moraleja final de » la gente necesita creer en algo», el resto es un peñazo descuidado, que junto con Shazam y Venom, representa un método de tortura infalible. Increíble que esta chorrada insípida e irritante venga después de la estimulante » Spider-Man: Un nuevo universo».

El director de esta atrocidad, y de la anterior Homecoming (Vuelta a casa), es Jon Watts, autor de la muy recomendable «Coche policial», que nada tiene que ver con estos excrementos arácnidos, que no convence ni al fan ni al espectador casual. Una vez más, Marvel-Disney con piloto automático y sin freno. Pues eso… Spider-Man, vete a casa…y no vuelvas.

 

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