Cine & TelevisiónCríticas de Adrián Gómez

Adrián Gómez opina sobre la película Star Wars: El ascenso de Skywalker

Sentimientos encontrados con esta entrega Frankenstein. Un pastiche de dimes y diretes, ahora pongo y ahora quito, donde dije digo diego, y así. Ésta película lo cuenta todo y no dice nada. Durante su proyección, uno siente ira, asombro, decepción, nostalgia, impotencia. Un cúmulo de sensaciones producto del visionado de un producto indeciso que no sabe para dónde tirar en ningún momento.

J.J Abrams, mitómano y fan irredento que comenzó esta (prescindible) trilogía con la execrable El despertar de la fuerza (que, quien lo diría, sube puntos a la lado de esta), vuelve para la resolución. Parchear, o así, las supuestas taras de la entrega más digna y más injustamente odiada de todo este desaguisado: El último Jedi. El filme de Rian Johnson, sin ser una maravilla, arriesgaba y rompía con la anterior, y éste que nos ocupa, va de romper y rasga y se pierde por el camino.

A la nulidad interpretativa de Daisy Ridley, se le une la escasez de carisma y la ausencia de química de los personajes de Oscar Isaac (buen actor cuando tiene algo con lo que trabajar) y John Boyega (ídem). Así, Rey, Poe y Finn revelan las costuras de unos personajes que ni evolucionan ni aportan nada a la mitología. Solo el inicialmente patético Kylo Ren, está algo más trabajado, desembocando en un final esperado, pero chapucero. Adam Driver (excelente actor de excelentes películas) hace lo que puede con lo que tiene. Abrams tira de escudería propia y reaparece Greg Grunberg (MI3), a la vez que ficha a viejos conocidos en nómina, como Dominic Monaghan (Lost) y Keri Russell (Felicity) en personajes fugaces y sin apenas trascendencia (la jinete de color, el nuevo almirante y un largo etcétera de caracteres sin desarrollar con motivaciones y comportamientos gratuitos por doquier). Para terminar con el cast, decir que hasta Chewbacca está más sobreactuado que nunca (!¡)y uno empieza a echar de menos a Peter Mayhew desde el minuto uno.

Narración atropellada que bascula entre la concesión nostálgica para contentar a la vieja guardia, no solo con el regreso ( by the fuckin face) de Palpatine, o de Lando Calrissian, sino también con determinados guiños como la aparición de la flota final, las voces de los antiguos, apariciones post-mortem cual Pepito Grillo, medallas olvidadas y merecidas, ciertos habitantes Endorianos y esa entrañable escena final, que riza el rizo del epílogo de la entrega anterior, y cierra el círculo con carga emotiva.

Por lo demás, imágenes de una gran potencia visual , como la armada de la orden final, los restos de la estrella de la muerte en el mar, o esa siniestra iconografía entre Herbert y Tolkien del planeta Exegon no redimen, una vez más, el lastre de la política Disney, que aquí se desborda definitivamente con el empecinamiento inclusivo ( lo de las stormtropper y altos mandos femeninos, a última hora y porque si, huele a años luz), las nuevas criaturas de almohada ( Babbo Freak o así), giros de timón argumental, entre la ñoñeria y el desatino, y una conclusión para la relación Rey-Ben, que remata para la generación millennial, el culebrón de la familia Skywalker.

El perfil y eclecticismo de los diferentes planetas sigue siendo el mismo desde los ochenta (no salimos de la triada de: Desértico, Helado y Boscoso), por cierto. Y esto es todo. Hace tiempo que la magia de esta gloriosa saga se perdió por el camino. Esa magia que nos hizo soñar y volar lejos. Es verdad que atesora momentos que rozan el sentido de la aventura, con batallas épicas y pasajes memorables (atención al cameo de John Williams), pero si no hay planificación no puede haber trepidación. Y un servidor se le pone la carne de gallina con aquella puesta de sol en Tatooine. Ese halo ya no volverá. Eso fue hace mucho tiempo… en una galaxia lejana… muy lejana.

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