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¿Dónde está la pulsera? Por Juan Antonio Gómez

RELATO CORTO. VERSIÓN PROPIA DE LEYENDA URBANA.

¿Dónde está la pulsera?

 

Miguel sintió como una densa  oscuridad lo envolvía de negro y espeso silencio. ¡No podía moverse! ¡Casi no podía respirar!  La oscuridad lo atrapaba de una forma sobrehumana y sentía como su denso peso oprimía todo su cuerpo. ¡No podía respirar! ¡No podía respirar!

Comenzó bruscamente a moverse dentro de aquella opresión negra; abría y cerraba los ojos para comprobar que no había luz ¡Todo estaba oscuro! ¡No había luz! ¡No había aire! Miguel casi no podía respirar y ya empezaba a sentir la angustia de la falta de oxígeno, sentía la hiel de su saliva resbalando por su garganta sin poder recoger una gota de aire que aliviase su tenebrosa sed. La sensación de agobio y miedo se apoderó de él y un profundo fuego empezó a quemarle desde el interior de su estómago.

Sacudiéndose violentamente dentro de aquel espacio oscurecido que lo oprimía y le quitaba el aire y la luz, notaba como su cuerpo estaba rodeado de una tela que lo envolvía, que lo momificaba, que lo custodiaba dentro de aquella penumbra terrorífica y en ese mismo momento la angustia se volvió terror.

– ¡Socorro! ¡Socorro!

Miguel gritó desesperadamente, no entendía lo que pasaba, casi no podía mover sus brazos, casi no podía mover sus piernas; se agitaba hasta el punto de notar como sus pies y sus manos tocaban una superficie que sonaba seca y dura, como la madera. Le embargó una desesperación total al venirle a la cabeza la idea de que estaba dentro de una caja…

– ¿Estoy enterrado? ¡Socorro! ¡Socorro!

En ese mismo instante, Miguel se dio cuenta de que estaba en el interior de  un ataúd. Se dio cuenta de que había sido enterrado vivo. Esto era una broma, era una broma muy pesada…

– ¡Dios mío, sáquenme de aquí! ¡Sáquenme de aquí! ¡Por favor! ¿Es qué nadie puede oírme?

Su cuerpo sentía el agotamiento y el pánico, sentía la angustia de sentirse conscientemente muerto, conscientemente muerto…

– ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro socorro!

Súbitamente, como si se hubiera caído desde una gran altura, su cuerpo cayó en la cama, rebotando bruscamente entre aquellas sábanas que lo envolvían. Miguel se despertó gritando un aullido pavoroso de socorro que rompió el silencio espeso de la noche… Abrió los ojos y aún las sombras lo envolvían todo.

Se levantó de golpe, se quedó sentado en la cama, el sudor le caía por la frente como un  torrente espeluznante lleno de angustia.

Todo parecía haber sido una malísima pesadilla, el corazón de Miguel se tranquilizó. Miró hacia todos los lados de la habitación, a oscuras,  intentó ver la poca luz que se colaba por la ventana y vio como un fino halo de tenue luz cortaba la habitación en dos.

– ¡Dios mío que pesadilla!

Miró el radio-reloj: las 07:45 de la mañana, se le había hecho tarde.  Miguel conectó la radio que estaba en la mesa de noche, saltó automáticamente dejando oír, de fondo, las noticias de una emisora de radio. Informaban de un accidente muy grave que se había producido hacía unos minutos en el centro de la ciudad, donde había habido varios heridos y un fallecido.

Ciertamente Miguel se sentía raro, no sabía explicar exactamente lo que le pasaba, se levantó de la cama, abrió una de las persianas que ocultaban la cara del sol y mirando hacia afuera empezó a esbozar un bostezo que hizo que su cuerpo se estirarse y recuperara cierta energía. Se dirigió a la cocina, y se preparó un café rápido ya que era un poco tarde para ir al trabajo. Ya preparado Miguel se disponía a salir.

– Seguro que se me olvida algo.

Miguel cogió el maletín que estaba colgado detrás de la puerta y casi sin darse cuenta dejó cerrar la puerta de un portazo, aún no se había cerrado y ya empezaba a bajar los peldaños de la escalera del edificio. Tenía mucha prisa, estaba bastante nervioso y encima había dejado el coche aparcado a tres calles de distancia y es que no quería volver a llegar tarde al hospital. Había conseguido el puesto de médico porque su padre era amigo del jefe del servicio y se sentía un poco vigilado y observado. La verdad es que el puesto de médico en el departamento de cirugía le iba a ayudar mucho en su carrera.

Empezó a caminar rápido con la intención de llegar pronto al coche, sentía que tenía que organizarse mejor a la hora de ir a trabajar porque sentía que le habían dado una gran oportunidad y no quería echarlo todo a perder.

– Seguro que me va a coger el atasco y no voy a poder llegar a tiempo a la reunión.

Abrió la puerta del coche, puso el maletín en el asiento del copiloto, metió la lleve en el contacto y ya casi sin darse cuenta empezó a conducir hacia el hospital.

Miguel era una persona muy pragmática, al ser médico, resultó que siempre le había dado más importancia a la parte empírica de las cosas y de la vida, que, a la parte más emocional y espiritual.

08:30 Había dejado el coche en el parking del hospital, y al acercarse a la puerta principal, éstas se abrieron, y dejaron entrar a Miguel con un paso acelerado, su mirada fija y su corazón encogido porque irremediablemente llegaba tarde.

La reunión de Cirugía ya casi había terminado cuando entró por la puerta de la sala de juntas. Hoy le tocaba dirigir una cirugía torácica muy importante. Tenía a los allegados del paciente en la sala de espera y tenía que prepararse para entrar en quirófano.

Terminó de ponerse la camisa verde del uniforme de quirófano y ya se dirigía a la sala de operaciones para terminar la rutina y el protocolo previsto.

– ¡Introduzca anestesia lentamente! ¡Controle!

– El monitor indica que la paciente tiene todas sus constantes controladas doctor.

Miguel miró a la paciente,  miró su cara, era una chica joven, tenía una cara muy peculiar de la que no se iba a olvidar nunca. Y no sabía por qué razón se encontraba más nervioso  de lo habitual. Estaba sudando y algo tembloroso. Estaba todo preparado en el quirófano para cambiar una válvula cardíaca que el corazón de la paciente había decidido dejar ya como inservible. Era una intervención de vida o muerte.

Se miró las manos temblorosas, miró y veía los guantes colocados y todo preparado para empezar. Alargó la mano derecha…

– ¡Bisturí!

– ¡Gasas por favor! ¡Sequen esa hemorragia!

– ¡Doctor! ¡La paciente empieza a tener descontroladas las constantes!

– ¡Cargue cinco mililitros de adrenalina!

– ¡Doctor la paciente está cayendo!

– ¡Preparando desfibrilador!

– ¡Preparado y cargado!

Lo intentaron una vez, dos, tres…….

–  ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Se nos ha ido! ¡Se nos ha ido!

Miguel miró la cara de la paciente, se le había escapado entre sus manos. No había podido conseguir hacer nada. Su cara no se le borraba de la cabeza.

Se quitó los guantes, se alisó el pelo y se derrumbó frente al espejo que había en el vestuario.  No se lo podía creer.

Casi sin ganas se puso la bata blanca encima del uniforme verde, tenía que ir a hablar con los parientes de la paciente que había fallecido. Estaba destrozado.

Miguel cogió una respiración profunda, abrió la puerta y salió al pasillo. A la derecha estaban los ascensores, sólo era una planta, pero no tenía ánimo para coger escaleras.

Caminaba por el pasillo y el tumulto de gente casi ni reparaba en él, estaba aturdido, algo mareado. Pensó en ir después a que le tomaran la tensión.

Mientras el pasillo estaba oscuro, veía como la puerta del ascensor estaba bien iluminada; le quedaban unos metros y vio como la puerta del ascensor se abría, así que, se apresuró para no perderlo y terminar ya con todo esto y comunicar a los parientes el fastidioso hecho.

Entró en el ascensor.

Sólo había una paciente que estaba vestida con el pijama del hospital. Miguel saludó.

– ¡Buenos días!

– ¡Buenos días doctor!

Cabizbajo apretó el botón de la planta a la que iba.

Aún la puerta del ascensor permanecía abierta, y al mirar hacia afuera, vio, y no podía creerlo, como la paciente que acababa de morir en quirófano se dirigía hacía el ascensor. El corazón le dio un sobre salto, miró a la señora que estaba dentro y le preguntó si también podía verla, y ella le contestó que sí.

Nervioso, apretaba el botón de cierre del ascensor, quería salir de allí, se encontraba muy extraño y sólo quería terminar con aquella situación loca, ya. En ese momento que la puerta  empezaba a cerrarse, la paciente introdujo la mano dentro del ascensor, mano en la que llevaba una pulsera negra. Miguel la repelió como pudo y el ascensor se cerró.

Miró, con los ojos muy alterados, a la paciente que estaba dentro.

– ¿Usted ha visto? ¡No puede ser verdad!… Esa era la paciente que acaba de morir en el quirófano. ¡Es imposible! ¡Es imposible! ¡Esto es una pesadilla! ¿Qué está pasando?

– Tranquilícese Doctor. No pasa nada. Vaya acostumbrándose.

– ¿Acostumbrarme? ¿Acostumbrarme a qué? ¿Y por qué llevaba esa pulsera negra?

– ¿Usted no sabe qué aquí cuando las personas mueren les ponen una pulsera negra?

– ¡No, claro que no lo sé! ¡Eso lo lleva la administración! ¡Yo no me ocupo de eso!

– ¿Y de qué se ocupa usted Doctor?

– ¡Pues de los pacientes evidentemente!

– ¿Y aún no se ha acostumbrado a la muerte?

Miguel bajó la mirada.

Estaba nervioso, ausente, agitado e incluso algo alterado, y mucho más cuando miró la mano de la paciente que estaba con él en el ascensor. Abrió los ojos con asombro y miedo, como si se le fueran a salir de las órbitas, al comprobar que ella también llevaba en la mano una pulsera negra.

Se pegó a la pared del ascensor. Miró con temor a la paciente que estaba con él.

– No se preocupe Doctor.

Miguel se sentía muy, muy agitado.

– ¿Por qué tiene usted esa pulsera?

– Porque estoy muerta Doctor.

– ¡Esto es imposible! ¡Es una pesadilla!

Miguel estaba muy exhausto, sudoroso y alterado intentaba detener el ascensor.

En ese mismo momento, el ascensor paró. Miguel volvió a mirar a la señora una y otra vez muy alterado, y golpeando en la puerta que no quería abrirse. La confusión recorrió todo su cuerpo y le embargó una sensación de miedo que nunca jamás había sentido.

– No pasa nada Doctor, esté tranquilo.

-¿Tranquilo? ¿Es que usted no ve lo qué está pasando? ¡Esto es una broma de mal gusto! ¡Socorro! ¡Socorro!

Miguel se deslizó por la pared del ascensor y se quedó llorando en el suelo. Su corazón palpitaba a mil por hora y su sensación de miedo era de verdadero terror.

– No tiene otra salida que aceptarlo Doctor.

– ¿Aceptarlo? ¿Pero de qué está hablando? ¿Aceptar qué?

La paciente se acercó a Miguel. Se agachó a su lado lentamente y  le cogió la mano.

Miró asustado a la mujer, sintió como su mano fría lo sujetaba. La miró aterrado.

– ¿Qué hace? ¡No me toque! ¡Usted dice que está muerta! ¿Qué broma es esta?

La paciente, de repente,  le agarró la mano fuertemente y levantándola con ímpetu le enseñó su propia mano.

– ¡Mire doctor! ¡Usted también tiene una pulsera negra!

De repente, la puerta del ascensor se abrió.

 

 

© 2017 JUAN ANTONIO GÓMEZM JEREZ

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