BloggersmaníaLiteraturaSi las andoriñas vuelan bajo

Hay gente que le habla a sus manos. Yeray Barroso

 

Sería abril, el mes más cruel para T.S. Eliot. Donde nacen lilas en la tierra muerta. Una vez más, como de forma periódica venía ocurriendo, mi Seat Córdoba, de ese azul inmortal casi imposible de romper,  tenía un daño. Se aprende a conducir a golpe de averías, un coche de segunda mano de apenas mil Euros e infinitas travesías con el tanque de la gasolina en reserva. La vida de estudiante era eso: bajar de El Teide a las cuatro de la mañana con la luz que alertaba de poco combustible, la oscuridad del monte, los amigos cagados de miedo. 

Fuera del taller del mecánico, yo había llegado un poco antes, un hombre de chaqueta beige y reloj de oro, gafas de vista y pelo blanco, mantenía una discusión en voz alta consigo mismo. Sentado, miraba sus manos, que movía enérgicamente y se preguntaba y respondía con enfado. Me gustaría poder hablar con mis manos de ese modo, sin pudor, en la calle.

He pensado últimamente mucho en las manos. Las manos de la madre del protagonista de En la tierra somos fugazmente grandiosos, una vietnamita emigrada a Estados Unidos, que trabaja en uno de esos famosos salones de pintura de uñas. En cómo ella, analfabeta, nunca podrá leer la carta que escribe su hijo en esa novela. No basta con tener unos ojos para verlo todo, no basta con tener unas manos para hablar y ser escuchado. El protagonista de la novela de Ocean Voung nunca es un igual en la tierra nueva: es inmigrante, es marica. Cuando fluye el deseo, tampoco es un igual.  Su amante es un hombre blanco, ejemplifica la fuerza, no es un maricón, no quiere serlo. A veces el poder se ejerce en el lugar menos pensado, de la forma que menos te imaginas. 

Estuve al menos treinta minutos dentro del coche. Escuchaba la radio, el mecánico ya llegaba tarde a su primera cita y el hombre, allí parado, sobre dos bloques junto a un muro, el piche mojado de la última lluvia del mediodía, continuaba hablando a sus manos. 

A veces es necesario hablar así, quizá. De este modo lo plantean Ocean Vuong, que escribe a su madre analfabeta: “odio y amo tus manos vapuleadas por lo que no podrán ser jamás” (p.93) y Abdelá Taia, quien escribe a su madre muerta en El que es digno de ser amado. Habla a sus propias manos también, trata de contarle a quien ya no puede escuchar quién es él: el homosexual, el emigrado a Francia desde Marruecos, el enamorado de un francés, el que debe afrancesarse, europeizarse para ser integrado, el que siempre va a ser menos. Le habla a las manos, escribe unas cartas a una madre que ha fallecido hace cinco años, que ya no podrá leer: “A los maricas árabes que buscan refugio en Francia se les trata igual que al resto de los inmigrantes” (p.51).

Sería abril, o tal vez septiembre. El mecánico me llamó después de cuarenta y cinco minutos. Le había surgido un imprevisto y no podría atendenderme. Al final de la llamada, el hombre ya no estaba. La pared, blanca, custodiaba los dos bloques. Yo me fui.


¿Yeray Barroso?

Yeray Barrroso (Tenerife, 1992) es graduado en Español. Lengua y literatura por la Universidad de La Laguna. Ha publicado los libros huida al centro del agua (2015) y ceremonia (2018), con el cual obtuvo el premio Nuevas Escrituras Canarias convocado el mismo año. A su vez, fue director de la revista fogal. Como crítico ha preparado la edición de los cuentos reunidos de Josefina Zamora en La mirada infinita. Cuentos reunidos (2020), así como ha estudiado la obra de Félix Francisco Casanova en su trabajo El don de Vorace: novela lírica y actitud posmoderna.

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