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La violinista y el pintor, Yeya y Alberto

Y de buenas a primeras, como quien no quiere la cosa, el destino, la fortuna o simplemente un efecto nacido de una causa, dejo entre mis manos, frente a mi mirada, ante mis sentidos, una pequeña caja de música que encerraba muchas sorpresas y también variadas e intensas emociones.

Una hermosa pequeña estructura de madera, forrada por dibujos, formas, trazos, llenos de colores y de pinceladas. Así era su aspecto exterior.

Y justo al abrirla, después de levantar su pequeña tapa dibujada y pintada, dulcemente y envolviendo la atmósfera, comenzaba a sonar una melodía, notas musicales nacidas de un hermoso y viejo violín.

La perfecta conjunción entre pintura y música, entre dos mundos artísticos que se complementan, pero lo especial de este objeto es que la pintura no encierra a la música, sino que la melodía que suena al abrirse es el alma de esas pinturas, de esos dibujos y de esas creaciones.

Esas notas musicales, hijas de ese instrumento de cuerdas, que viven dentro de ese pequeño espacio rectangular, no imaginan mejor envoltorio que las pinturas, que los trazos de mil y un colores, que la acogen.

Pues para ellas nunca jamas existirá mejor papel de regalo en este universo.

Nunca jamas desearían mejor cobijo donde reposar, donde existir eternamente, pues esa música lleva décadas enamorada de esas pinturas.  Y las pinturas que la visten y adornan, no entienden un mundo sin poder sentir tan desde dentro los sonidos, benditos y únicos que en perfecta armonía, crean aquel arco acariciando las cuatro cuerdas.

Esa caja musical es la perfecta creación pues esta fabricada con verdadero amor, con verdadera amistad y con verdadero compromiso de vida.

Un artefacto que en sí mismo es pura sensibilidad artística.

 Y por supuesto nace ya bendecida por las musas del arte y por hermosos sentimientos humanos.

Ese objeto es la representación imaginaria, de este que les escribe.

Es mi personal forma de contarles quienes son la violinista y el pintor, quienes son Yeya y Alberto. Y cual es su historia.

Una historia digna de ser contada, conocida y disfrutada.

Y volviendo a nuestra realidad, dejando a un lado la imaginación, el simbolismo del que anteriormente fui pregonero, quiero compartir con ustedes, en este artículo que publicó en Culturamanía mis impresiones, mi parecer sobre un documental recién estrenado en nuestras islas, de título: El ultimo arquero.

 Creado por la joven cineasta grancanaria: Dácil Manrique de Lara.

Nieta de la violinista y el pintor. Nieta de Yeya y Alberto.

Los recuerdos son una forma de aferrarte a las cosas que amas, las cosas que eres, las cosas que no quieres perder.

Y en esta ópera prima que estrena Dácil Manrique los recuerdos son la columna vertebral del documental.

Recuerdos que desde que fueron creados, hace ya mucho tiempo, parecen guardados en una cápsula atemporal que los preserva de cualquier daño y de cualquier desperfecto.

Recuerdos materiales, recuerdos mentales y recuerdos emocionales.

Los materiales parecen nuevos por lo bien conservados que están.

Los mentales, parte de ellos, desgraciadamente robados.

Los emocionales frescos y de rápida presencia si son llamados.

Creo que casi todas las personas deseamos llegar al último tramo de nuestra vida acompañados, cuidados y queridos.

Quien no se ha girado al pasear por alguna calle, para observar con ternura, a esa pareja de ancianos que, agarrados de la mano y a paso lento, comparten con amor y dicha un paseo por la ciudad.

O quien no se ha preguntado qué historia vital, encierra en su mente y en su alma, aquel anciano que sentado en un banco espera la salida de su nieto del colegio.

Desde nuestra edad, si somos jóvenes, parece una estampa, una situación lejana, muy lejana. Pero no nos confiemos, cuando menos lo esperemos estaremos viviendo esa realidad.

Y en el último arquero, en mi personal opinión, Dácil Manrique más que mostrarme la vida en sí misma, me regala una fábula, un cuento. Una odisea vivida por dos seres únicos e irrepetibles que son y serán por siempre Yeya y Alberto.

Sin el arte, la crudeza de la realidad haría al mundo insoportable. George Bernard Shaw.

El arte puede curar, el arte puede emocionar y el arte debe formar parte de nuestras vidas. Sea del modo que sea. Quizás como simples observadores del mismo, pero también, porque no, como creadores de algo artístico.

Dibujando, escribiendo, fotografiando, cantando, tocando, la forma de darle vida no importa, pues lo más importante es la experiencia que vivimos en ese proceso.

 Debemos dejarnos llevar por esas ganas de crear. Esas ganas, que, en muchos casos, tiene como fiel e inseparable enemiga a nuestras propias inseguridades.

Debilidades emocionales que crecen y se nutren de nuestras preocupaciones y dudas.

Ver y observar, gracias al mensaje fílmico que Dácil manrique nos quiere enviar, que el arte crea amistades, que el arte fusiona corazones y que el arte puede curar, puede cicatrizar almas heridas y puede recolocar piezas de memoria en un puzle mental desordenado.

No se vive sin la fe. La fe es el conocimiento del significado de la vida humana. La fe es la fuerza de la vida. Si el hombre vive es porque cree en algo. León Tolstoi.

Y como final de este artículo, en el que solo intento reflejar o transmitir pensamientos y sensaciones que me ha producido conocer la historia de Yeya y Alberto, esta historia contada a través de la mirada de su nieta.

Pues me quiero quedar, entre otras muchas cosas profundas e importantes, con la petición de Alberto Manrique en voz alta, segundos antes de despedirse de la cámara, la petición que nos hace de que tengamos fe.

De que pongamos parte de nosotros, ese esfuerzo necesario para a través de la fe poder creer en nuestras posibilidades.

Creer, por ejemplo, que las flechas de un arquero creador de arte llegaran a hacer diana en múltiples y diversas personas obsequiándoles, quizás observando tranquilos en su salón un cuadro de Alberto Manrique, miles de ocasiones de escapar de esta realidad y vivir libres en esos mundos oníricos y especiales dibujados en sus lienzos.

Creer, por ejemplo, que a veces la vida son etapas que vivir y obstáculos que sortear. Que un violín atrapado en su funda desde hace décadas por circunstancias de la vida, puede volver a sonar, puede volver a vibrar entre las manos y el corazón de su dueña. De Yeya.

Y por supuesto creer que las heridas se curan. Que los caminos a veces y para nuestra sorpresa, son de ida y de vuelta. Que nunca es tarde para regresar al nido, que las puertas de tu verdadero hogar familiar siempre estarán abiertas y pendientes de tu regreso.

Que podemos perder parte de nuestros recuerdos pero que suerte y que bendición saber que están repartidos y bien custodiados por nuestros seres queridos y por todas aquellas personas que formaron parte de nuestras vivencias.

Gracias Dácil Manrique por compartir tus vivencias, por mostrar las cicatrices de heridas pasadas.

Gracias por abrir la casa de tu infancia y enseñarnos como es vivir entre tanto arte.

Que importante es hoy más que nunca conservar el legado de nuestros familiares.

Un legado eterno con olor a pintura y trazos hechos con puro amor.

Amor de pareja, de artista y amor de nieta.

                                                                                                                Francisco Jose Torrea rey.

Artículo de Francisco Torrea, responsable de Canarias de cine (programa de radio) y Desde mi butaca.

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