jueves, febrero 29, 2024

La Zona de Interés: La Cotidianeidad del Mal. Por Fabián Orán Llarena

Como Stanley Kubrick o Todd Field (dos autores con los que tiene no pocas similitudes), Jonathan Glazer es un director poco prolijo (solamente ha realizado cuatro largometrajes). Y como Kubrick o Field, el cine de Jonathan Glazer también desprende un aire hermético, frío, casi metálico. Cada decisión estética y narrativa parece haber sido pensada milimétricamente y ejecutada con precisión quirúrgica.

Después de la estimable Sexy Beast (2000) y de la estupenda (e infravaloradísima) Reencarnación (2004), Glazer firmó una de las más memorables películas de este siglo: Under the Skin (2013). Convertida en pieza de culto de manera casi inmediata, Glazer consigue elaborar una narración en la que el punto de vista de la protagonista (una criatura alienígena carente de ética y perspectiva humanas interpretada por Scarlett Johansson) se traduce en una colección de imágenes fascinantes por su capacidad de transmitir frialdad y distancia en cada plano, en cada encuadre y en cada línea de guion.

La cuarta película de Glazer, La Zona de Interés (2023), exacerba muchos de los rasgos más distintivos de su cine, en especial esa mirada desapasionada y distante hacia sus personajes. Adaptando libremente la novela homónima de Martin Amis, Glazer fija su mirada en Rudolf Höss y su familia. Höss fue responsable de la gestión del campo de concentración de Auschwitz, donde fueron exterminados más de un millón de judíos. Tal y como documenta la cinta, la familia Höss vivía cómodamente en una lujosa casa terrera pared con pared con el campo de exterminio polaco. A pesar de que hemos visto el Holocausto y los horrores de Auschwitz en decenas de películas, me atrevería a decir que La Zona de Interés aporta una visión del Holocausto prácticamente inédita. No estamos, en modo alguno, ante una película del estilo de El Prestamista (1964), La Lista de Schindler (1993), El Pianista (2002) o El Hijo de Saúl (2015), por nombrar algunas. A mi juicio, la película no entronca, como ha sostenido el grueso de la crítica, con la famosa tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal; a saber, un pilar insoslayable de la limpieza étnica del Tercer Reich fue una red de funcionariado desideologizado que, a miles de kilómetros del horror, facilitó dicho horror con poca o nula conciencia de lo que perpetraban. La idea de Arendt no era exculpar a esos trabajadores sino, más bien, explicitar que el horror nazi no se podía desvincular de una labor administrativa gris, monótona y judicial gestionada por individuos no particularmente motivados por un fervor ideológico. Höss y su mujer representan justamente lo contrario: son conscientes y están claramente alineados con la labor genocida del régimen nazi. ¿Cómo articula todo eso Glazer? Despojando a la narrativa de una línea argumental clara, la película se construye a través de una serie de planos simétricos, elegantes y enormemente plásticos en los que la cotidianeidad casi bucólica de la casa de los Höss se conjuga visualmente con un campo de concentración que nunca aparece en la narración salvo de manera fantasmagórica. Un exuberante jardín permite vislumbrar en segundo término las chimeneas gracias a las cuales se está ejecutando la shoah; unas sábanas pulcramente blancas tendidas al viento dejan entrever uno de los cientos de trenes de la muerte llenos de judíos deportados; escenas que representan el trasiego de la casa se acompañan de atronadores ruidos industriales que no dejan de recordar al espectador que miles de personas están siendo asesinadas mientras transcurre el anodino día a día.

En La Zona de Interés el fondo y la forma no se pueden (ni se deben) separar. Glazer hace de su puesta en escena y de su composición visual su mejor discurso. La película habla de cómo el mal más abyecto puede convivir con la cotidianeidad y las minucias diarias de la vida y cómo dicho mal, en un contexto de represión y burocratización, puede volverse un componente más del día a día. Es el espectador, testigo de ese fresco del horror normalizado, el que mira acongojado a esa cotidianeidad del mal. Caemos así en la cuenta de que el Holocausto como fenómeno histórico no se entiende plenamente sin observar su dimensión de normalización y de transformación en otro elemento más del paisaje visual y sonoro de la vida de los Höss.

Acabará el año y será difícil encontrar una película tan redonda y certera (y relevante) como La Zona de Interés de Jonathan Glazer.

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