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Relato corto y reflexión “El Domingo…”. Por Juan Antonio Gómez

 

«Abuelos, entre sus arrugas se encuentra la certeza de haber vivido una vida nutrida de amor, con la sabiduría y el deseo de regalar felicidad, haciendo de nuestras vidas una maravillosa aventura»

 

Tocaba, como casi todos los domingos, ir al cementerio del pueblo a poner algunas flores y recordar a nuestros familiares muertos.

Aprovechábamos para dar un pequeño paseo admirando el campo santo que estaba salpicado de esculturas por casi todos los senderos.

Aquel domingo fui con mi abuela, a la que hacía tiempo que no veía, y llevaba un ramo de rosas amarillas. Distribuyó eficazmente su reparto de aromas y nos dispusimos a pasear, se cogió de mi brazo y me miró sonriente.

– Ven conmigo hijo que quiero enseñarte algo.

En uno de los senderos nos paramos delante de un nicho, me miró y me indicó que mirara. ¡Era su propia tumba! Su nombre, su fecha de nacimiento….

Con mi asombro, me quedé descolocado en aquella situación y cuando le quise preguntar ya no estaba a mi lado. Salí en su busca hasta que vi como salía del cementerio cerrando la gran cancela con una llave grande y antigua.

– ¡Abuela! ¡Abuela!

Le grité pero no hizo caso, salió corriendo como si no fuera ella misma. Agobiado, comencé a mover la gran puerta de hierro una y otra vez hasta que me cansé de llamar y pedir ayuda. No había nadie.

Sentía un gran agobio y miedo, y al mismo tiempo, aquella situación hizo que me quedase paralizado.

¡Desperté!

– Juan, ¡despierta hijo!

No entendía nada, aquel sueño me había dejado confuso, casi no sabía qué hora era, no tenía noción del tiempo alguno.

– ¿Abuela? Soñé que estabas muerta, que me enseñabas tu propia tumba. ¿Qué es lo qué pasa?

– No te preocupes por eso ahora hijo mío, todo está bien…

Sus palabras me calmaron, relajaron mi mente y apaciguaron mi miedo.

Las 07:30 de la mañana y el despertador comenzó a sonar como un loco, me levanté y recordé el sueño que había tenido, estaba confuso porque mi abuela estaba viva, estaba ingresada en una residencia de ancianos.

No me gustaba, siempre le dije a mi madre que podíamos cuidarla nosotros, pero al final terminó en aquella residencia donde casi no podía ir a verla y estar con ella.

Las 08:00, Suena el teléfono. Era mi madre.

– Hola mamá, buenos días ¿Cómo estás?

– Mira Juan, han llamado de la residencia de la abuela, tienes que venir lo antes posible, porque, me acaban de comunicar que ha fallecido.

 

«Los abuelos son como las luces de un paisaje. Siempre están en el lugar correcto, en el momento justo, listos para ayudarnos cuando los necesitamos»

 

REFLEXIÓN… 

Ahora que todo va tan rápido, a esa velocidad vertiginosa que no nos deja mira hacia atrás, a lo mejor, es cuando deberíamos pararnos y mirar el recuerdo que nos dejan nuestros mayores… Sin ellos no existiríamos.

No hace falta viajar al pasado ni tener un sueño como el protagonista de este cuento, quizá, sólo sea cuestión de valorar lo que tenemos, y priorizar a la hora de tomar nuestras decisiones.

JAGJ – © 2019 JUAN ANTONIO GÓMEZ JEREZ

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