Bloggersmanía

SOMOS MICRORRELATOS SEPTIEMBRE 2019

Bancarrota…

Las 07:00 de la mañana, las primeras noticias. Los principales bancos del país se habían declarado en  bancarrota.

Hilario acababa de despertarse, tenía el día libre, pero había sido convocado como personal de los cuerpos de seguridad del estado, y tenía que estar en la sede del banco principal.

No le gustó nada la idea, era una orden ministerial, y así se intentaba evitar los altercados, revueltas de la gente y sobre todo, que por ningún concepto, se dejase acceder a nadie a los bancos.  Algo así rezaba en la orden recibida…

Eulalia, era una señora de setenta y nueve años; tenía todos los ahorros de su vida en aquella sucursal, por lo que se desplazó hasta la zona, las puertas estaban cerradas para todo el mundo e intentar entrar en la oficina era imposible.

Ni Hilario ni los otros agentes dejaban que aquellas personas reunidas se acercasen a las puertas principales, ni a las ventanas ni a ningún otro acceso;  daban golpes y empujones a todo aquel que intentaba recuperar su dinero, incluso la señora, había sido empujada e insultada, en un afán de proteger las fauces de quienes se habían comido su dinero, y desafiaban a toda aquella masa para que se marcharan.

Los bancos habían cerrado y poco a poco los demás se veían envueltos en la misma situación. El dinero se había agotado.

Al poco de todo aquel tumulto envuelto en gritos, empujones, insultos y demás, Hilario se quedó parado y serio, vio como otro grupo de contribuyentes se empezaba a agolpar en la sucursal financiera frente a él.

Era su oficina, miró fijamente,… las mismas protestas, el mismo problema. Vio a su esposa correr para intentar retirar su dinero.

Lo soltó todo y se unió a su propia protesta, había mucha genta y los guardas lo empujaron, le gritaron e insultaron para que se fuera de allí, él ya no tenía dinero.

© 2019 JAGJ  JUAN ANTONIO GÓMEZ JEREZ


Y de repente todo se vuelve negro

¡Corre! ¡Corre! ¡ CORRE! No sé dónde estoy, no sé que está pasando, solo escucho mi voz gritando ¡corre!, pero no soy yo quien habla, no es mi cuerpo el que corre, no soy yo la que está aquí.

Hay muchos árboles, el lugar me resulta familiar pero a la vez hay algo extraño, percibo una suave brisa pero las hojas de los árboles no se mueven. Noto mis pies fríos y húmedos, ya no estoy corriendo, siento un líquido que me resbala por la frente y un sabor metálico en la boca. No sé que está ocurriendo, no puedo hablar pero sigo oyendo esa voz, parece mi voz. ¡Despierta!

Escucho un llanto, ya no estoy en el bosque. Le estoy viendo, me mira a los ojos, sabe que estoy aquí, sonríe, lo está disfrutando. Oigo el llanto de Anaga en su habitación, debe haberla despertado el ruido o quizás tenga hambre, no sé que hora es. Recuerdo haberme despertado a las seis y media, y haberme metido en la ducha, por eso tengo los pies húmedos. Escucho mi móvil, deben ser mis padres, tenía que dejarles a la niña a las siete para irme a trabajar, se alarman si pasan 5 minutos de la hora, si no contesto llamarán a la policía.

No sé cómo ha entrado, no puedo moverme, debe haberme inyectado algo, no entiendo cómo permitieron que siguiera trabajando en esa farmacia. Miro a un lado, la ventana está abierta, si pudiera gritar…El cuadro que pintó mi hermana está en el suelo, un paisaje con muchos árboles, me lo regaló cuando Anaga y yo nos mudamos.

Por favor, que termine pronto. Sólo quiero que no le haga daño a Anaga. Sé que cuando acabe me matará, me lo dijo muchas veces. Mucha gente no me creyó, dijeron que mentía, y ahora aquí está cumpliendo su promesa, va a matarme.

Ya ha terminado, escucho las sirenas de un coche de policía. Por favor que vengan aquí, que salven a Anaga. Se pone nervioso lo noto, saca un cuchillo, se acerca a mi cara, va a cortarme el cuello, lo sé. Escucho la puerta, ya están aquí.

Y de repente todo se vuelve negro.

Arunsu Gutiérrez


PERDÓNAME

Era una noche lluviosa y ventosa de otoño. Salía de trabajar y sólo tenía ganas de llegar a casa y sentarme en el sillón con una buena taza de chocolate caliente para que mi cuerpo entrase en calor….

Y rumbo hacia el coche pasó…. Entre las carpetas, el bolso, el paraguas, las prisas por llegar al coche y no seguir mojándome entera, las llaves cayeron al suelo, y fue cuando te ví.

En una esquina, acurrucado, aguantando horas de lluvia, el frío te entraba hasta los huesos, y nadie hacía nada. Me aproximé, y sólo llegué a escuchar: no se acerque al chucho ese que le puede pegar cualquier cosa, no hay formas de que se vaya y eso que ya se ha llevado varios palos.

Corrí, corrí hasta el coche, corrí por una manta, corrí a por tí. Corrí hasta el primer veterinario que encontré…..

Hoy cierro los ojos y todavía recuerdo tu mirada. Nunca olvidaré ese momento en que te dejé sobre la mesa, me miraste, cerraste los ojos y nunca más los volviste a abrir. No llegué a tiempo. Lo intenté.

Desde ese día maldigo a quien decidió que no quería que formaras más parte de su vida, quien te dejó bajo la lluvia, quien te golpeó y a quien no llegó antes que yo para ayudarte. Perdóname.

Idaira Montes de Oca

TU CARA ME SUENA

Fantaseaba con caer en una piscina repleta de fornidos waterpolistas italianos; pero, al final del día… la misma cara, el mismo Pepe.

Daniel Olivera


Luz

No abría la puerta, pese a que estaba abierta. No había cerradura, no había pomo…no podía salir.

Su sombra no le permitía abandonar esa habitación, aunque…no había luz. 

La angustia crecía en cada instante, en cada momento. La cruel oscuridad era dueña de todo, eclipsaba sus ojos. No había mirada, no había dónde mirar…no dejaba ver.

Se consumía lenta y continuamente, sin albergar esperanza. Parecía que rendirse era su única opción…¡Pero odiaba tanto esa palabra que, lentamente, el coraje se empezó a adueñarse de su cuerpo. Creó una luz, su luz. La que le permitiría ver entre esa oscuridad, la que le armaría de valor para desprenderse de esa perniciosa sombra que le unía a un futuro oscuro.

Se paró ante la puerta, la miró desafiante y la cruzó. El pasillo estaba lleno de obstáculos pero no había vuelta a atrás. Los iba a sortear todos. Había perdido aquello que lo retenía, que le hacía pensar que no tenía valor; había perdido a su mayor enemigo: el miedo.

Tropezó, cayó, pero nunca más fue un impedimento, se levantaba una y otra vez.

No había una meta, él era la meta.

Autor: Oliver Escobar

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