• La cantante fue creciendo sobre el escenario del Anexo del Estadio de Gran Canaria hasta reencontrarse con su público, que la recibió con una devoción capaz de imponerse al ruido y a los comentarios más crueles.
Las Palmas de Gran Canaria, 26 de octubre de2026. – “Tantas cosas que contar” es un título redondo para una gira que tiene mucho de reencuentro, de nostalgia y de segundas oportunidades. La Oreja de Van Gogh celebra tres décadas de trayectoria recuperando a la voz con la que construyó buena parte de su historia: Amaia Montero. Casi veinte años después de su salida, la cantante vuelve a ocupar el lugar que muchos de sus seguidores nunca dejaron de reservarle.
Y sí, hay tantas cosas que contar que resulta difícil saber por dónde empezar. Fastidia empezar planteando que no es sencillo hacer una reseña sobre Amaia Montero, personaje controvertido donde los haya. Ellos me interesan menos. Es así de simple. De ahí que lo que vas a leer en estas líneas no es una crónica más de La Oreja de Van Gogh, sino del significado de la vuelta de Amaia.
Amaia vuelve a los escenarios y lo hace envuelta en juicios y una atención mediática que, en ocasiones, parece haberse olvidado de lo esencial: la música y la persona que vuelve a subirse a un escenario después de un largo recorrido. Por eso, y sin pretender ignorar las contradicciones que acompañan a este reencuentro, prefiero quedarme con lo que vi y sentí este pasado viernes en Gran Canaria. Porque una cosa es la crítica musical, necesaria y legítima cuando es responsable, y otra muy distinta es la voluntad de hacer daño. Y porque, cuando la música empieza a sonar, a veces la realidad que se vive frente al escenario tiene poco que ver con la que se construye desde una pantalla.
A las 21:10 horas se iluminó el escenario, una estructura de estética entre futurista y pop art. Los músicos fueron ocupando sus puestos, pero el aplauso más esperado llegó unos segundos después, cuando Amaia apareció con el micrófono en la mano para interpretar “20 de enero”. El público estalló en aplausos al verla entrar, algo tímida con su vestido de firma italiana y botas marrones. Le siguió “Deseos de cosas imposibles”, dos de aquellas canciones que marcaron una época y que pertenecen a los primeros discos de la banda: Dile al sol (1998), El viaje de Copperpot (2000) y Lo que te conté mientras te hacías la dormida (2003) forman parte de una memoria sentimental compartida por varias generaciones.
Amaia salió nerviosa. Intentaba disimularlo pero sus movimientos parecían algo contenidos, como si todavía estuviera buscando la naturalidad que exige un escenario de estas dimensiones y el reencuentro con unos músicos con los que vuelve a compartir una historia. Tras las primeras canciones, se dirigió a las miles de personas que habían acudido a recibirla y lanzó una declaración de intenciones: “Esto no es un concierto, esto es una fiesta”.
Después de “Dulce locura” llegó “Yo creo en Dios”, una canción publicada tras anunciarse su regreso a la banda, en medio de una enorme expectación. Pero el momento en el que empecé a reconocerla de verdad llegó con “Mariposas”. De repente, ahí estaba, en el despegue. Su voz sonaba firme, nítida, con esa personalidad tan singular que la hace reconocible desde los primeros compases. Y el público enloqueció como si hubiera estado esperando precisamente ese instante congelado 20 años atrás. Fue entonces cuando entendí que aquella noche no iba a tratarse únicamente de recuperar canciones conocidas, sino de comprobar qué sucede cuando una artista vuelve a encontrarse con su público y empieza a sentirse de nuevo en casa.
Han pasado los años. Sería absurdo fingir que Amaia es la misma que dejó la banda hace casi dos décadas. El tiempo pasa para todos, pero no a todos les pasa de la misma manera. En su caso, las turbulencias y los túneles que ha ido atravesando parecen haber dejado huella. No hace falta entrar en detalles ni convertir su vida en materia de especulación para reconocer que el camino no ha sido sencillo. Soy de las que opinan que el éxito ni siquiera es un arma de doble filo. Es peor. Te distancia de quien eres realmente.
Sin embargo, había algo que estaba por encima de todo eso: la voz había vuelto y el público estaba dispuesto a celebrarlo. Volvía también la estampa de aquella chica que combinaba como nadie las chaquetas deportivas con faldas de todos los estilos, la imagen de una época y una manera de cantar dulce y aniñada que acompañó a miles de personas mientras crecían, se enamoraban o aprendían a despedirse.
A partir de “Mariposas”, el concierto fue ganando naturalidad y ritmo y Amaia entró en conversación con el público. Contó que, durante la gira, le gusta descansar y alargar las mañanas en la cama, pero “solo hoy, en todo lo que llevamos de gira, me he puesto el despertador para recorrer esta isla maravillosa”. Con esa buena vibra, llegó “Vestido azul”, que dio paso a uno de los momentos más íntimos de la noche.
Los músicos se retiraron y Xabi San Martín se quedó solo al piano para iniciar “Tan guapa”. Amaia y Xabi, Xabi y Amaia. Existe ahí, entre ambos, una complicidad que parece guardar una historia propia, un hilo invisible del que deben colgar tantos recuerdos que el público solo alcanza a intuirlos. Al terminar, se pudo leer en los labios de la cantante un tímido “¿Bien, no?”, dirigido a su compañero, antes de fundirse en un abrazo. Quizá fue una de las imágenes más sinceras del concierto: un gesto pequeño, lejos de los grandes efectos, que hablaba de confianza y de alivio.

Después llegaron “París” y “Puedes contar conmigo”. Para entonces, Amaia se había ido soltando, con ganas de bailar, saltar y disfrutar de una audiencia que no dejó de acompañarla y de corearle “Amaia Montero, te quiere el mundo entero”. El concierto crecía al mismo tiempo que ella parecía recuperar terreno sobre el escenario.
Y entonces llegó otro de los momentos decisivos de la noche. Tras “Pop”, donde bailó muy divertida, y “Muñeca de trapo”, Xabi reunió a sus compañeros y pidió
veinte segundos para dedicarle unas palabras a Amaia. Aludió a los días difíciles que habían vivido desde el concierto de Zaragoza y explicó que había alguien a quien el mundo le debía un gran aplauso. ¿Cuándo? Ahora. ¿Dónde? Allí, en Gran Canaria. ¿Y quién? Ella.
Amaia recibió las palabras emocionada, con una sonrisa amplia. Xabi y el batería Haritz Cobo se acercaron para abrazarla y el resto de los músicos se sumó al gesto y al aplauso colectivo. La respuesta de la cantante fue breve y elocuente: “¡Lo necesitaba!”.
La escena tuvo una enorme carga emocional. La banda la arropaba y el público volvía a demostrarle su cariño. Pero conviene no confundir el abrazo de una noche con una historia sin contradicciones. Estos son también los músicos que continuaron su trayectoria con Leire Martínez, una cantante cuya valía y talento artístico no está en cuestión y cuya salida de la formación merece ser recordada sin borrar los años que dedicó al grupo. El reencuentro con Amaia puede emocionar sin que para ello tengamos que desmerecer a quien ocupó su lugar durante tanto tiempo.
Y es precisamente por eso por lo que me cuesta aceptar determinadas crónicas y comentarios que se han publicado en torno a este regreso. La crítica musical puede y debe señalar desafinaciones, problemas de interpretación o decisiones artísticas discutibles. Para eso está. Pero la burla, convertir su aspecto en motivo de escarnio o utilizar sus dificultades pasadas para cebarse con ella no es crítica musical. Es crueldad.
No deberíamos tener que repetirlo constantemente. Cansa. Pero es necesario insistir: el cuerpo de otra persona no es un argumento contra su talento, su trayectoria ni su derecho a volver a empezar. Nos hemos acostumbrado demasiado a que las redes sociales funcionen como un deplorable tribunal en el que cualquiera puede dictar sentencia sobre la apariencia, los gestos o la vida ajena. Y no, no todo vale. Tenemos la responsabilidad de señalar que es una línea roja y, sobre todo, de enseñar a las nuevas generaciones que reírse del físico de los demás no tiene ninguna gracia.
Amaia no necesita que neguemos los cambios que ha experimentado ni que la convirtamos en una figura intocable. Necesita, como cualquier artista, que se valore lo que hace sobre el escenario.

Me quedo con haber visto el viernes vi a una cantante que comenzó nerviosa y fue creciendo canción a canción hasta hacerse dueña del escenario. No vi fantasmas pasados, vi a la misma voz singular que sigue siendo parte esencial de la identidad de La Oreja de Van Gogh. Vi a una banda que la acompañó en su regreso y a miles de personas que no acudieron únicamente a escuchar un puñado de éxitos, sino a reencontrarse con alguien que forma parte de sus propias vidas.
Vi lágrimas, parejas abrazadas, canciones coreadas de principio a fin y una entrega que iba mucho más allá de la nostalgia. Vi a un público que la recibió con una devoción extraordinaria y que la despidió con el mismo cariño. Y entendí una vez más que la música puede imponerse al ruido, que las canciones conservan una vida propia y que el afecto de quienes te esperan puede convertirse en una forma de aliento.
No sé si fue exactamente una fiesta, como anunció Amaia después de las primeras canciones. Lo que sí vi fue amor, emoción y ganas de seguir adelante. Vi las huellas que deja el éxito, pero también la posibilidad de encontrar apoyo después de atravesar tiempos difíciles. Y volví a pensar en el título de esta gira, en ese Tantas cosas que contar que parece resumir una historia llena de capítulos, despedidas, reencuentros y cuentas pendientes.
No sé si Amaia y La Oreja de Van Gogh tienen por delante un juntos para siempre. Eso solo lo dirá el tiempo. Pero el viernes, en Gran Canaria, hubo algo que quedó claro: Amaia no necesita volver a ser la de antes para demostrar que sigue siendo el alma de muchas de las canciones que elevaron a esta banda. Y quizá ese sea el verdadero sentido de volver: no recuperar intacto lo que fuimos, sino descubrir que todavía hay canciones, personas y lugares capaces de hacernos sentir en casa.
Afortunadamente, el público siempre escribe su propia crónica.


