La 25a edición del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, celebrada entre el 23 de abril y el 3 de mayo, nos trajo, dentro de su sección PANORAMA, a un viejo conocido del festival que incluso ha sido jurado del mismo: Radu Jude (Rumanía, 1977), uno de los cineastas actuales con el que no conviene bajar la guardia; ya nos noqueó con la combativa ‘No esperes demasiado del fin del mundo’ (2023) y no nos dejó levantarnos de la lona con ‘Kontinental ’25’ (2025)… en la presente edición trajo bajo el brazo ‘Dracula’, partiendo de una caótica mezcla de relatos sobre el mito rumano, procedentes de distintos orígenes y tiempos, lo deconstruye mientras reflexiona acerca de las infinitas posibilidades del cine como medio expresivo.

Radu Jude posee una de las narrativas menos convencionales del panorama cinematográfico, como espectador es imposible especular sobre que va uno a encontrarse cuando se enfrenta a un nuevo largometraje suyo, aún conociendo sus trabajos anteriores. Con ‘Dracula’, engañoso desde ese poster con la figura de Vlad Tepes que podría hacernos esperar una revisitación del mito de Bram Stoker… tampoco toma la línea de explorar las raíces rumanas del mismo… el camino que su director toma es el de la abarrotada comedia anárquica con alma punk. Y esto, en el mayormente anodino panorama cinematográfico actual, es decir mucho. El formato es el de una sátira episódica que no rehúye el esperpento, jugando con la adaptación, el cine (IA mediante) y la identidad de un pueblo, con un mal gusto exquisito.

El humor grotesco del ‘Dracula’ de Radu Jude es un arma de destrucción masiva que apunta (acertadamente) a la cultura pop, el capitalismo (impagables las referencias al fallido Dracula Park) y la (desvirtuada) identidad rumana. Todo nos es contado a través de un cineasta frustrado que recurre a la IA como huida hacia adelante de su propio bloqueo creativo. Lo que viene después es puro cine de guerrilla, tan estrafalario como anárquico en su variedad tonal. Funciona como pesimista advertencia de lo estéril del audiovisual que está por venir si permitimos que la celebérrima IA «cree» por nosotros.

En definitiva, ‘Dracula’ nos muestra (irónicamente) un mundo moderno y vampirizado, capaz de la extenuación iconográfica y el continente sin contenido.




