Planetamanía de el Archipiélago Invisible. Por Juan Antonio Gómez

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«La isla nos aísla del mundo, pero en su silencio, nos obliga a escuchar la verdad más profunda: que el universo entero cabe en el eco de nuestro propio corazón».

«El hombre solitario es una bestia o un dios; en la isla, ambos habitan, porque allí sólo te encuentras tú para definirte». 

ISLA I

La luz que entra por la ventana”

La luz no entró para iluminar la casa, sino para comprobar que yo seguía allí.

La mañana avanzaba sin urgencia. La luz se deslizó por el marco de la ventana como quien no quiere molestar, rozó la pared, se detuvo un instante sobre la mesa y siguió su camino. No traía mensajes ni promesas. Venía a estar. En ese gesto mínimo, casi invisible, la casa recuperó su forma y yo la mía.

Después, la luz se fue, como hacen las cosas que no necesitan despedirse.
Cuando la luz se retiró, la casa siguió en pie, y yo también.

ISLA II

La casa habitada en silencio”

La casa estaba en silencio, pero no vacía; respiraba conmigo.

Las habitaciones se sostenían en una quietud antigua, hecha de pasos recordados y de objetos que conocían su lugar. El reloj marcaba la hora sin pedirla, y cada pared guardaba una sombra amable. No había nada que decir. Bastaba con estar: la casa entendía ese idioma y lo hablaba desde siempre.

El silencio no pedía atención; ofrecía compañía. Y en esa compañía, la casa y yo permanecimos.

ISLA III

El cuerpo que ya no tiene prisa”

Mi cuerpo aprendió a llegar tarde a todo, y por fin llegó a mí.

Durante años lo empujé sin escucharle, lo obligué a seguir ritmos que no eran suyos, a cumplir horarios ajenos, deseos impuestos, urgencias que no le pertenecían. Un día, sin anuncio, empezó a moverse de otro modo: más despacio, más cierto. Cada gesto encontró su tiempo, cada respiración su lugar. No fue una rendición, sino un acuerdo. El cuerpo dejó de ser frontera y se volvió casa.

Ahora camina conmigo, no delante. Y en ese paso compartido, el tiempo se volvió habitable.

ISLA IV

El deseo quieto”

El deseo no siempre empuja; a veces permanece, como el mar en calma antes de decidirse.

No fue ausencia lo que sentí, sino una forma más lenta de la presencia. El deseo se había retirado a una zona oscura y fértil, lejos del gesto, lejos del reclamo. Allí no pedía cuerpos ni promesas: respiraba. Era una corriente subterránea, antigua, que conocía mi nombre sin pronunciarlo. En esa penumbra aprendí que desear no es tomar, sino reconocer lo que vibra, aunque no se toque.

El deseo se quedó quieto para no hacerse daño. Y en esa quietud, siguió siendo verdad.

ISLA V

La herida que ya no sangra”

La herida seguía ahí, pero había aprendido a callar.

No desapareció: se volvió forma. Como una grieta antigua en la roca, dejó de pedir atención y empezó a sostener el paisaje. Alrededor de ella crecieron gestos más sobrios, palabras más exactas, una manera distinta de estar en el mundo. No hubo perdón solemne ni olvido. Hubo integración. La herida se convirtió en borde, y el borde en límite habitable. Desde ahí, todo fue más verdadero.

La herida no cerró: se volvió firme. Y en esa firmeza, dejó de mandar.

ISLA VI

La espera sin angustia”

Esperar dejó de ser una tensión y se volvió una forma de estar.

No esperaba a nadie ni a nada concreto. La espera había soltado el objeto y conservado el gesto. Era un tiempo ancho, sin relojes apretando, sin señales que interpretar. Como la tierra volcánica antes de que algo brote, permanecía abierta, disponible, sin exigencia. En esa suspensión aprendí que no todo lo valioso anuncia su llegada, y que vivir también es confiar sin garantías.

La espera no prometía nada. Por eso podía sostenerlo todo.

ISLA VII

El silencio del viento”

El viento no traía mensajes; traía espacio.

Soplaba sin intención, sin destino, limpiando el aire de restos inútiles. No empujaba: atravesaba. En su paso quedaban los pensamientos más livianos y una claridad casi física, como si el cuerpo entendiera antes que la mente. El viento no explicaba nada, pero dejaba todo en su sitio. Aprendí a quedarme quieto dentro de él, a no oponer resistencia, a permitir que el exceso se marchara. En ese silencio móvil, algo esencial se quedó.

El viento no se oye cuando se acepta. Entonces solo queda el espacio.

ISLA VIII

El mar que siempre vuelve”

El mar no insiste: regresa.

No pregunta si lo espero ni si lo entiendo. Vuelve porque es su manera de estar en el mundo. A veces llega manso, otras oscuro, otras lleno de restos que no reconozco, pero siempre vuelve igual a sí mismo. Frente a él aprendí que nada se pierde del todo, que incluso lo que se va deja una sal invisible en la piel. El mar no guarda memoria: la devuelve. Y en ese ir y venir constante, supe que también yo formaba parte de ese movimiento antiguo.

El mar se aleja para poder volver. Y al volver, me nombra sin palabras.

SONETO DEL ARCHIPIÉLAGO INVISIBLE

La luz llegó sin voz a la ventana,
probó mi pulso, y se volvió marea;
la casa, en sombra fiel, fue tierra llana
donde el silencio habita y no desea.

Mi cuerpo, ya sin prisa ni condena,
aprendió a andar al ritmo de la piedra;
el deseo, en su noche más serena,
ardió sin reclamar carne ni hoguera.

La herida fue relieve y no frontera,
la espera, un campo abierto sin temor;
el viento hizo del hueco su manera


y limpió de exceso el pensamiento y el rumor.

Y el mar —que va, regresa y siempre vuelve—
me dijo: todo pasa, y algo envuelve.

(C) JAGJ-2025 JUAN ANTONIO GÓMEZ JEREZ

BLOG: https://lasletrasdesdelaluna.blogspot.com/