RELATO CORTO
“Hay lugares donde el mar no se limita a subir y bajar. Lugares donde el agua observa, recuerda y espera. Allí, cada marea guarda una decisión no tomada, cada reflejo es una pregunta sin respuesta, y cada silencio sabe más de nosotros que nuestras propias palabras”
“BAJAMAR, DONDE EL MAR CUIDA”
En Bajamar, la marea no sube ni baja como en otros lugares; aquí tiene recuerdos, y lo hace con una filosofía vieja, afectuosa, como si llevara siglos aprendiendo a acompañar a quienes se quedan junto a él.
La costa parece tranquila, incluso amable, con sus piscinas naturales, su paseo de piedra oscura y el rumor constante del agua golpeando sin insistir, aunque a veces con mucha fuerza, como un caballero que galopa en su caballo de armadura; pero quien vive allí acaba comprendiendo que el mar no es sólo un paisaje sino una presencia que vive y vibra: que observa, escucha, guarda, sostiene, y sube por las rocas con una delicadeza que no necesita imponerse, y a veces parece pretender destronar al propio volcán. El chalet de Alberto, se alza a unos pocos metros del océano, blanco y abierto a la luz, cuidadosamente integrado en el terreno volcánico, como si hubiera pedido permiso antes de asentarse. Los jardines huelen a salitre recién servida, a piedra caliente bronceada por el sol y a plantas resistentes al viento y al sol canario; los senderos rechinan apenas bajo los pasos habituales, y la piscina, de líneas limpias, onduladas y silenciosas, aparece de noche, como un fragmento arrancado del propio mar. Y cuando todo está en calma, bajo la trepidante luz de las estrellas, las luces se apagan una a una, como un teatro acuático de fantasía y el agua, entonces, no refleja: descansa admirando el cielo.
Alberto vuelve tarde de trabajar. Siempre vuelve tarde, no por descuido, sino, más bien, porque el hospital le enseñó a medir la vida en turnos interminables y a quedarse un poco más cuando alguien aún necesita ser atendido, la medicina es y será parte de su vida, su vocación, su forma de enfrentarse a la vida y a la propia muerte. Aprendió pronto, a ordenar el dolor en protocolos, a pronunciar diagnósticos con una voz serena, a sostener manos ajenas cuando la sangre y el miedo se confunden; aprendió a salvar cuerpos y a perderlos, pero también a acompañar en las despedidas, eso sí, nadie le enseñó a aceptar que hay ausencias que llegan cuando ya no hay ciencia, ni alcance a las palabras que consuelen.
Su mujer murió en una primavera adelantada. El cáncer no dejó ningún margen de tiempo para disfrutar de ella un poco más. El diagnóstico llegó tarde, pero certero, los tratamientos fueron correctos, y el final inevitable. No hubo culpa, sólo desgaste, ese que queda cuando pensamos que ya no queda nada. Desde entonces, la noche, el agua y la casa aprendieron a convivir con Alberto en un silencio compartido. Cada noche, después de comprobar que Clara duerme, baja al jardín y se sienta frente a la piscina con una copa que casi nunca prueba. No bebe, no busca el olvido, sino esa quietud suave en la que el agua, con su dulce devaneo, parece devolverle una imagen ordenada. La casa en calma, las luces cálidas, la sensación —frágil pero necesaria— de que aún todo puede sostenerse a pesar de la dureza de la vida.
Durante un tiempo fue así, hasta que algo empezó a moverse con una lentitud tan delicada que no supo ni cuándo empezó. Primero fue una vibración mínima, casi como un suspiro; después, una sombra que no inquietaba, pero hacía mirar a otro lado, aunque acompañaba; más tarde, un gesto en el agua que no pedía explicación. Entonces comprendió que el mar lo envuelve todo, y que incluso cuando parece inmóvil, sabe las cosas que pasan. Clara, su hija, duerme arriba. Es pequeña aun, luminosa, de una dulzura que no avisa, cálida y vital. Los médicos dicen que no está enferma: no hay fiebre, no hay alarma clínica, no hay síntomas aparentes de enfermedad. Pero algo en ella se volvió más callado el día que su madre no regresó del hospital. Desde entonces vive con una tristeza suave y dulce, educada, como si no quisiera cargar al mundo con su pena.
Pero, la llegada de Ismael, otro médico del hospital, cambió la casa despacio. Ismael, médico joven, llegó sin hacer ruido, con una manera de estar que no imponía nada, con una escucha limpia y serena que no pedía explicaciones. Clara empezó a sonreír más, no de golpe, sino como cuando se abre una ventana al amanecer. Alberto lo notó enseguida, se fijó dulcemente en esa influencia amorosa, en aquella alegría, que curiosamente coincidía siempre con la marea baja. A esas horas, la casa parecía respirar mejor, los pasillos se volvían cercanos, el tiempo menos rígido, el aire más liviano, y cuando el mar subía, la calma se recogía sin tristeza, como quien sabe esperar. Nadie más lo percibía. Alberto sí. Por alguna extraña conexión, él sí lo notaba. Pasó un tiempo entre idas y venidas, entre bromas y risas, entre visitas y paseos que reconfortaban a Clara. Y de repente, el amor entre Alberto e Ismael llegó, sin ruido, sin estruendos, como cuando llegan las cosas de verdad, que no necesitan defensa ni explicación sino naturalidad; fueron las visitas a Clara, las guardias compartidas, los cafés humeantes de madrugada, las conversaciones que no buscaban impresionar, sino dar a conocer, los silencios cómodos y esa extraña pero sincera conexión que los unía. Dos hombres cansados de explicarse que se encontraron el uno en el otro, un hogar donde descansar, un lugar donde reposar el pensamiento cansado después de tanto trabajo. Rondaban por el paseo marítimo al caer la tarde; hablaban de sus cosas entre silencios y sonrisas nerviosas, entre miradas y complicidad y el mar los escuchaba. Compartían lo más importante, la delicadeza y la dulzura de Clara, que fue una de las cosas que más hizo que se unieran, casi sin darse apenas cuenta. Tras un tiempo, decidieron casarse sin solemnidad, sin gestos innecesarios, como quien decide quedarse a vivir en una pregunta hermosa.
Supieron casi desde el primer día que algo los unía con fuerza, aunque no fueran conscientes de ello a ciencia cierta. La noche de la celebración, el agua se movió. No como una advertencia, sino como un saludo, como una bienvenida a una nueva y maravillosa vida. Durante el evento, algo se cayó en la piscina, aunque el sonido no llegó del fondo. Era un amuleto de aguamarina que quedó suspendido bajo la superficie, flotando con una quietud natural, como una embarcación se mece en el mar. Alberto metió la mano sin pensarlo, el agua estaba tibia, agradablemente acogedora, y comprendió que el amor, cuando es verdadero, deja esas señales invisibles. Desde la escalera, Clara observaba, sonriendo con una serenidad amorosa. En sus ojos brillaba la misma luz que tiene el mar cuando se retira sin hacer ruido, y el mismo color de la aguamarina. Con el paso de los días, la casa aprendió a acompasarse con la marea. Con el mar bajo, todo era más ligero, y Clara canturreaba mientras dibujaba aquellos monigotes divertidos que representaba a ellos tres de la mano, los jardines olían más intensamente, los recuerdos dolían, pero menos. Sin embargo, con el mar alto, la casa se recogía sin angustia, pero como un cuerpo que quiere dormir. Ismael llevaba a veces un pequeño frasco con agua. No era secreto ni promesa, sólo memoria, su memoria familiar. Era ese legado misterioso que recogemos de las madres y de las abuelas, de la sabiduría del corazón y del alma. Alberto lo supo cuando se encontró con su cuaderno, lo miró y comprobó la bondad que había en Ismael, el conocimiento ancestral del poder de lo vivo y lo querido.
En el cuaderno azul añil, no había fórmulas ni milagros, sólo mareas, altas y bajas, fechas, nombres antiguos escritos con respeto. Fórmulas y recetas que parecían heredadas de un grimorio marino, de un recuerdo perdurable que embargaba toda su vida y toda su sabiduría natural; no era sólo un médico, era un sanador, un embajador del amor, la armonía y la felicidad. Clara apareció una tarde con una caracola de cristal llena de agua. —Para que estés contento —le dijo a su padre. Ella bebió, sonrió y acarició el borde como si saludara a alguien querido. Alberto sintió un escalofrío en su piel, sí, pero también una ternura profunda que le recordó que amar es aceptar la fragilidad, aceptar a quien amas y que el verdadero milagro se logra cuando consigues encontrar ese equilibrio entre lo bello y lo mágico. Aquella noche el mar mostró su complacencia hacia los tres, habían conseguido ser de nuevo una familia. Habían añadido sus corazones a esa línea divina que lo enreda todo, que lo engloba todo y se sintieron felices. Ismael habló con calma, con la mirada serena y luminosa como las estrellas que cubrían el oscuro cielo de la noche. —El amor no cura —dijo—, pero protege, alimenta el alma desde lo más profundo, desde adentro y hace que la vida se vea desde el color más bonito que se pueda mostrar. Y, por supuesto, eligió quedarse. Ya había elegido a su nueva familia, pero, no renunció a su legado, a su don, a su herencia; no se exigió ningún precio, porque el amor no debería cobrarse como si fuera un intercambio comercial, el amor se siente, o no. El mar lo aceptó sin reclamar nada, porque nada perdía, sólo aumentaba su patrimonio de paz y armonía. La piscina volvió a ser agua común. Clara siguió siendo una niña. Rió sin horarios y durmió sin mareas, tocaba ser felices de nuevo. El mar ya estaba en calma porque no tenía nada que exigir, se sentía satisfecho. El agua reflejó lo que quedaba: dos hombres que se eligen con cuidado, una niña que ofrece su mano, una casa que aprende a descansar.
En Bajamar, el mar recuerda, sí, pero también sabe cuándo es el momento de cuidar en silencio.

“El mar aprende pronto los nombres de quienes llegan heridos. Los guardas en su memoria salada, y no los devuelve intactos. En ciertas costas, el agua no refleja el cielo, sino aquello que hemos amado demasiado y no supimos proteger a tiempo”
(C) JAGJ-2026 JUAN ANTONIO GÓMEZ JEREZ


