1. 1978. Vietnam en escrutinio.
Cuando apenas han pasado tres años después de que los últimos helicópteros estadounidenses despegasen de los tejados y aeropuertos de Saigón, se estrena en salas comerciales estadounidenses una película. Una obra que se atrevió con valentía a entrar, y a conducirnos a los espectadores, a un viaje a través de una herida que todavía estaba abierta y sangraba en el imaginario colectivo de una nación. La sociedad americana pasaba a un conflicto muy polémico sobre el que no había medias tintas. La sociedad estaba profundamente polarizada en torno a la invasión del país del sudeste asiático. A diferencia de otras guerras, como la Segunda guerra mundial o Corea, esta era retransmitida por televisión en directo. A diferencia de otras guerras más gloriosas y heroicas, la inmensa mayoría de la sociedad consideraba que era un error enviar americanos a morir allí. La película que pone el dedo en la llaga es El cazador (The Deer Hunter, EE. UU. 1978) dirigida por Michael Cimino. No es la primera película sobre Vietnam. Sí es una película que causa un profundo impacto en los espectadores y expertos en cine, en festivales. No deja indiferente a nadie, como también ocurrió en el pase auspiciado por el espacio Charlas de cine de 1 de mayo de 2026.
El viaje que nos propone el segundo largometraje de su director, no constituye un recorrido a través de la política de Washington D.C., o a través de los discursos y reivindicaciones de una sociedad cada vez más activa y vehementemente en la expresión de su rechazo en las calles la intervención en el sudeste asiático. De esta visión discursiva de la contienda se encarga otra película estrenada también en 1978. El regreso (Coming Home, 1978) dirigida por Hal Hashby. La propuesta de Cimino nos conduce a través de las acerías, mostrando el duro trabajo en las fábricas de metal, cuya imparable producción coloca un horizonte humeante en las ciudades industriales del país, entre las que se encuentra Clairton, Pennsylvania (de donde son los tres protagonistas del filme) desde la gran expansión siderúrgica de los años sesenta del siglo XX. El viaje que propone esta obra maestra de 1978 también nos conduce a través del incienso que flota en la liturgia religiosa que se practica en la catedral ortodoxa que preside la ciudad (que, gracias a la magia del cine, la misma no está en Clairton, sino en Cleveland, Ohio, es la catedral de San Teodosio) a la que acuden los personajes centrales, emigrantes de segunda generación de eslavos de procedencia lituana. La travesía del filme comprende un bar abierto 24 horas, comprensible si se considera la necesidad de cubrir el ocio para los tres turnos diarios de 8 horas cada uno de las fábricas, donde los personajes ríen, bailan, cantan y beben sin parar. La manera que tiene este filme de entrar en el conflicto bélico ocurre, en definitiva, mientras se filma y recrean rituales como el baile, la boda, la caza, la ruleta rusa y el funeral, en un filme que alcanza los 183 minutos de metraje.

El cazador nos cuenta, por supuesto, algunas cosas sobre la guerra de Vietnam. Sin embargo, la guerra en sí, no ocupa más de tres minutos en un metraje tan largo. El bloque de Vietnam (exteriores en Tailandia, abriendo la veda de filmar la guerra de Vietnam en dicho país) entra después del enorme primer acto que dura alrededor de 69 minutos. El resto de las secuencias de Vietnam comprende la estancia de los tres amigos en un campo de prisioneros junto al río, donde los tres protagonistas son prisioneros de guerra torturados y obligados a jugar a la ruleta rusa. Incluye la fuga y la estancia en Saigón inmediatamente después, especialmente el proceso de Nick de desconexión de su vida en EE. UU. adentrándose en el “corazón de las Tinieblas” de Saigón, explorando ese “clic” que causa en su cerebro, la traumática experiencia de la ruleta rusa. A Michael Cimino parece interesarle más que el episodio de Vietnam, construir un poliédrico relato acerca de la Working Class del EE. UU. de los años 60 y 70. Particularmente como sufrieron en sus carnes más que nadie irreversibles consecuencias en sus vidas tras su paso por una guerra que poco o nada parecía tener que ver con sus vidas. El cazador es también una película sobre la emigración y el patriotismo de aquellos que descienden de emigrantes que nacieron en otros lugares bien diferentes y fueron acogidos por el país de la bandera de las barras y estrellas. Esta pátina del filme lo convierte en un documento enormemente actual. Pero probablemente, por encima de otras consideraciones The Deer Hunter es una película sobre el valor de la amistad, la lealtad, del cumplimiento de la palabra dada. Del compromiso del personaje de Michael (un inmenso Robert de Niro) por asistir, salvar y recuperar a sus amigos Stevie (John Savage) y Nick (portentoso Christopher Walken ganador del premio Oscar de la Academia de Hollywood por su interpretación) en el horror de la guerra y la corrupción de la postguerra.
En este sentido, a lo largo del filme, el silencio se siente ensordecedor cuando las balas dejan de silbar. Michael representa a toda una generación perdida de estadounidenses que combatieron en encarnizadas circunstancias y tuvieron que tratar de recomponer sus vidas en silencio, en el anonimato, ante una sociedad que no los quería. A quienes la opinión pública llamaba “asesinos de bebés” a su regreso. La impopularidad del conflicto se convirtió en un punto de no retorno a partir de la intensificación de las acciones militares derivadas de la ofensiva del Tet de 1968, y del descubrimiento en 1969 de la masacre de Mai Lai ocurrida en 1968 por parte del ejército estadounidense.
Todo el tortuoso camino que emprenden los tres amigos, estadounidenses de origen ruso, lo recorren bajo la supervisión de un cineasta muy intenso, muy exigente con los actores. Los obliga a beber alcohol sin parar en el rodaje del primer acto, para que, tanto el baile, como en las secuencias del bar, la interpretación e improvisaciones de baile y risas luzcan naturales. En las secuencias de Vietnam, los actores no podían lavarse ni afeitarse, para lucir en todo momento como auténticos prisioneros de guerra. Las bofetadas que recibe Christopher Walken mientras juega a la ruleta y el escupitajo que éste arroja sobre Robert de Niro en la parte final del filme, son intencionados y desconocidos para quien los recibe. La autenticidad es sumamente importante para el obsesivo realizador.

2. La recepción de un filme emblemático.
Michael Cimino fue tildado de fascista y tendencioso por la delegación rusa en el festival de cine de Berlín, donde se produjo el estreno mundial de El cazador. La delegación, junto a sus estados satélites (Bulgaria, Hungría, Alemania del Este, Cuba, Checoslovaquia) pidió formalmente que retirasen el filme de la programación del festival en la edición de 1978. Al declinarse cortésmente dicha petición desde la dirección del evento, los rusos y sus acólitos salieron de la ciudad alemana con sus películas. La obra también recibió críticas importantes por parte de una de las más famosas activistas en Hollywood: Jane Fonda. La actriz la tildó públicamente de machista y fascista. Según ella poseía muy buenas fuentes y referencias de la película, pese a reconocer no haberla visto. Fonda obtuvo un merecido premio de la academia aquel año por su inmenso papel en la mencionada El regreso. La hija de Henry Fonda se había ganado una reputación de activismo, con el sobrenombre de Hanoi Jane, por ese posado fotografiado junto a un tanque y tropas vietnamitas que dio la vuelta al mundo.
El cazador fue todo un éxito rotundo en términos artísticos y económicos, que elevó al status de los dioses de una generación de cineastas dotados de una gran creatividad en connivencia con una gran personalidad y determinación. El filme de Cimino se adelantaba a Apocalypse Now (Ídem, EE. UU. 1979), de Francis Ford Coppola que llevaba rodándose desde mitad de la década en Filipinas. Para una mayor consolidación de esta idea, Cimino recibía su Oscar al mejor director de la mano de Coppola. Cuatro premios adicionales recibiría el filme de 1978 en la ceremonia de 1979. Mejor película, actor secundario, sonido y montaje. Robert de Niro recibiría otra nominación. Meryl Streep recibiría su primera mención por parte de la academia. El montaje de Peter Zinner y el sonido igualmente fueron premiados. El texto firmado por Derec Washburn, pero en que el talento del propio Cimino tuvo un enorme peso, igualmente fue finalista.
3. Michael Cimino. Creador de historias americanas. De la cumbre al fracaso.
Michael Cimino fue un cineasta enormemente sensible que poseía estudios universitarios de arquitectura y bellas artes. Pronto sintió la llamada del cine, a partir de unos inicios en la publicidad y en la elaboración de documentales para compañías como General Motors. Antes de acometer El cazador, Cimino había trabajado en los guiones de Naves Misteriosas (Silent Runnings, EE. UU. 1972) dirigida por el habitualmente técnico en efectos especiales Douglas Trumbull. Cimino había sido llamado para rebajar el tono del guion de John Milius para el texto de Harry el fuerte (Magnum Force, EE. UU. 1973) dirigida por Ted Post. Su trabajo en ese libreto, lo condujo al ecosistema de Clint Eastwood, de su productora Malpaso Company y de ser convocado para dirigir su opera prima: Un botín de 500.000 dólares (Thunderbolt and Lightfoot, EE. UU. 1974). El joven realizador sentía una profunda admiración por John Ford, al que llamaba “el mejor realizador americano de todos los tiempos” y por el melodrama clásico en general. El cazador recuerda mucho a Los mejores años de nuestra vida (The Best Years Of Our Lives, EE. UU. 1946), de William Wyler, sobre los problemas de reincorporación al hogar de los soldados estadounidenses, que también ronda las 3 horas de metraje.
Su tercera película, La puerta del cielo (Heaven’s Gate, 1980), el filme favorito de Cimino para quien escribe estas líneas, fue todo lo contrario a El cazador. Por la dirección de uno de los filmes más hermosos de la historia del cine, y de los más incomprendidos, Michael Cimino fue tildado de Marxista. Los críticos de cine se lanzaron sobre ella y apenas recuperó un millón de los más de 30 que costó. También fue etiquetado de tres formas distintas, además de las dos mencionadas e incompatibles entre sí (si eres fascista, como se dijo de él respecto a El cazador difícilmente puedes ser marxista a la vez, o viceversa). En la industria se escenificó cierta consideración hacia el cineasta como “el hombre que hundió la United Artists”. La realidad es que la compañía era parte de un conglomerado, Transamerica, que pudo soportar perfectamente el impacto del fracaso del filme. También se le etiquetó como “el realizador que acabó con el género Western”. Esta afirmación ignora la pérdida del favor popular durante la década de los 70 del género, especialmente relevante a partir del estreno de La guerra de las galaxias (Star Wars, EE. UU. 1977) de George Lucas. Ignora igualmente esta manifestación que ese mismo año de 1980 la propia United Artists estrenaba otro western con éxito: Forajidos de leyenda (The Long Riders, EE. UU. 1980), dirigida por Walter Hill. Finalmente, Cimino fue tildado como el cineasta que “cerró la etapa de libertad creativa conocida como el Nuevo Hollywood”. También esta afirmación posee algo de escenificación, pues realmente el fracaso del filme de 1980 se empleó como excusa para que los productores recuperasen el control creativo de las producciones de la industria. Siendo justos, Cimino no fue el único que gastó un presupuesto desorbitado aquellos años, fracasando estrepitosamente en taquilla. William Friedkin colisionó en el box office con Carga maldita (The Sorcerer, EE. UU. 1977) de William Friedkin. Scorsese tampoco tenía precisamente un gran éxito de taquilla con New York, New York (ídem, EE. UU. 1977). John Milius se estrellaba en la orilla del fracaso económico con El gran miércoles (Big Wednesday, EE. UU. 1978) de John Milius. Steven Spielberg parecía conocer igualmente el fracaso económico con 1941 (ídem, EE. UU. 1979). Paul Schrader fracasaba con un filme carísimo aquellos días: Mishima, una vida en cuatro capítulos (Mishima: A Life In Four Chapters, EE. UU. 1985). Francis Ford Coppola fracasaba tan estrepitosamente como Cimino, con la gran diferencia de que lo hacía con dinero propio, no de un estudio de cine. El filme es Corazonada (One From The Heart., EE. UU. 1982). Walter Hill fracasaba igualmente con La presa (Southern Comfort, EE. UU. 1981) y con Calles de fuego (Streets of fire, EE. UU. 1984).
Aun así, Cimino se las arregló para poder hacer cuatro filmes más. La suya en una carrera que tan solo comprende siete (7) filmes. Invitar, como hicimos el día 1 de mayo, a quienes no ha visto las restantes películas de Cimino que se sumerjan en ellas. Probablemente, El cazador, con sus defectos, como cierto maniqueísmo y simplicidad a la hora de retratar la guerra en sí, es el filme que mejor refleja los intereses de su director a la hora de contar historias sobre las personas, sobre los individuos frente a ciertas colectividades, empleando toda una artillería de poética visual que conmueve profundamente por su fuerza, equilibrio y su dirección de actores. Un visionado de las formas clásicas de sus restantes filmes, aportarán más de una satisfacción al cinéfilo curioso. También un conjunto de retratos fascinantes, complementarios entre sí. La carrera de Michael Cimino es, en definitiva, una poliédrica mirada sobre la vida y la compleja sociedad estadounidense. La mencionada opera prima, protagonizada por Clint Eastwood y Jeff Bridges, contiene un final fatalista, el de la muerte de uno de ellos en espacios libres. En la naturaleza a la que llevan las inmensas carreteras y autopistas, siguiendo la estela del cine americano clásico. La de filmes como El último refugio (High Sierra, EE. UU. 1941), de Raoul Walsh, La jungla de asfalto (The Asphalt Jungle, EE. UU. 1950) de John Huston, o El demonio de las armas (Gun Crazy, EE. UU. 1950), de Joseph H. Lewis, entre otras. Sus dos filmes producidos por Dino de Laurentiis con Mickey Rourke, son dos thrillers soberbios: Manhattan Sur (The Year Of The Dragon, EE. UU. 1985), con guion de Oliver Stone, que adapta la novela de Robert Daley, se erige en todo un retrato incisivo de las comunidades étnicas neoyorkinas y las mafias chinas. 37 horas desesperadas (Desesperate Hours, EE. UU. 1990), es un filme vigoroso, ágil, desafiante, muy superior al monótono filme original dirigido por William Wyler y protagonizado por Humphrey Bogart. La casa donde vive la familia liderada por Anthony Hopkins, secuestrada por el personaje interpretado por Rourke, fue diseñada enteramente por el propio Cimino, pensando en los movimientos de cámara que el filme demandaría. El siciliano (The Sicilian, EE. UU. 1987) fue todo un regreso al cine histórico con aires de superproducción, para narrar la vida de Salvatore Giuliano y sus intentos por independizar el gobierno de Sicilia, la isla que lo vio nacer y liberarla de mafias y políticos corruptos. Cimino cierra su corta carrera con Sunchaser (ídem, EE. UU. 1996). En ella, un indio navajo enfermo de cáncer secuestra a su médico para recorrer cientos de kilómetros e ir a morir a territorio sagrado. El final del camino es nada menos que el icónico parque tribal navajo Monument Valley. La sede de numerosos filmes del mencionado realizador John Ford. Sunchaser es indudablemente una crónica fatalista, sobre la muerte de un personaje, pero también habla, probablemente sin quererlo, de la muerte de la carrera de un cineasta. Una de las grandes paradojas de la vida profesional de Cimino es que le habría gustado haber crecido en el entorno del Hollywood clásico, donde hubiese podido hacer tres películas al año.

4. El cazador en la estela de filmes sobre la guerra de Vietnam.
El cazador es rotundamente un filme en contra de la guerra de Vietnam. Quienes comparan la visión del conflicto recreada en el filme de 1978 con la proveída por el actor y realizador John Wayne en Los boinas verdes (The Green Barets, 1966) simplifican la esencia de ambas películas, diametralmente diferentes. Wayne hace una película de “indios y vaqueros” en Vietnam. El esquema de Los boinas verdes es, para entendernos, el de Fort Apache (ídem, EE. UU. 1948) de John Ford. Wayne se pronuncia abiertamente a favor de la intervención estadounidense. El discursivo mensaje trata de calar en el espectador, a través del proceso de convicción que se lleva a cabo a lo largo de la narrativa respecto del periodista interpretado por David Jansen. El personaje es contrario al conflicto al inicio. Después de ser conducido casi a la fuerza, al conflicto armado en el país asiático, termina convencido del sentido de la intervención armada. Cuando Cimino se acerca a la contienda, lo hace para mostrar a un soldado de Vietnam del norte arrojar un mortero sobre un escondrijo lleno de mujeres y niños, que luego es abrasado por Michael con su lanzallamas. Hay cierta “satanización” del enemigo en ambos filmes. Eso es completamente cierto. Pero El cazador en su conjunto demuestra un posicionamiento radicalmente contrario a la guerra. Y lo hace mostrando los nefastos efectos de la misma en los tres protagonistas y en las vidas de quienes los conocen y conviven con ellos, simbolizando a la sensación de perdida de toda una nación, como hemos dicho. La propia evolución de Michael en las dos secuencias de cacería no puede ser más reveladora en este sentido. Michael se toma muy en serio el arte de ir a cazar. Su equipamiento y la actitud profesional de abatir al animal con “un solo disparo”, ocurre en la primera secuencia en las montañas, justo antes de partir hacia la guerra. La segunda secuencia tiene lugar al regreso. Michael corre con su arma con mira telescópica tras un majestuoso ciervo. Cuando lo tiene delante y a tiro, dispara al aire. Evita matarlo. El ciervo en la mitología griega y romana representa, respectivamente a Artemisa y Diana, la diosa de la caza. La pureza de lo natural y de lo salvaje. En el filme la segunda cacería constituye la decisión por la vida. La claudicación o renuncia a matar, después de la orgía de muerte y desolación vivida en el país asiático.
Como colofón de cierta “relación” entre Los boinas verdes y El cazador, es relevante decir que sería el propio John Wayne quien entregó el Oscar a la mejor película para El cazador. Wayne dio la mano a Michael Deeley y a Barry Spiking, los dos productores de EMI Films, Inc. Cuando llega el momento de dársela a Cimino, éste ha procurado tener sus dos manos ocupadas con cada uno de sus premios de la noche y así evitar darle la mano al Duke Sin perjuicio de que la posición de su filme de 1966 sea cuestionable además de ejercicio de su libre expresión, la descortesía de Cimino fue igualmente cuestionable.
Otros filmes sobre la guerra de Vietnam vieron la luz en el año 1978 a partir del estreno del segundo filme de Cimino. Sidney J. Furie estrenó Los chicos de la compañía C (The Boys In Company C, EE. UU. 1978). Constituye el retrato de cinco amigos marines colocados entre el conflicto y la vida civil. Igualmente es una fábula antibélica. Ted Post estrenaba La patrulla (Go Tell The Spartans, EE. UU. 1978). Protagonizada por Burt Lancaster y Marc Singer, es un filme bélico puro y duro sin entrar en discursos y efectos de la guerra. Los años 80 verían un enorme y rico alumbramiento de filmes sobre Vietnam dirigidos por Oliver Stone, Stanley Kubrick, Barry Levinson, etc.
5. Conclusiones.
En fin, que fue todo un placer y un privilegio haber disfrutado en la gran pantalla este clásico eterno y actual, que vimos el 1 de mayo de 2026. Gracias a Multicines Tenerife por permitirnos disfrutar de la experiencia en la inmejorable sala 17. Todo un privilegio la moderación del debate para quien suscribe estas líneas. Resultó glorioso compartir opiniones y discrepancias en torno a películas eternas y actuales como ésta. Probablemente El cazador sea un filme cuyos interrogantes sean más interesantes que las respuestas. Cuestionar y aportar puntos de vista diferentes siempre enriquece soberanamente un debate. También fue una simbólica manera de celebrar el 1 de mayo, día de los trabajadores en general, con un fresco histórico sobre la clase trabajadora. Gracias a los contertulios y contertulias que estuvieron en la mesa de debate. Alicia Hernández, profesora de historia del arte; Antonio Herreros, periodista, militar reservista; y Fernando Iturrate, profesor de audiovisuales en periodismo. Grandes intervenciones, igualmente, las del público asistente, que contribuyeron a poner sobre la mesa las claves y aristas, así como los diversos puntos de vista, de una obra tan compleja como apasionantemente inagotable.




