Resulta extremadamente difícil resumir la pasión y la intensidad que se vivió ayer en el Auditorio de Tenerife, lugar que acogía la gala de cierre del festival de música de cine más antiguo del mundo. Lo que está claro es que se trata de una experiencia que hay que vivir año tras año y, como mínimo, una vez en la vida.
Deborah Barroso Quintana | 20 de julio de 2026
Cierras los ojos. Vuelves a tener diez años. Estás en el cine viendo una película que, aunque todavía no lo sabes, marcará tu vida para siempre. Recuerdas la gala de los Óscar de aquel año y la ilusión que te hizo enterarte de que la banda sonora que no parabas de repetir en tu cabeza era la mejor, la premiada. Abres los ojos y, de frente, la vida te sorprende poniendo en tus manos un billete de viaje en forma de entrada para asistir a la gala de cierre de la 20ª edición de FIMUCITÉ. Llegas al Auditorio de Tenerife a pesar del colapso que estaba viviendo la capital tinerfeña y, entonces, vives un evento que te llevó, con mimo y esmero, por infinidad de países, culturas y emociones, un paseo sin igual donde visitabas los rincones más exóticos del mundo y las sensaciones más bellas.
La primera parada de esta aventura nos llevó a la antigua Judea para rememorar las traiciones y venganzas más reconocidas de la historia del cine a través de la música que las acompañaba. Empezar con “Ben Hur” era solo el preludio de lo que estaba por venir, pero desde ese momento nos empezamos a preguntar que, si este era el principio, ¿qué vendría después? La respuesta no tardó en llegar. Con la batuta en alto guiando a más de cien músicos sobre el escenario, Diego Navarro dirigió temas pertenecientes a películas como “A Place in the Sun”, “Lawrence of Arabia”, “Dance with Wolves” o “Out of Africa” justo antes de trasladarnos hasta el lejano Oriente. Con los sonidos tan conocidos de Asia, disfrutamos y nos emocionamos con “El último emperador”, pero también con “Tigre y Dragón”. Aunque, en honor a la verdad, el momento más memorable de esta primera parte fue “La vida de Pi”. La nana de este film llegó para inundar de color, alegría, melancolía y emoción toda la sala, hasta el más pequeño rincón. La presencia de Ábora Cel en el escenario, vestida de un rosado tan alegre como las sensaciones que nos generó con su voz, abarcó el espacio de manera absolutamente brillante. Al finalizar, la ovación parecía no tener final. Más que merecido. Nos fuimos a la pausa con un éxtasis en el cuerpo que nadie era capaz de entender y, mucho menos, asumir.



“Cuando crees, de alguna manera lo harás; tú podrás cuando creas”
Nadie esperaba realmente lo que estaba por venir después del descanso. Nadie de los allí presentes podíamos siquiera imaginar los niveles de fascinación a los que íbamos a llegar. Abrimos este segundo bloque con el tema final de la película “Emma”, que abrió el apetito a un público hambriento de más arte. El plato fuerte vino justo a continuación con la pieza que lleva por título “When You Believe”, del largometraje “El Príncipe de Egipto”. Seguro que todas y todos reconocemos esta canción, pues se trata de un hito que combina música y belleza a la perfección. Antes de empezar, aparecieron en escena nuestra tan querida Cristina Ramos y Estefanía Rodríguez, una combinación explosiva que, ahora sí, desencadenó algún que otro mar de lágrimas e infinitas caras de asombro. Pelos de punta, pañuelos saliendo de los bolsos, miradas de sorpresa entre unas y otros… Pocas palabras podían salir de la boca para expresar lo que nos hicieron sentir músicos y cantantes, pero sí fuimos capaces de trasladarlo a través de una primera ovación con todo el Auditorio en pie. No sería la última.
Seguimos con un Shakespeare enamorado, pero “El violín rojo”, ¡ay, ese violín!, ¡ay, ese Javier Comesaña! Los minutos pasaban, la música avanzaba, y la destreza de este violinista nos dejó completamente mudos. Focalizábamos la mirada en esas manos que se movían como si lo llevaran haciendo toda la vida, con una fluidez, precisión y perfección dignas de un enormísimo maestro de este instrumento. Seguía, seguía, ni media duda, ni medio segundo para respirar, ni media tregua para poder entender lo que estaba pasando… Es de las pocas veces en las que, quien cumple años, hace un regalo a quienes lo celebran con él. Gracias, FIMUCITÉ, por regalarnos esta experiencia. Por supuesto, segunda ovación en pie. Lo mejor de este momento fue saber que John Corigliano, estaba sentado entre nosotros. A sus 88 años, no dudó en llegar hasta el escenario para abrazar cálidamente a Comesaña: estábamos viviendo historia. Y, como no podía ser de otra manera, Corigliano recibió un maravilloso reconocimiento por parte del festival y un aplauso fortísimo por parte del público. Qué honor tan grande haber podido presenciar esto.



Sin pausa para respirar y seguir con el delirio
Tras ello, con los pulmones ya vacíos y sin capacidad de llenarse de nuevo, volamos hasta un mundo de fantasía que no le pasa desapercibido a nadie. Nos encontramos con Frodo, pero también con un joven Ciro Moreno que nos dejó completamente boquiabiertos. No fue de este mundo esa voz aunque, claro está, esa era la idea: recordemos que estábamos visitando la Tierra Media. Tercera ovación en pie. “Titanic”. Qué podemos decir de la película en sí y de su mítica banda sonora. El público suspiró al ver el título en la pantalla. Lo demás es historia. Si nosotros, como público, éramos Rose, sin duda FIMUCITÉ era la tabla que nos salvó de morir en esta noche de infarto. Qué importante es recordar que la cultura nos salva siempre y nos ayuda a vivir de manera más intensa y bonita la vida que tenemos.
Nos trasladamos hasta un espacio desértico con “Dune”, una experiencia extrasensorial, pero la atención estaba ya puesta en el cierre. Una bicicleta que sobrevolaba el cielo con un extraterrestre al que es imposible no querer, nos devolvió a una época pasada donde conocimos el poder de los sueños y del cine. Con la tan famosa pieza de John Williams que es signo de identidad de esta película, llegábamos a nuestro destino final. Público en pie. Aplausos por doquier. Vítores imparables. Éxito. Historia. Reconocimiento. Respeto. Admiración. Navarro iba y venía, seguíamos en pie. Los músicos y coro nos dedicaron miradas emocionadas: normal, todas y todos habían formado parte de un engranaje que no se equivoca, que no falla y que amamos con todo nuestro ser. Y aún teniendo ya las emociones a flor de piel, nos regalaron una última pieza inesperada que se salía del guión previsto: “Star Wars”, la famosa guerra de las galaxias, fue la encargada de traernos la más hermosa paz.



Los nombres propios
En algunas de las piezas que disfrutamos durante la noche, contamos con la presencia de auténticas estrellas musicales que merecen una mención especial, como por ejemplo Marcos Pérez, Gonzalo de Araoz, Satomi Morimoto, Juan Carlos Cantero o Diego Pérez. También, por supuesto, el Tenerife Film Choir, la Camerata Lacunensis, y nuestra brillantísima Orquesta Sinfónica de Tenerife. Pero, aunque parezca una osadía, créanme que no hablo a título personal cuando digo que hubo otros cinco nombres que nos dejaron sin aliento de la manera más literal que puedan imaginar. Ya los hemos mencionado a lo largo de esta crónica y, aún así, queremos hacer un hincapié añadido.
Empezamos por la más conocida y ya admirada por todo el público, Cristina Ramos, quien siempre, sin atisbo de equivocación, sorprende y llena todo el espacio con su voz tan característica, particular y grandiosa. Es un placer escucharla y disfrutarla; cada vez más se siente como ese abrazo cálido al llegar a casa tras una temporada lejos. La acompañó Estefanía Rodríguez que, aunque no es la primera vez que disfrutamos de ella, sí que ha sido la vez que más ha brillado, llegado y removido todas las almas. Continuamos con otra mujer excepcional, Ábora Cel. Pocas personas tienen la capacidad de transmitir ilusión y alegría con su voz, pero ella es una de esas excepciones. Siguiendo con voces inolvidables, qué decir de nuestro pequeño y joven protagonista, Ciro Moreno, que nos llevó a un mundo de fantasía con su capacidad vocal tan extraordinaria para su tan corta edad. Qué grata sorpresa, qué suerte haber descubierto a esta joya de la música. Por último, pero no por ello menos importante, nuestro violinista estrella: Javier Comesaña. Jamás, nunca, en ninguna otra ocasión, habíamos asistido a semejante espectáculo y demostración de talento. ¿Cómo es posible que una sola persona sea capaz de hacer tantísima magia con un violín? ¿Cómo es capaz alguien de ser tan diestro con un instrumento y ejecutar una pieza tan compleja con tantísimo nivel de excelencia? Créanme cuando les digo que en el público apenas podíamos respirar durante esta actuación. Sublime. El componente humano, esa conexión que se da única y especialmente entre almas, es precisamente lo que nos hace tan únicos. Y es exactamente esto lo que nunca debemos perder, lo que nunca debemos dejar que se pierda.
Y, cómo no, Diego Navarro, maestro, padre de este festival, referente musical y cultural en las Islas y en el resto del mundo, fue el director de esta gala. No es ya ningún secreto la pasión que desprende con cada nota y cada compás, pero siempre es diferente, llena y se hace sentir más allá de su propia tarima. Son las manos, los movimientos de la batuta, las expresiones de su rostro y los saltos de sus pies. Es la seriedad y responsabilidad que emanan de cada uno de sus poros y, sobre todo, el respeto y el amor más profundo por su trabajo, por lo que ha creado y por lo que el resto del mundo ha ido configurando en este ámbito puramente cultural. Gracias, Diego, por tu empeño y buen hacer. FIMUCITÉ ya es historia y legado al mismo tiempo.



Tiempo para reivindicar
No podemos dejar pasar la ocasión para destacar lo complejo que ha sido llevar a cabo los actos previstos para estos últimos días del festival. La confluencia de varios eventos multitudinarios en la misma zona de la ciudad dificultaron que las personas pudieran llegar al Auditorio, generando mucha frustración a organizadores y asistentes. Ha faltado coordinación, pero sobre todo respeto hacia eventos de este calibre. Veinte años de música, de cine, de cultura, se dicen muy rápido, pero tienen una trascendencia inmensa. Debemos poner en relieve que un encuentro de esta magnitud y perseverancia se lleve a cabo año tras año en nuestra tierra, convirtiéndonos en epicentro y referentes de la música de cine. Era momento de posicionarse, de que las instituciones respondieran adecuadamente al trabajo honesto; por desgracia, no lo hicieron, no estuvieron a la altura.
Por suerte, casi siempre, en medio del caos, hay personas y equipos que trabajan de la mano para buscar soluciones o alternativas y que el impacto de las malas decisiones ajenas tengan la menor de las consecuencias. Por ello, terminar este viaje agradeciendo precisamente al equipo de FIMUCITÉ y del propio Auditorio el esfuerzo extra que han supuesto estos contratiempos, es el broche de oro que merece una edición tan especial como ha sido este 20º aniversario del Festival Internacional de Música de Cine de Tenerife.


Autoría de las fotografías: Fiorella Licandro
Autoría del texto: Deborah Barroso Quintana


