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Adrián Gómez opina sobre la película Godzilla: Rey de los monstruos

Michael Dougherty (Krampus, Truco o trato), recoge el testigo tras la estimulante primera entrega de Gareth Edwards (Monsters, Rogue One) y el muy pulp y aventurero spin off: Skull Island. Este nuevo universo compartido de titanes se amplía con una nueva entrega que conmemora el 65 aniversario de la creación del reptil fondón; aquel mítico «Japón bajo el terror del monstruo» (1954).

Tras los acontecimientos sufridos, repiten Ken Watannabe (Batman Begins, Origen) el muy desaprovechado David Strathairn (Eclipse total), y la muy episódica y ya familiarizada con criaturas, Sally Hawkins (La forma del agua).

Han pasado varios años y los daños colaterales han sido muchos, a nivel familiar, por parte de los personajes encarnados por Vera Farmiga (Código Fuente, Expediente Warren), Kyle Chandler (King Kong, Super 8), y su hija, Millie Bobbie Brown (stranger things).

En esta tierra de gigantes ancestrales, también anida la ambición, personificada en el rol de Charles Dance (Alien 3, Juego de Tronos), pero King Gidorah viene a reclamar su trono, por encima de otros mutos como Rodan o Mothra… pero Godzilla no está por la labor. Por el camino, festival digital de mamporros, guion atropellado y con agujeros (e incluso, contradictorio) y un insoportable Bradley Whitford (Robocop 3, Déjame salir) de alivio cómico, que rompe el ritmo en determinados momentos. Los logros (contados) se difuminan en un desarrollo que va en declive a lo largo del metraje, perdido en civilizaciones y deidades antiguas, aventuras abisales, sustrato ecológico- apocalíptico (tal cual) y el denodado y descarado intento de convertir todo el embolado (radiactivo y ciclópeo) en un universo compartido y expandido, y donde poco más hay que rascar.

Blockbuster estival de Kaijus a la americana (al estilo de Pacific Rim) que no aplasta lo suficiente. El final, calcado al de Las crónicas de Riddick, es  innecesariamente abierto (y la escena post-créditos también) para que haya una nueva entrega mamporrera. Si todo va bien, el enemigo a batir será la octava maravilla del mundo. Ahí lo dejo… a buen entendedor.

 

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