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Adrián Gómez opina sobre la película Rocketman

Visualmente fascinante, entre el biopic rockero y el musical pop, Rocketman triunfa allí donde fracasa Bohemian Rhapsody. Esto es, cohesión estético-narrativa, veracidad y rigor en situación, características ambientales, interpretación, y cronología de los hechos y ritmo acorde a lo que se cuenta y como se cuenta. Las canciones, cual opera- rock; dan vida y pie a las secuencias, rozando la maestría en ocasiones: desde el primer concierto teenager, que desemboca en Saturday, s Night it, s all right for Fight, hasta la onírica y bellísima escena del intento suicida en la piscina, a los acordes de Rocket Man (Leit motiv sonoro del film, junto con la también exquisita Goodbye Yellow Brick Road ), con el infante Elton astronauta tocando el piano en el fondo de la misma.

Ese descenso a los infiernos, con coreografías fatidicas, entre el consumo de cocaína, el sexo oral y la reanimación vital, rompe moldes acomodaticios y comerciales, mostrando a un ególatra millonario, un artista creativo, una estrella sin infancia, un niño prodigio que colisiona con el hijo prodigo. Entre la locura glam de Tommy, y el desencanto de All that Jazz, el director Dexter Fletcher, aquí si queda con la tecla (y no solo del piano), lejos de biografías fantaseadas para todos los públicos, a brocha gorda y sin vergüenza.

Taron Egerton (Kingsman) entrega una esforzada performance, y en todos los sentidos, pues es el quien interpreta las canciones. Mención especial también para los sorprendentes Jamie Bell (Billy Elliot) como Bernie Taupin, compositor y mejor amigo del protagonista, o Bryce Dallas Howard (Criadas y señoras) , como madre.

Destacar también a Richard Madden, que, al igual que Aidan Gillen en la de Queen, encarna al manager John Reid. Curiosamente, en ambas está interpretada por un actor de Juego de Tronos, y en ambas no se da una visión muy amable del finado (si a este lo pintan así, cuando la figura de Allen Klein se refleje en el cine preparense).

Escenas como la del pequeño Reginald dirigiendo una orquesta desde la cama, el concierto en el Trobadour con el pianista tocando Crocodile Rock y levitando (literalmente), o la cámara dando vueltas alrededor del Pinball Wizard , mientras cruzamos espacio-temporalmente estadios y vestuarios, conjugan emoción y emotividad. Al margen del esquema oscarizable ascensión, caída y redención (Ray, En la cuerda floja ) o el caradurismo falaz y sonrojante de la patochada prefabricada que se montaron alrededor de Mercury (los demas Queen no cuentan… bueno si, cuentan lo que les da la gana…y las libras), este brillante film se alinea más al lado de joyas no tan populares como Casi famosos, Nowhere Boy, Love and Mercy, o la magnífica serie Vinyl, de Jagger- Scorcese, dejando constancia de que la madurez y profesionalidad de un producto no debe estar reñido con la calidad artística del mismo. Y hablamos de una historia que roza el patetismo decadente, aglomera traumas, adicciones y desengaños, sin ocultarse, entre lo carnal y descarnado, lo conmovedor y lo destructivo. Porque, aunque te rompas los cuernos, siempre te quedaran las alas.

La mejor en su género desde The Doors… «and i think it´s gonna be a long long time»

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