‘Cartas a Néstor’: un homenaje epistolar para uno de los padres de la identidad canaria. Por June Santana

Querido Néstor Álamo:

Le escribo desde 2026 para contarle que este 7 de marzo tuvo lugar en el Teatro Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria un espectáculo llevado a cabo por Besay Pérez e Iván Quintana, unos muchachos que rondan la treintena y que en la actualidad forman parte de Los Sabandeños y de Los Gofiones, respectivamente. Dado que salí del teatro pensando que esta fue una de las más altas expresiones de la canariedad que he visto en mis casi tres décadas de vida, y que el concierto llevó por título ‘Cartas a Néstor’, no quisiera dejar de escribirle mi carta personal.

Si bien el acto tenía como hora de inicio las 20:00h, desde una hora antes, el público empezaba a congregarse a las puertas de este recinto tan emblemático para nuestra ciudad y para nuestra isla en general. Sin embargo, las ganas de rememorar su obra ya venían de tiempo atrás, pues ‘Cartas a Néstor’ logró presumir del cartel de “entradas agotadas” con varios días de antelación.

Y una vez llegado el inicio, las miradas se dirigieron a un lado y otro del escenario, pues desde los palcos laterales Iván y Besay comenzaron a entonar ‘Isla mía’ al amparo de las pinturas de su tocayo, Néstor Martín-Fernández de la Torre. Uno respondía al otro y el otro al uno, dejando boquiabierta a una audiencia que desde el primer minuto empezaba a murmurar expresiones de asombro ante dos voces que, aunque jóvenes, ya empiezan a marcar el camino de la música tradicional canaria.

A ellos los acompañaba un ensemble de cuerda de la Orquesta Sinfónica de Las Palmas y un conjunto tradicional que incluía guitarras, timple, laúd y percusión. Tal fue la naturalidad con la que estas dos agrupaciones se fusionaron que parecía que la instrumental de las canciones había sido confeccionada a medida para quienes se encontraban sobre el escenario. No obstante, esto fue posible gracias a los arreglos musicales de Alicia González de la Fe, Juan Antonio Suárez González y Juan Sebastián Ramírez Martín; y a la labor de Rubén Sánchez Araña y también de Juan Sebastián Ramírez como directores musicales.

Asimismo, es destacable la presencia de una voz femenina: la de Carla Vega. Don Néstor, créame cuando le digo que con la interpretación de su arrorró ‘Rubio y alto’, tanto Carla como Besay e Iván consiguieron conmover a un público que parecía contener la respiración con tal de escuchar cada nota. Durante dicha pieza, la atmósfera del Galdós se tornó solemnemente tierna –si es que tal cosa existe, y si no, ellos con la dirección escénica de Luis O’Malley la inventaron– y sobrecogió a todos cuantos allí nos encontrábamos.

Por supuesto, la nota teatral también estuvo presente: durante ‘Rubio y alto’, Carla Vega salió a escena con un manto en sus brazos que simulaba a ese niño que en un futuro sería, como dice el propio título de la canción, rubio y alto; y en ‘Mis bueyes’, Pérez y Quintana caminaron entre el público entonando la canción y portando en sus manos, cada uno, un garrote y conjunto de cascabeles que nos transportaba con la mente a las cumbres de las islas. Además, a lo largo de todo el espectáculo, entre canción y canción, el dúo protagonista relató algunos de los hechos que marcaron su vida haciendo uso de cartas escritas por gente de un lado y otro del Atlántico, que en su vastedad separa y une a partes iguales; pero también, narraron anécdotas que usted tan generosamente había puesto en conocimiento de su pueblo.

Sin embargo, don Néstor, no quiero finalizar esta misiva sin comentarle que uno de los aspectos que más magia aportó a esta celebración de su trayectoria y de su huella en la historia fue la fraternidad que Besay e Iván, con su gracia natural y juvenil, demostraban sobre las tablas. Las palabras de cariño entre ambos solistas añadieron el toque de humanidad que tan necesaria resulta con los tiempos que estamos viviendo –esto se lo contaré en otra carta, pero sepa que el mundo está hecho un desastre–; e Iván, absolutamente certero, afirmó en una de sus intervenciones que en sus dúos, él pone la melodía y Besay pone la fuerza, demostrando una compenetración profesional y personal pocas veces demostrada con semejante autenticidad. A esto me gustaría añadir que tanto la melodía como la fuerza de cada uno de ellos se solapan en ambos casos, pues quienes allí estábamos tuvimos el privilegio de escuchar la voz desgarrada de Iván Quintana cantando ‘El cuervo’ con una fuerza descomunal; y a Besay Pérez entonando de forma impecable y emotiva la mítica ‘Balada de Sabanda’, lo que le hizo retornar con el alma a la isla de Tenerife, de donde es originario. Pero sus características vocales no fueron el único sello artístico que pusieron en valor los solistas: durante la primera parte del acto, lucieron camisas que incorporaban calados tradicionales de Ingenio, una artesanía que trabaja el propio Iván; y en la segunda parte vistieron de esmoquin gracias al trabajo del sastre tinerfeño José Acosta, que según contaron durante la velada, se empleó por iniciativa de Besay.

En lo artístico, poco más tengo que decir, pues ya me he extendido bastante en esta epístola, pero usted que conoció lo grande que es ese icónico Teatro Pérez Galdós, sepa que salí de allí pensando: “en qué poca cosa se quedó el recinto comparado con la enormidad de las voces de estos chicos”; y es que no sería de extrañar que tal vez en unos años o unas décadas, pudiéramos acudir a contemplar algún espectáculo en un hipotético “Auditorio Besay Pérez”, o que podamos saciar nuestras inquietudes artísticas en una “Escuela de Música Iván Quintana”.

Maestro, me despido –de momento– dejándole por seguro que a 32 años de su partida, sigue usted más que vivo y como ve, su legado está a buen recaudo. Espero que esta carta le llegue de una forma tan bonita como ocurrió al finalizar ‘Cartas a Néstor’: ascendiendo lentamente hasta el cielo mientras suena ‘Sombras del Nublo’.

Con mucho cariño y deseando seguir escuchándole por el resto de mi vida, 

June Santana. 

P.D.: desconozco si alguien se lo ha contado en otra carta, pero quería mencionarle que en 1998, también el Galdós acogió otra conmemoración de su obra, titulada ‘Querido Néstor’, y que batió récords de taquilla teniendo como partícipes a esa agrupación tan nuestra que es Mestisay. ¿No es impresionante?