«El Señor de las Moscas», Adaptación e ilustración Aimée de Jomgh. Por Álex Ro

El señor de las moscas. La novela gráfica

Adaptación e ilustración Aimée de Jomgh. Alianza Editorial, 2024.

¿Existió una prehistoria de las novelas gráficas como las conocemos en la actualidad? Los que tenemos una edad sabemos perfectamente la respuesta a esta pregunta. Claro, la colección Joyas Literarias Juveniles. Ya fuera en su formato cuadernillo o en su recopilación en tomos, la colección azul y la verde, en sus páginas se combinaba un resumen de la novela junto a viñetas en donde se representaba lo narrado. Para este largo proyecto editorial, de 1970 a 1985, Bruguera se fijó en los clásicos de la novela de aventura de autores como Julio Verne, Emilio Salgari, Alejandro Dumas, Dickens, Stevenson, Mark Twain, y aunque predominaban los escritores varones, también dio cobijo en sus cuadernillos a escritoras como Stowe, Spyri o Alcott. Seguramente, este fue el primer acercamiento a los clásicos de aventuras para la inmensa mayoría de adolescentes de los años setenta. Y esto viene a cuento con la tendencia de los últimos años de transcribir al lenguaje gráfico clásicos literarios como en el caso que nos toca, El señor de las moscas de William Golding, publicada en 1954 y que Alianza Editorial ha publicado como novela gráfica en 2024, con dibujo y adaptación de Aimée de Jongh.

¿Hace falta decir algo que no se haya hablado ya sobre la novela de Golding, ese hijo perverso de la obra de Ballantyne, La Isla de Coral? El optimismo de R. M. Ballantyne, tras dos guerras mundiales y unas bombas nucleares estallando sobre Japón, dejó paso a una visión oscura sobre la naturaleza que bien reflejan los personajes de Golding y que ya preconiza su título, que no es otra cosa que la traducción del término hebreo Baal-Zebub.

Gráficamente, el buen salvaje de Rousseau y el idílico Edén bíblico, en manos de Aimée de Jongh se convierte en una naturaleza exuberante, que llega a llenar viñetas enteras, verde y follaje que poco a poco va dejando paso a tonos más oscuros en donde la violencia es directa, explícita, reflejada en la caza con todo detalle del jabalí y su cabeza sangrienta. La civilización rápidamente desaparece como desaparecen los uniformes escolares de los niños, y aquí el término no es genérico ya que solo hay personajes masculinos. ¡La coeducación no era un valor en las escuelas británicas de mediados del siglo XX! La pérdida de la ingenuidad en las viñetas de Aimée se refleja perfectamente en la metáfora del agua, con esa charca que es el disfrute del protagonista como si estuviera en unas vacaciones para, poco a poco, transformarse en un mar que encarcela, que encierra. Y es que el agua parece diluir los valores morales y cívicos de los niños como ocurre con la escena de la celebración de la captura del jabalí, que comienza como un juego y que a medida que arrecia la lluvia se convierte en la caza de uno de los niños y su asesinato final en la orilla del mar. Agua, siempre presente. Violencia desatada en un mundo violento. Aunque a lo largo de la obra de Aimée de Jongh no hay ninguna referencia al contexto histórico, la última imagen de su libro, con esos cañones del crucero que rescata a los niños en oscuro casi negro sobre fondo azul, perfectamente sintetiza el momento de pánico nuclear de mediados del S.XX, con el telón de fondo de una incipiente Guerra Fría que llevó el Reloj del Juicio Final a subir a 23 horas y 58 minutos justamente en 1953, un año antes de la publicación de la novela de Golding. Porque todo este viaje a los infiernos de mano de Belcebú lo hacen los niños en un contexto en donde las bombas atómicas habían caído sobre Gran Bretaña. El salvajismo de los niños es solo el reflejo del salvajismo de los adultos.