El Festival “¡Esto es Histórico!” de literatura y divulgación histórica vuelve a Tenerife (en la Plaza de la Constitución en La Orotava) entre los días 13, 14 y 15 de marzo. Hemos entrevistado a varios de sus próximos invitados e invitadas, para que nos hablen de su trabajo y de cómo ven el presente y el horizonte de la divulgación.
Tito Vivas es un historiador, experto en egiptología, con una larga y reconocida trayectoria. Ha escrito varios libros, el último de ellos publicado este año: “Pirámides, dioses y sabidurías perdidas del mundo antiguo”. Además, divulga en redes desde hace años, donde le acompaña una legión de seguidores fieles. Nota un interés creciente por la civilización egipcia, y aunque no quiere idealizar la labor de un arqueólogo, anima a los jóvenes que quieran serlo a recorrer un camino profesional complicado, pero que merece la pena.
P: ¿Sabemos ya casi todo del antiguo Egipto? ¿Existen todavía muchas lagunas históricas sobre esa civilización?
En realidad estamos muy lejos de saberlo todo. El antiguo Egipto es una de las civilizaciones mejor documentadas de la Antigüedad, pero eso no significa que la comprendamos por completo. Todavía existen muchas lagunas históricas. Hay periodos que conocemos de forma fragmentaria, textos cuyo sentido sigue siendo discutido y numerosos yacimientos que aún no han sido excavados o estudiados en profundidad. Pero además hay una cuestión fundamental: gran parte de lo que sabemos sobre Egipto procede del mundo funerario de las élites. Tumbas, templos, estatuas e inscripciones monumentales son fuentes extraordinarias, pero representan solo a una pequeña parte de la sociedad. Eso significa que nuestra ventana hacia el antiguo Egipto está, en cierto modo, sesgada. Sabemos mucho sobre faraones, altos funcionarios o sacerdotes, pero bastante menos sobre la vida cotidiana de la mayoría de la población: campesinos, artesanos, comerciantes o mujeres fuera de los círculos de poder.
Quizá lo más interesante no es solo lo que aún no sabemos, sino cómo cambia lo que creíamos saber. La egiptología es una disciplina muy viva: nuevas tecnologías —desde el análisis de ADN hasta la muografía o la arqueología digital— están permitiendo replantear cuestiones que parecían cerradas hace apenas unas décadas.
Así que no, no sabemos “casi todo”. Y precisamente por eso el antiguo Egipto sigue siendo un territorio fascinante para la investigación… y también para la imaginación.
P: He leído en alguna entrevista suya el concepto «arqueoastronomía». ¿Podría explicarnos qué es exactamente?
La arqueoastronomía es una disciplina que estudia cómo las sociedades del pasado observaron el cielo y qué papel tuvo esa observación en su cultura. No se trata solo de astronomía antigua, sino de comprender cómo los fenómenos celestes —el Sol, la Luna, las estrellas o los ciclos del firmamento— influyeron en la arquitectura, los calendarios, la religión o la organización del tiempo. Muchas culturas antiguas construyeron sus monumentos teniendo en cuenta determinados fenómenos astronómicos: amaneceres en los solsticios, posiciones de ciertas estrellas o ciclos lunares. Analizar esas orientaciones y su posible significado cultural es precisamente el campo de la arqueoastronomía.
En el caso de Egipto, por ejemplo, sabemos que algunos templos y monumentos están alineados con eventos solares muy concretos, y que determinadas estrellas tuvieron un profundo valor simbólico y religioso. Estudiar estas relaciones nos ayuda a comprender mejor cómo los egipcios concebían el cosmos y su lugar dentro de él. En el fondo, la arqueoastronomía nos recuerda algo muy simple: durante miles de años el cielo fue el gran reloj, el gran calendario y también uno de los grandes escenarios simbólicos de las civilizaciones antiguas.
P: Usted dedica parte de su labor como divulgador a desmentir bulos sobre historia, especialmente en egiptología. Según usted, ¿cuál es el bulo sobre el antiguo Egipto más resistente que conoce, ese que por más que se desmienta con datos y certezas vuelve a aparecer?
Probablemente la idea de que las pirámides de Guiza no fueron construidas por los egipcios, sino heredadas de una civilización perdida o incluso levantadas con ayuda extraterrestre. Es una de las narrativas más persistentes y, curiosamente, muchas personas la repiten sin saber muy bien de dónde procede. Si uno pregunta por el origen de estas teorías, rara vez aparece el nombre de quienes las formularon o el contexto en el que surgieron. Son ideas que circulan en el imaginario colectivo, se simplifican y se transmiten una y otra vez, muchas veces más por lo sugestivas que resultan que por haber sido realmente estudiadas. Creo que ahí está la clave de su resistencia: apelan más a la emoción que al análisis. Ofrecen la sensación de estar accediendo a un conocimiento oculto o prohibido, algo que no todo el mundo conoce. Y esa sensación de “haber descubierto algo que otros no ven” resulta muy poderosa. El problema es que cuando uno se acerca a la evidencia arqueológica —canteras identificadas, restos de herramientas, grafitos de los equipos de trabajadores dentro de la Gran Pirámide, poblados de obreros excavados en Guiza y una evolución arquitectónica muy clara desde las mastabas hasta las grandes pirámides— el contexto histórico y técnico aparece con bastante claridad.
Precisamente esa tensión entre mito y realidad es uno de los temas que abordo en mi último libro, Pirámides, dioses y sabidurías perdidas del mundo antiguo, donde intento analizar algunos de estos grandes enigmas desde una perspectiva histórica, separando lo que sabemos realmente de lo que forma parte del imaginario popular.
“… La manipulación del pasado no es algo moderno..”

P: Y sobre esto… tengo entendido que en el antiguo Egipto, de hecho, ya existía todo un sistema para borrar de la historia faraones, por ejemplo, que ya no caían en gracia. Por lo visto, sucedió con Hatshepsut, cuyo legado intentó ser destruido por otro faraón… ¿Cómo era este proceso realmente? ¿Podemos decir que estos intentos de manipulación de la historia han existido desde siempre?
Sí, en el antiguo Egipto existieron prácticas destinadas a alterar o borrar la memoria de determinados personajes. Los egipcios concedían una enorme importancia al nombre y a la imagen, porque formaban parte de la identidad eterna de una persona. Borrar un nombre de una inscripción o destruir una estatua no era solo un gesto político: también tenía una dimensión simbólica muy profunda, ya que afectaba a la forma en que esa persona sería recordada.
El caso de Hatshepsut suele citarse con frecuencia. Durante mucho tiempo se interpretó como una especie de venganza de Tutmosis III, pero hoy sabemos que la situación fue más compleja. Las campañas contra sus imágenes no comenzaron inmediatamente tras su muerte, sino décadas después, y parecen responder más bien a una reorganización de la memoria dinástica. En muchos monumentos se eliminaron sus nombres o se sustituyeron sus representaciones para reforzar una sucesión masculina continua dentro de la dinastía.
Algo parecido ocurrió tras el reinado de Akhenaton, cuya memoria fue atacada sistemáticamente después del periodo de Amarna. Sus nombres fueron borrados de monumentos, y durante siglos quedó prácticamente excluido de las listas reales.
Así que sí, podríamos decir que la manipulación del pasado no es algo moderno. Las sociedades antiguas también construían relatos históricos que legitimaban su presente. Lo interesante es que la arqueología, precisamente, permite detectar esas intervenciones y reconstruir la historia que en su momento se intentó modificar o incluso borrar.
P: Hablando de mujeres… ¿Cuáles son sus egiptólogas de referencia, o sus arqueólogas de referencia? ¿Qué mujeres que ejercen o ejercieron esa actividad considera imprescindibles en ese terreno?
Siempre me ha fascinado la figura de Amelia Edwards. Fue una auténtica pionera: viajera, escritora y una de las personas que más contribuyó a despertar el interés por el antiguo Egipto en el mundo anglosajón del siglo XIX. Su libro A Thousand Miles up the Nile es una obra maravillosa, no solo por su valor literario, sino porque refleja muy bien ese momento en el que el viaje, la curiosidad científica y la exploración empezaban a converger. Además, su labor fue decisiva en la creación del Egypt Exploration Fund, que luego se convertiría en la Egypt Exploration Society, una institución clave para el desarrollo de la egiptología.
Pero si miramos al presente, la egiptología es hoy un campo donde las mujeres tienen un papel absolutamente fundamental. Hay investigadoras extraordinarias trabajando en universidades, museos y misiones arqueológicas por todo el mundo.
Yo destacaría el caso español, porque contamos ya con varias generaciones muy consolidadas de egiptólogas y arqueólogas que están realizando trabajos de enorme calidad, tanto en investigación académica como en la dirección de proyectos de excavación en Egipto. Es una presencia muy fuerte dentro de la disciplina y, sin duda, para mí, una de las grandes fortalezas de la egiptología española actual.
Si algo demuestra la historia de la disciplina es que el conocimiento del antiguo Egipto se ha construido gracias a muchas miradas diferentes. Y en ese proceso, la aportación de las mujeres ha sido —y sigue siendo— absolutamente imprescindible.
P: ¿Qué posibilidades reales de dedicarse a la arqueología, desde lo público o lo privado, tienen los jóvenes en España?
Creo que lo primero que hay que decir es algo que a veces incomoda: para mí, la arqueología no es tanto una ciencia autónoma como una herramienta metodológica al servicio de la historia. Es una metodología científica, por supuesto, pero forma parte de algo mucho más amplio. Igual que la arquitectura, la geología o incluso la astronomía pueden ayudarnos a entender el pasado, la arqueología es uno de los instrumentos que utilizamos para reconstruirlo. Por eso siempre aconsejo a los jóvenes que no limiten su formación únicamente a lo arqueológico. Cuanto más amplio sea su horizonte intelectual —historia, antropología, filología, arquitectura, o ciencias naturales— más herramientas tendrán para interpretar el pasado. La arqueología funciona mejor cuando se integra dentro de ese enfoque multidisciplinar.
Dicho esto, también conviene ser realistas: en España las oportunidades profesionales en arqueología son limitadas. La mayor parte del trabajo se concentra en la arqueología preventiva vinculada a obras públicas o privadas, y el acceso a la investigación académica es muy competitivo. No es un camino fácil. Pero ninguno que merezca la pena lo es.
Yo creo que no hay que buscar carreras con salidas: hay que formar personas con salidas. Vivimos en un momento interesante. Cada vez más arqueólogos trabajan en equipos multidisciplinares, en proyectos internacionales o en ámbitos como la divulgación, el patrimonio o la tecnología aplicada al estudio del pasado. Yo tengo claro que la clave está ahí: en la diferenciación y la innovación. No pensar la arqueología como una profesión cerrada, sino como parte de un campo mucho más amplio dedicado a comprender la historia humana.
P: ¿Nota en los últimos años un aumento del interés por la egiptología en la gente? ¿Qué diría usted que es lo que más preguntan sus seguidores sobre ello?
Sí, sin duda. El interés por el antiguo Egipto no solo sigue vivo, sino que en los últimos años parece haber crecido todavía más. Basta mirar lo que ocurre con el turismo cultural: los yacimientos y museos egipcios recibieron decenas de millones de visitantes, y el país alcanzó alrededor de 19 millones de turistas en 2025, principalmente atraídos precisamente por su patrimonio faraónico. Pero más allá del turismo, lo que percibo es que el antiguo Egipto tiene una capacidad muy especial para conectar con la imaginación de la gente. Es una civilización que reúne muchos ingredientes muy poderosos: monumentos colosales, escritura misteriosa, dioses con formas sorprendentes, momias y maldiciones, rituales funerarios… Es un universo cultural extremadamente visual y simbólico, y eso lo hace muy atractivo incluso para quien no tiene una formación histórica.
En mi experiencia divulgando en redes o en conferencias, las preguntas suelen concentrarse siempre en los mismos grandes temas: cómo se construyeron las pirámides, qué sabemos realmente sobre las momias, o qué significaban los dioses y los rituales del más allá… Son cuestiones que mezclan la curiosidad histórica con ese componente casi filosófico sobre la vida, la muerte y el tiempo. En realidad son preguntas que llevo escuchando años en charlas, viajes o redes sociales, y que de alguna manera también están en el origen de Pirámides, dioses y sabidurías perdidas del mundo antiguo.
Y creo que ahí está parte del secreto de su éxito. El antiguo Egipto no solo nos habla de un pasado remoto: también toca preguntas muy universales que siguen interesándonos hoy. Por eso, miles de años después, sigue despertando tanta fascinación.
“Sabían que la vida era breve, pero también que el recuerdo, la memoria y las huellas que dejamos podían perdurar”
P: ¿Cuál es la lección más importante que puede darnos la civilización egipcia a los humanos del siglo XXI?
Creo que una de las grandes lecciones del antiguo Egipto tiene que ver con su relación con la muerte, y por tanto con la propia naturaleza humana. Para los egipcios, la muerte no era una ruptura dramática ni un final abrupto, sino una transición dentro de un ciclo más amplio de existencia. Por eso dedicaban tanto esfuerzo a sus tumbas, a sus rituales funerarios o a preservar el nombre y la memoria de las personas. No lo hacían por obsesión con la muerte, como a veces pensamos hoy, sino precisamente, por lo contrario: porque entendían la vida como algo que debía prolongarse más allá del momento presente.
Creo que ahí hay una reflexión interesante para nosotros. Vivimos en una sociedad que intenta apartar la muerte de la vida cotidiana, como si fuera algo que no nos pertenece. Y cuando aparece, lo hace de forma abrupta, casi incomprensible. Los egipcios, en cambio, convivían con esa realidad de una manera mucho más natural. Sabían que la vida era breve, pero también que el recuerdo, la memoria y las huellas que dejamos podían perdurar.
Quizá esa sea una de sus lecciones más humanas: recordarnos que nuestra existencia es finita, pero que precisamente por eso merece ser vivida con conciencia, con significado… y con la esperanza de dejar algo que perdure un poco más allá de nosotros.
Texto y entrevista: Verónica Martín




