Eugenio Ramón Luján Martínez – ¿Qué urdía Penélope? Telas y tejidos en Homero y en el mundo micénico.
Sección Canaria de la Sociedad Española de Estudios Clásicos y la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, La Laguna, 15.09.2026
Los hilos de las Moiras, intentaba enredar Penélope cuando tejía y destejía, ganando tiempo al paso del tiempo. Hebras viajeras que danzaban al ritmo del huso agitado por sus manos, bellas metáforas para sintetizar el ingenio de una mujer que luchaba contra todo y todos.


La tela jugaba un papel fundamental en la economía doméstica griega y era símbolo de prestigio, por ello a nadie le extrañó a lo largo de la historia que una reina como Penélope se dedicara a tejer. Más allá de esa imagen de una mujer, independientemente de su estatus social, que cumple con “sus labores” (ingrata frase que sirvió para encasillar a las mujeres durante décadas en este país), existe una carga simbólica que pone en tela de juicio las interpretaciones realizadas de este acto hasta ahora. Y en esa pelea de desbrozar el terreno se embarca Eugenio Ramón Luján cuando pone sobre la mesa la pregunta pertinente: ¿sabemos lo que tejía Penélope? La respuesta la busca en el campo de la filología (para algo es catedrático de Lingüística Indoeuropea) percatándose de que lo dicho hasta ahora parte del error de la mala interpretación de la palabra, φᾶρος, traducida generalmente como sudario o manto, cuando en realidad hace referencia a un tipo específico de tejido denominado faro. Y como Penélope, a partir de este punto, va destejiendo lo dicho hasta ahora valiéndose de las tabillas micénicas de Lineal B como puntilla para deshilvanar la urdimbre histórica. El faro es la pa-we-a, esa tela que simbolizaba el prestigio y el poder en los palacios micénicos ya que solo la vestían las clases dirigentes, un paño de unos 7 m2 que se tardaría en tejer en torno a las 250 horas si era de lana fina y 400 para el lino. Pero ahí no acaban las indagaciones de Eugenio Luján, porque aborda otro aspecto de esa tela tejida por Penélope, aquello de que la tela era brillante, que se ha interpretado como espléndida en el sentido de magnífica, cuando posiblemente se refiera a que la tela brillaba al impregnarse los hilos de lino, en el proceso de tejer, de aceite para que no se rompieran. La piedra fundacional de su argumentación parte de la propia Odisea, cuando el narrador nos indica que de un tupido lino resbala el húmedo aceite.

Con esta aproximación filológica, que ha clarificado el enmarañado sotobosque de las traducciones clásicas, se comprende perfectamente la conocida artimaña de Penélope. Esta treta era inteligible para los oyentes de su época, aunque menos para nosotros, ya que ellos entendían la excusa de que debía terminar su tela antes de casarse para que no se le estropearan sus hilos. Esto era así porque estaba tejiendo un faro de fino lino (costoso de obtener y difícil de tejer). Podían ser años si no se trabajaba a jornada completa e incluso más tiempo si, como Penélope, se destejía de noche lo tejido de día.
Las palabras guardan el secreto de lo vivido y en esta ocasión Eugenio Luján ha sido nuestro aedo que nos ha cantado los misterios de Penélope al ritmo de sus palabras. Embelesados como los oyentes de la Odisea entre las paredes de los palacios y los soportales de las ágoras, así no dejó el canto de Eugenio.

Texto y fotografías de Álex Ro


