Hawks, Baby, George y la Clavícula Intercostal. La Fiera de Mi Niña (Bringing Up Baby, EE. UU. 1938). Por Manuel García de Mesa

¿Quién dice que la oscuridad de una sala de cine es un lugar para la quietud, la tranquilidad y la paz de espíritu? ¡Paren las rotativas y sujeten a sus leopardos! porque el pasado viernes 23 de octubre a las 19:00 horas, la Sala 17 de Multicines Tenerife se transformó en el epicentro del caos más elegante. Bajo la complicidad de la penumbra cinematográfica, nos dimos cita con el mismísimo arquitecto de la velocidad a 24 imágenes por segundo: el maestro Howard Hawks. 

¿El motivo? Rendir pleitesía a La fiera de mi niña, la película que, no solo inventó la comedia romántica moderna a golpe de gags visuales. También nos demostró que, a veces, para encontrar el amor, primero hay que perder el juicio. El amor verdadero incluye un dinosaurio incompleto, una heredera delirante, un foxterrier obsesionado con un hueso prehistórico, un leopardo domesticado al que le encanta cantar, y un ritmo tan frenético y trepidante que te deja sin aliento. 

Si hoy te ríes con los equívocos del amor moderno, es porque Hawks ya sembró el pánico (y las risas) en la gran pantalla mucho antes.

1. EL SENTIDO DE LA AVENTURA. LA CAMARADERÍA PROFESIONAL. 

Howard Winchester Hawks es uno de los grandes maestros del cine. En su juventud llevó a cabo una vida aventurera, como muchos de los realizadores del cine clásico de Hollywood. Hawks fue aviador, cazador, piloto de carreras, e hizo una profesión del hecho de ser un bon vivant. Probablemente por todas estas razones siempre propuso historias directas y muy divertidas, dotadas de un humor muy juguetón, tanto en la interacción de los personajes como en su complicidad con el público. Era un hombre de gran porte. Alto, siempre vestido de manera elegante, implicado en todo el proceso de producción, y dotado de una enorme claridad y determinación, que le proporcionaban una gran autoridad en los platós. 

El cine de Howard Hawks se puede resumir en esencia con tres palabras: camaradería profesional masculina. Las mujeres en su cine aparecen provistas de una gran personalidad, de mucho carácter y temple, y son grandes estrategas. Todas estas habilidades son necesarias, precisamente, para abrirse camino en un mundo eminentemente masculino. Los personajes interpretados por Katherine Hepburn, Lauren Bacall, Carole Lombard, Rosalind Russell, Jean Arthur, Angie Dickinson o Elsa Martinelli son personajes que van muy por delante de sus tiempos y épocas.

El realizador John Carpenter, que ha construido su carrera en torno a su admiración por el cineasta clásico, lo clava cuando afirma lo siguiente a propósito de la obra maestra Rio Bravo:

«El héroe de Hawks es simplemente un profesional. Esa es la manera de definirse a sí mismo, por lo bien que hace su trabajo. Hay una escena en el bar, con Ward Bond. Él le dice, Bueno, déjame ayudarte. Necesitas más ayuda, cuentas con un lisiado y un borracho… y Wayne le dice: no te necesito porque eres un aficionado. Yo necesito un profesional y prefiero malos profesionales que aficionados con buena voluntad. Y eso es Hawks en esencia» (1)

El propio realizador se lo cuenta igualmente a Peter Bogdanovich:

BOGDANOVICH: «¿Cree que el profesional —el tipo de personas con las que con más frecuencia ha tratado usted— le interesa más hacer su trabajo que lo que pueda obtener con ello?»

HAWKS: «Si, creo que sí. La gente que vale tiene su orgullo —el piloto de carreras, el piloto de aviación, el jugador de béisbol, el jugador de jockey, cosas así—, lo importante es hacer un buen trabajo. Y para eso se olvidan de todo lo demás. Es su trabajo, tienen que hacerlo. Por ejemplo, un equipo de pilotos de vuelo acrobático: si uno de ellos no lo hace bien, fastidia a todos los demás. Si alguien se asusta capturando animales, fastidia a todo el grupo. Su supervivencia depende de la pericia de los demás; por eso no pueden depender de gente que no sabe lo que hace.» (2)

El cine de su autor, por lo tanto, representa aquello que ocurre mientras los profesionales desempeñan codo a codo su actividad profesional, generalmente muy peligrosa, con un código de conducta marcado a fuego.

En su cine, las tramas generalmente son poco importantes. Las películas hay que resolverlas porque así ha de hacerse, pero lo que realmente le interesa al cineasta, y a ello dedica ingentes cantidades de tiempo, es a las bambalinas de esos profesionales. Hombres en acción realizando actividades peligrosas y mujeres de carácter que se hacen un hueco por su propia personalidad en el duro mundo, ya sea del transporte por avión sorteando todo tipo de peligros, cazando animales en África para surtir a los zoológicos o desempeñando la función de sheriff en clara minoría con las fuerzas de asedio. El cineasta sentía auténtica pasión por esa aventurera cotidianeidad donde se desprecia la seguridad, y cada fiesta, canción, o relación con una mujer, puede ser la última de sus vidas.

El cineasta concedía mucha importancia a la improvisación, eso sí, paradójicamente, bien controlada por él. Sus guiones se rescribían constantemente. Algunos guionistas como Jules Furthman o Leigh Brackett se adaptaron muy bien a esta dinámica de trabajo. Otros como Borden Chase, chocaron de frente con el realizador y sus rutinas de improvisación.

El cuerpo de trabajo de Hawks es, por otra parte, la evidencia de ser una de las mentes más versátiles de la historia del celuloide. Cultivó varios géneros y en todos y cada uno de ellos, se puso a la altura de los grandes especialistas. Cuando hizo cine de gánsteres, hizo Scarface, el terror del hampa (Scarface, EE. UU., 1932), a la altura de cualquiera de las piezas capitales de la época firmadas por Lloyd Bacon, Melvin Leroy o William A. Wellman. En el momento en el que decide hacer su contribución a una corriente que después de la postguerra el crítico de cine francés Nino Frank denominó Film Noir, hizo una de las más grandes: El sueño eterno (The Big Sleep, EE. UU., 1946) y se trajo nada menos que al escritor William Faulkner para adaptar la novela de Raymond Chndler. Un largometraje grande, como Perdición (Double Indemnity, EE. UU. 1944), único Noir también de otro genio del cine: Billy Wilder, o como cualquier otra de las grandes muestras del género, como El halcón maltés (The Maltese Falcon, EE. UU. 1941) de John Huston o Forajidos (The Killers, EE. UU. 1944) de Robert Siodmak. Cuando Hawks se sumerge en el espíritu de la aventura, dirige nada menos que Solo los ángeles tienen alas (Only Angels Have Wings, EE. UU. 1939), Tener y no tener (To Have And To Have Not, EE. UU. 1945) o ¡Hatari! (Hatari! EE. UU. 1962). A la altura de los grandes aventureros del cine americano, de ese aliento que impregno de desencanto e integridad en el celuloide estadounidense. En esa línea de trabajo, Hawks estuvo al nivel, o superando, a los reyes de la aventura: John Huston, Raoul Walsh o nuevamente William Augustus Wellman. Cuando Hawks se va a la guerra el resultado es una obra sobre el despertar de la inocencia en el conflicto bélico como Sargento York (Sergeant York, EE. UU. 1941), ese magnífico botón de muestra, ambientado en la primera guerra mundial, coescrita, casualmente o no, por el mencionado Huston y que tanto influyó en obras como Caballo de batalla (War Horse, EE. UU. 2011) de Steven Spielberg. Queda para la posteridad esa joya rara avis de género de ciencia ficción y terror que es El enigma de otro mundo (The Thing of Another World, EEUU, 1951), levantada por Hawks, pero dirigida por Christian Nyby, y que tanto culto posee entre la cinefilia, a lo que ha pesado mucho el remake dirigido por John Carpenter en 1982, La cosa (The Thing, EE. UU. 1982). Hawks trabajó activamente en levantar ese proyecto y su presencia en el plató es más que evidente.

¿Y qué decir cuando el cineasta oriundo de Indiana de cuando hace westerns? Río Rojo (EE. UU. 1948), Río de Sangre (The Big Sky, EE. UU. 1952) y Río Bravo (EE. UU. 1959) están a la altura de la obra de John Ford, Anthony Mann o Budd Boetticher, por citar a tres especialistas del género. Grandes espacios abiertos, y la claustrofobia de la oficina del sheriff se solapan en soberbias muestras de género, que navegan en torno a la camaradería profesional, con grandes dosis de comedia y guerra de sexos. 

2. LA DIFICULTAD DE LA COMEDIA

Pero si hay una categoría por la que Hawks sintió predilección, esa fue en la comedia. Y en esa liga, Hawks también estuvo a la altura de los grandes: Ernest Lubisch, Preston Sturges, o el citado Billy Wilder. Hawks le dijo al historiador Joseph McBride: 

«Prefiero hacer comedia, pero encontrar una historia divertida es lo más difícil del mundo» (3)

Pues parece que al menos en diez ocasiones, consiguió llevar a cabo «lo más difícil del mundo». Una chica en cada puerto (A Girl In Every Port, EE. UU. 1928) abrió la veda, integrando la comedia con la aventura. La comedia de la vida (Twentieth Century, EE. UU. 1934), del mismo año que vio la luz otro pilar fundacional: Sucedió una noche (It Happened One Night, EE. UU., 1934) de Frank Capra. La Screwball Comedy estaba en marcha. La fiera de mi niña es la tercera pieza clave del género en la filmografía del cineasta natural de Indiana. El goteo de risas continuó a lo largo de los años. Luna nueva (His Girl Friday, EE. UU. 1940) es una de las grandes cotas. Bola de fuego (Ball Of Fire, EE. UU. 1941) y su remake, Nace una canción (A Song Is Born, EE. UU. 1948), son parte del muestrario de la comedia “hawksiana”. La mujer, definitivamente, está francamente empoderada para poder hacerse paso en un mundo de hombres. 

La novia era él (I Was A Male War Bride, EE. UU. 1949) y Me siento rejuvenecer (Monkey Business, EE. UU. 1953) fueron las dos últimas de las cinco películas que el cineasta hizo con el elegante actor Cary Grant. Hawks intentó persuadirlo para protagonizar Su juego favorito (Man’s Favorite Sport? EE. UU. 1964) pero fue imposible. Este trabajo de 1964 fue claramente una obra ya a destiempo, en medio del colapso del sistema de los grandes estudios, hecha a la vieja usanza, como también lo serían los siguientes y últimos filmes de un cineasta inmenso. Como también lo fue la comedia de Charles Chaplin La condesa de Hong Kong (The Countess Of Hong Kong, Reino Unido, 1967). Rock Hudson y su vis cómica hicieron lo posible en las estupendas imágenes de Su juego favorito para que olvidásemos al gran Archie Leach. Nuevamente Hawks exploró la acumulación de desgracias e incidentes sobre un personaje masculino, causadas por un personaje femenino especialmente cualificado para ello. La actriz Paula Prentiss fue la fémina en esta ocasión. Definitivamente la comedia era el «juego favorito» de Howard Hawks. Los críticos de cine franceses de Cahiers Du Cinema la disfrutaron mucho, y la defendieron encarnizadamente. Al fin y al cabo, habían construido la política de los autores alrededor del propio Hawks.

3. BRINGING UP BABY

En el origen de La fiera de mi niña, está la compra de los derechos de un relato escrito por la escritura y dramaturga Hagar Wilde. Hawks contrató incluso a la escritora para escribir el guion. Su falta de conocimiento del medio cinematográfico fue suplida por la presencia del consagrado Dudley Nichols. Ambos hicieron equipo en la construcción del libreto. Ese mismo año de 1938, Wilde reescribió también para el estudio RKO Pictures y también junto al veterano Nichols el texto de Amanda (Carefree, EE. UU. 1938) dirigida por Max Sandrich, al servicio de Fred Astaire y Ginger Rogers. Hawks convocaría de nuevo a Hagar Wilde para el proceso de escritura de la mencionada La novia era él. Wilde entraría a formar parte de la «familia de guionistas», de los que el realizador echaba mano, junto a los mencionados Jules Furthman y la también novelista Leigh Brackett. Bringing Up, Baby es la primera de las referidas cinco películas que el vertiginoso realizador llevó a cabo con ese «símbolo de la elegancia» que fue el actor Cary Grant. Fue la única vez que dirigió a Katherine Hepburn. Fue la tercera de las cuatro que hicieron juntos ese tándem inmortal que fueron Grant y Hepburn. Las otras tres fueron dirigidas por otro de los grandes directores de la comedia: George Cukor. Ya se había estrenado La gran aventura de Silvia (Sylvia Scarlet, EE. UU. 1935). Ese mismo año de 1938 estrenaban Vivir para gozar (Holiday, EE. UU. 1938). Quedaba Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, EE. UU. 1940). 

La fiera de mi niña es todo un referente de la comedia estadounidense. Su título original, Bringing Up Baby, provee de un fascinante juego de palabras que oscila entre la idea de criar al leopardo domesticado (de nombre Baby) que da pie a numerosos gags de la película, y la referencia a las caprichosas estrategias y enredos propiciados por el delicioso personaje de Susan Vance, la protagonista femenina. Esta obra poliédrica trae consigo un ritmo frenético y único al cine, combinando diálogos rápidos, directos, solapados, con situaciones cómicas abrumadoras, donde radica la principal comicidad. Las principales: Cary Grant vestido con bata de mujer; cazado con un cazamariposas; el enredo desencadenado con la rotura de la chaqueta de él y del vestido de ella; un leopardo de verdad paseándose y haciendo acto de presencia en las situaciones más hilarantes; un perrito adorable, el foxterrier George, empeñado en llevarse la clavícula humeral de un brontosaurio… La modélica construcción y las decisiones de improvisación y enfoque de dirección de actores, y sus diálogos chispeantes, las hilarantes imágenes y situaciones, convierten a este modélico filme en toda una montaña rusa de entretenimiento. 

4. EL LEGADO DE LA FIERA DE MI NIÑA

La huella y la influencia de La fiera de mi niña es innegable, no solo en las siguientes comedias del propio Howard Hawks, apuntadas en el presente texto, como me siento rejuvenecer, donde Cary Grant interpretaba a otro científico despistado. También en Su juego favorito, que parte de una trama muy divertida, con los enredos sentimentales que conlleva. Sin Bringing Up Baby, probablemente no existirían films como ¿Qué me pasa, doctor? (What’s Up, Doc?, EE. UU. 1972) de Peter Bogdanovich. Hawks, nuevamente, le dice algo de gran interés a Joseph McBride. Es lo siguiente:

«¿Qué me pasa, doctor? fue un éxito de Bogdanovich porque Barbara Streisand no es divertida. Ryan O’Neal no es divertido. Y, sin embargo, la película es divertida. Eran todo golpes visuales, y eran endiabladamente buenos, vi la película en España, y cuando la gente se ríe todo el rato sin entender un título, entonces sabes que es una película divertida» (4)

Cuando McBride le pregunta a Hawks por su opinión cuando la gente le dijo que Bogdanovich había copiado La fiera de mi niña, su respuesta es:

«Le dije a Peter, ‘cometiste un error diciéndoles de donde la habías copiado. Yo no les dije de donde la había copiado yo. Y le dije a Peter que el único error que había cometido al hacer la película era no haber copiado al dinosaurio también’. Cuando Peter quería hacer ¿Qué me pasa, doctor?, me enseñó unas pruebas de Ryan O’Neal y Barbara Streisand, y le dije ‘¡Dios mío! Esto va a ser horrible, Peter. Están tratando de ser graciosos. Llévales y enséñales La fiera de mi niña. Haz que la vean dos o tres veces. Sermonéales. No dejes que traten de ser graciosos’. Bueno, lo consiguieron, pero hubiera sido espantoso si lo hubieran hecho igual que en las pruebas» (5)

El propio Peter Bogdanovich en el prólogo de su entrevista a Hawks lo cuenta de la manera siguiente:

«Cuando ¿Qué me pasa, doctor? triunfó en casi todos los rincones del mundo, Howard Hawks se sintió como un padre espiritual (aunque la escena de la persecución, la más conocida de la película, estaba inspirada en Buster Keaton). Cuando Hawks bajó a Rio con ocasión de otra retrospectiva, hizo personalmente, para mí, algunas instantáneas de las fachadas de los cines que ponían la película en español (…) Para Howard —que llevaba un par de años sin dirigir, y no volvió a hacerlo antes de morir cinco años después — el éxito de ¿Qué me pasa, Doctor? fue suyo también: la tradición de un tipo de comedia que él había creado, perpetuado y resucitado» (6)

Sin embargo, la influencia de este prodigioso esquema de «Chico serio conoce a chica alocada que le cambia la vida» esculpido a piedra en el ADN de la comedia estadounidense por Hawks, no se queda en el espléndido largo de Peter Bogdanovich. Howard Hawks no inventó la comedia. Pero sí que le proporcionó un «motor de carreras» hacia la gloria del séptimo arte. Prácticamente inventó la comedia moderna. Obras como ¡Jo, que noche! (After Hours, EE. UU. 1985) de Martin Scorsese, cinéfilo antes que director, como Bogdanovich apelan a esta situación. También lo hacen sin la menor duda ¿Quién es esa chica? (Who’s That Girl, EE. UU. 1987), de James Foley y Cita a ciegas (Blind Date, EE. UU., 1987) de Blake Edwards, por destacar tan solo algunos ejemplos entre otros muchos. 

Siempre se ha dicho que el cierre de la filmografía del glorioso cineasta es indigno del resto de su carrera. El western Rio lobo (EE. UU. 1970) reproduce la estructura hasta cierto punto claustrofóbica de Río Bravo y El Dorado (Eldorado, EE. UU. 1966). El filme de 1970 es el peor de las tres. Sin embargo, es un trabajo correcto y enormemente consecuente dentro de una filmografía estupenda. Fue firmada en un momento donde el maestro nada tenía ya que demostrar. 

Howard Hawks nunca ganó un premio Oscar a mejor director. Tan solo fue finalista por la mencionada Sargento York. La academia de Hollywood remedió esta carencia con una estatuilla honorífica. Ello ocurría el 8 de abril de 1975 en la ceremonia de la entrega de los premios Oscar de 1974. El honor de entregar el referido premio correspondió a su amigo, el actor John Wayne, que había obtenido el suyo en 1969 por el western Valor de ley (True Grit, EE. UU. 1969), (dirigida por otro de los grandes veteranos realizadores que mejor supieron comprender a Wayne en la pantalla: Henry Hathaway), y que tan maravillosamente había sido dirigido por el maestro.

El discurso de entrega del premio por parte de Duke fue el siguiente:

«Hola. Estoy aquí para entregar un premio honorífico a un director de cine. Ahora bien, los actores odian a los directores. Los odian porque cuando los actores ya lo han dado absolutamente todo, los directores quieren más. ¡Vaya si los odian por eso! 

Pero… cuando se ven ahí arriba, en ese viejo y rayado blanco y negro —sí, yo me remonto a esa época— o en un glorioso Technicolor de seis metros de alto, luciendo mejor de lo que jamás pensaron que podrían lucir… haciendo cosas que jamás creyeron que serían capaces de hacer… entonces ya no odian al director. Lo aman.

Así es exactamente como me siento respecto a este hombre: Howard Hawks. Si piensan que hay un vínculo especial entre nosotros, por supuesto que lo hay. Cuatro películas: Río Rojo, Río Bravo, ¡Hatari! y El Dorado. Y no creo que esa haya sido la única razón por la que los miembros de la Junta de Gobierno de la Academia votaron para otorgarle este premio honorífico…»

El discurso del maestro Hawks al recibir su premio no fue menos emotivo:

«Gracias, Duke.

Les voy a contar una pequeña historia. Jack Ford y yo éramos grandes amigos. Él era un amigo aún mejor para Duke…»

JOHN WAYNE: (Interrumpe sonriendo) «¡Gracias a Dios!»

HOWARD HAWKS: «…Y cuando se puso enfermo y se fue al desierto a morir, yo solía ir a visitarlo. Hablábamos y nos reíamos.

Entonces nos dio por contarnos todas las cosas que nos habíamos robado el uno al otro. A menudo intentábamos recordar todo aquello que yo le había quitado a Ford y lo que él me había quitado a mí.

Un día, él se estaba riendo y me dijo: ‘Hay algo que te robé que supera a todo lo demás’. Me dijo: ‘Yo hice una película que no era muy buena, y tú hiciste ‘El sargento York’… ¡Y fui yo quien se llevó el premio!’ (7)

Y de repente, se detuvo en mitad de la risa y su expresión cambió —como bien sabe Duke y otras personas, él cambiaba de humor muy rápido—. Y me dijo: ‘Bueno, tú vas a recibir un premio’.

Yo le respondí: ‘No lo creo’. 

Y él me soltó: ‘¡Maldita sea! Vas a recibir un premio’.

Así que me gustaría dar las gracias a la Academia por hacer que su predicción se haya cumplido. Muchísimas gracias»

El versátil realizador estadounidense intentó sacar adelante en la década de los años 70 del siglo XX otra comedia. Una suerte de remake de su clásico Una novia en cada puerto llevándolo al mundo del petróleo en plena crisis del oro negro real y palpable desde 1973, tal vez con Clint Eastwood (que había mostrado expresamente su enorme interés) y Steve McQueen, sin descartar rostros nuevos y chispeantes. Finalmente, no pudo ser ni de un modo ni de otro.

5. EL TONO SCREWBALL DEL DEBATE

Antes de que las luces se apagasen y nos sumergiéramos en la oscuridad de una gran pantalla (sala 17 de Multicines Tenerife) donde se emita este Santo Grial del ritmo cómico, se aconsejó a los espectadores que se abrochasen los cinturones, y que se preparasen para ventilar en respiración agitada. Posteriormente, al finalizar el torbellino de 102 minutos, hubo un espléndido debate, muy participativo e interactivo con el público presente. 

Dos «autoridades» en el cine clásico estadounidense figuraron en la mesa del debate posterior. Dolores “Loli” Torres Medina, profesora de filología inglesa de la ULL, y alma mater de ese maravilloso proyecto que son las jornadas de cine y cultura de la ULL, que ya lleva tres ediciones, consolidándose como proyecto cultural para la universidad y para la sociedad. Fernando Iturrate Cárdenes, profesor de audiovisuales de periodismo de la ULL jubilado, y amante de la comedia hawksiana. Ambos «mecenas de la universidad» dieron oportuna cuenta de esta apasionante obra magna, en la sesión que la Asociación Charlas de Cine puso en marcha el día referenciado, dedicada a la Fiera de mi niña y al maestro del cine Howard Hawks. 

Quien escribe estas líneas, tuvo el privilegio de presentar el trozo de celuloide de 1938, junto al profesor Fabián Orán Llarena, también profesor de Filología inglesa de la ULL, y actual director de su aula de cine. También el firmante de esta humilde narrativa, tuvo la fortuna de moderar el ágil debate posterior al screening. Juan Gerardo Rodríguez, miembro también de la Asociación Charlas de cine, asistió en la sesión el pase de micrófono entre el público, micrófono que literalmente «echaba humo». Decididamente, el debate fue toda una Screwball Comedy en sí misma.

La fiera de mi niña no da tregua al espectador en esa «caza» de una mujer empoderada, Susan Vance, una caprichosa millonaria, al paleontólogo despistado (David Huxley), un científico algo despistado, especialmente en la socialización, al que prácticamente no se le deja hablar, sino que se convierte en un «objetivo a abatir» (en la cariñosa afección de conquistar su corazón). 

Sin embargo, La fiera de mi niña fue un fracaso de taquilla. Supuso un tropiezo comercial que calificó a Katherine Hepburn, prematuramente, como «veneno para la taquilla». Habría tiempo y ocasiones de redención ante tal afirmación. 

Peter Bogdanovich comenta en la introducción a su entrevista a Hawks unas ideas estupendas sobre el culto de las generaciones posteriores hacia esta magnífica comedia de 1938:

«Ninguno de los dos habíamos mencionado el hecho — aunque habíamos hablado de ello una vez — de que La fiera de mi niña había sido un fracaso estrepitoso en su momento, de crítica y de público. Cuando la programamos una sola vez (en 16 mm) en el cine New Yorker, en enero de 1961, y al año siguiente en la retrospectiva del Museum Of Modern Art, hacía veinte años que no se exhibía en los cines de Nueva York (ni de Estados Unidos): toda una generación. Fue esta nueva generación, y la siguiente, las que adoptaron la película hasta convertirla en un título de culto. Recuerdo que la vi por primera vez cuando yo tenía veintiún años y la película veintidós, con una sensación de descubrimiento que casi no he vuelto a sentir en mi vida de espectador: grité de risa, pero también de asombro: ¡qué habían hecho! La idea de que los miembros de una pareja romántica se dieran batacazos o hicieran payasadas era relativamente nuevo en el cine: Hawks ya lo había hecho en La comedia de la vida, cinco años antes. El fracaso de La fiera puso un broche de oro a la comedia screwball de los años treinta. Hawks había definido otro género más» (8)

Bogdanovich lo aprendió muy bien. Donde Hawks fracasó ante el público, paradójicamente, la taquilla se rindió ante el discípulo. Casi noventa años después de su estreno en salas, y teniendo en cuenta la convocatoria que tienen las reposiciones y el enorme culto que existe en torno a ella, lo podemos proclamar alto y claro. La culpa del fracaso de La fiera de mi niña en la década de los 30, no fue suyo. Fue un filme adelantado a su tiempo. El público no estaba preparado para tanta «velocidad». El legado de Howard Hawks en la comedia moderna, es, definitivamente incalculable. La congregación de una comunidad cinéfila 90 años después del estreno de este delirio cinematográfico de 1938, en Tenerife, en 2026, así lo atestigua.

Notas a pie de página.

  1. John Carpenter en el documental Conmemoración: Howard Hawks’ Rio Bravo (2007). Bonus en la edición de Río Bravo en formato doméstico.
  2. Howard Hawks a Peter Bogdanovich. El director es la Estrella, por Peter Bogdanovich. Volumen 1. T&B editores. Octubre 2007. Página 298.
  3. Hawks Segun Hawks (Hawks on Hawks). Joseph McBride. Ediciones Akal, S.A., 1988. Traducción de Montserrat Tiana Ferrer. Página 81.
  4. Op. Cit. (3). Página 83.
  5. Op. Cit. (3) y (4). Página 83.
  6. Op. Cit. (2). Página 205.
  7. Ford se refería a los Óscar de 1941, donde Hawks estaba nominado por la mencionada El sargento York, pero Ford ganó por ¡Qué verde era mi valle! (How Green Was My Valley! EE. UU. 1941).
  8. Op. Cit. (2) y (6). Página 205.
Manuel García de Mesa en el pase organizado por Charlas de Cine en Multicines Tenerife el pasado viernes 23 de octubre.