Culturamanía conversa con Ian de la Rosa con motivo de su participación en CinemaTrans —Muestra de Cine Trans de Tenerife—, cita organizada por la Fundación Pedro Zerolo, la Cinemateca Pedro Zerolo y la Asociación Charlas de Cine, que celebra este 2026 su quinta edición tras cuatro años divulgando, visibilizando y acercando la realidad de la comunidad trans a través del séptimo arte. Del 13 al 16 de mayo, con sedes en Multicines Tenerife —espacio habitual del festival— y TEA Tenerife Espacio de las Artes, la muestra vuelve a apostar por una programación diversa, internacional y comprometida con nuevas narrativas, consolidándose como uno de los espacios culturales más necesarios para el cine con mirada inclusiva y transformadora.
Dentro de esta quinta edición, uno de los encuentros más esperados llegará este sábado 16 de mayo a las 19:00 horas en Multicines Tenerife, donde Ian de la Rosa estará presente en una sesión presentada y moderada por Tomás Galván, en la que recibirá el Premio a la Representación Cinematográfica por Iván & Hadoum, se proyectará la película y, posteriormente, compartirá un coloquio con el público junto a Silver Chicón. Con él hablamos sobre la evolución de su cine, las nuevas narrativas trans dentro de la industria audiovisual, sus raíces almerienses y la importancia de seguir construyendo referentes desde la pantalla.
Ian, muchos te descubrimos con Víctor XX y después con Farrucas, trabajos que ya apuntaban hacia una mirada muy propia sobre identidad, territorio y pertenencia. ¿Sientes que Iván & Hadoum es una evolución natural de esas historias o supone una ruptura con tu cine anterior?
Siento que Iván & Hadoum es una evolución natural de mis cortometrajes anteriores. De hecho, ya hice Farrucas pensando en esta película, cuando Iván & Hadoum incluso tenía otra forma. Pero yo ya quería contar esta historia de amor entre estos dos personajes.
Sabía que sobre lo trans conocía mucho porque, al ser yo trans, es algo que me atraviesa de lleno. Pero sobre lo hispanomarroquí, aunque ya me había acercado en Víctor XX, necesitaba saber más, vivirlo un poco más desde dentro. Entonces Farrucas fue concebido, y luchamos por sacarlo adelante, pensando ya en Iván & Hadoum. Por eso creo que queda clarísimo que, efectivamente, es una evolución natural.
También lo es desde el lenguaje cinematográfico. Volví mucho a Víctor XX para pensar Iván & Hadoum a nivel cinematográfico. Luego, evidentemente, con el trabajo junto a Bea Sastre y Laia Ateca, hemos podido desarrollar todo eso.
Y después está la realidad del propio rodaje. Fueron cinco semanas, 25 días de rodaje, que para una película es muy poco, y eso también hizo el resto. Nos adaptamos a las circunstancias, a lo que realmente teníamos para poder sacar adelante esta película. Y creo que no tomamos malas decisiones; o, al menos, la mayoría fueron buenas decisiones en rodaje.

Has dicho recientemente que “necesitas ver películas donde ser trans no sea un conflicto”. En Iván & Hadoum el deseo, el amor y la cotidianeidad parecen ocupar ese lugar. ¿Crees que el cine trans está entrando por fin en una nueva etapa narrativa?
Creo que la industria cinematográfica, por fin, está atravesando una nueva etapa.
El otro día me preguntaban en un pódcast qué era el cine LGTB, y yo respondí con otra pregunta: ¿qué es el cine hetero? ¿Qué es el cine normativo?
Históricamente, a las personas LGTB —y especialmente a las personas trans— se nos ha colocado en un apartado discriminatorio, socialmente y en todos los ámbitos. Y, evidentemente, eso también ha sucedido en el cine.
A partir del Código Hays, en el Hollywood de los años veinte, se empieza a castigar narrativamente a todos los personajes LGTB. Así que tenemos casi un siglo de relatos que desmontar; un siglo en el que ser LGTB —y concretamente ser trans— ha significado castigo, maldición o tragedia.
Y no es eso. Ser trans es algo maravilloso, aunque evidentemente tenga unas facturas sociales muy duras que pagar cuando decides transitar. Desafortunadamente sigue siendo así. Pero ahora estamos llegando personas trans detrás de las cámaras: escribiendo, dirigiendo, produciendo. Y aquí, en España, estamos bastante avanzades en ese sentido si lo comparamos con otros territorios del mundo.
Tenemos que seguir avanzando y dejar de comprar ese discurso que llevamos un siglo consumiendo; un discurso que no estaba construido por nosotres, sino impuesto para castigar, normativizar y aleccionar.
Porque el cine y el audiovisual tienen muchísima responsabilidad y un poder enorme: mostrar un espejo en el que mirarnos, en el que la sociedad pueda pensarse a sí misma.
Si lo único que generas son relatos donde ser trans es horrible, donde siempre hay consecuencias devastadoras, muerte, marginación o imposibilidad de acceder al amor y al deseo desde un lugar sano… eso acaba repercutiendo en la realidad. Alimenta la violencia hacia nuestros cuerpos y perpetúa narrativas trágicas que, por desgracia, existen fuera de la pantalla.
Pero fuera de la pantalla también está nuestra supervivencia. Está nuestra luz. Está nuestra felicidad. Porque también somos felices. Lo que está cambiando es que estamos llegando. Después de este siglo de marginalidad dentro y fuera de la pantalla, al menos en esta parte del mundo estamos empezando a sacar la cabeza. Y eso es algo que hemos conseguido gracias a la lucha histórica de muchas generaciones.
Las personas que ahora tenemos el privilegio de llegar tenemos también la responsabilidad de seguir abriendo camino para quienes vienen detrás. Para que esto no sea una raya en el agua, sino un paso más dentro de toda esta lucha.
En una entrevista contabas que trabajaste durante semanas con el reparto antes del rodaje, incluso improvisando y construyendo personajes desde los cuerpos y las emociones. ¿Qué descubrieron los actores —y qué descubriste tú como director— durante ese proceso?
Tuvimos dos meses y medio de ensayos junto a la coach de interpretación y de intimidad Mary Sen, que además estuvo con nosotros durante todo el rodaje.
Mi forma de trabajar parte de un guion muy cerrado, muy pensado. Estuve años escribiendo esta película y nada está al azar. Pero cuando llegamos a la sala de ensayos no entregamos el guion a los intérpretes. Y esto tiene una razón muy concreta: construir escenas que ya están escritas a través de la improvisación.
Partimos de lo general y vamos llegando a lo específico. Como director, y también desde el trabajo de coaching, eres quien tiene toda la información y quien guía al intérprete durante ese proceso. Vas acompañando sus propuestas hasta que, entre ambos, construís un personaje que, en cierto modo, ya estaba diseñado, pero que necesita encontrar su verdad en el cuerpo de quien lo interpreta.
Concretamente con Silver Chicón y Erminia era la primera vez que trabajaban delante de una cámara, la primera vez que interpretaban a un personaje y se metían en la piel de otra vida. Así que, junto a Mary, comenzamos con una pequeña formación intensiva de interpretación: reconociendo emociones básicas, trabajando desde lo más sencillo y profundizando poco a poco hasta llegar a las improvisaciones y, finalmente, a la película.
Esta forma de trabajar la descubrí durante los ensayos de Farrucas, mi cortometraje anterior. Entré en aquella sala con la idea de trabajar de forma clásica: leer el guion, ensayar escenas… Pero ellas, que eran adolescentes en ese momento, estaban en otra energía, pendientes de otras cosas. Eso nos obligó a trabajar sin guion en mano, con nosotros sabiendo perfectamente lo que tenía que suceder, pero construyéndolo todo desde improvisaciones muy marcadas.
Ahí descubrí esta metodología y creo que en Iván & Hadoum los resultados son evidentes. Mucha gente me dice que parece que todo está improvisado, que no hay nada escrito. Y nada más lejos de la realidad. Todo está escrito al detalle. Lo que sucede es que el proceso para llegar a esas escenas ha sido muy libre, muy orgánico, pero siempre con una base muy sólida que Mary y yo conocíamos perfectamente.
Como director, lo que descubro en ese proceso es la fuerza de los intérpretes, su generosidad y la capacidad que tienen para aportar una vida y una verdad que, muchas veces, no aparecen si simplemente se adaptan al texto de forma literal.
También hubo algo importante en esta película: ningún intérprete tuvo nunca el guion completo. Cada uno solo conocía aquello que su personaje sabía dentro de la historia. Es decir, cada personaje vivía la película desde su propio punto de vista.
Eso hizo que quien más información tuviera fuera Silver, porque aparece en todas las escenas, mientras que el resto solo conocía aquello que realmente vivía su personaje.
Y hay algo más: tanto Silver como Erminia rodaron esas cinco semanas sin conocer el final de la película. Ocultamos el final a ambos para poder rodar con la máxima cronología posible. El equipo de producción hizo un trabajo increíble y conseguimos rodar la última escena el último día de rodaje.
Para mí era importante que ellos vivieran esa incertidumbre igual que sus personajes. Y creo que el resultado está ahí.

Almería, tus raíces, los invernaderos, la mezcla cultural… tus películas parecen tener siempre una conexión muy fuerte con el sur. ¿Qué tiene ese paisaje —físico y humano— que sigue siendo tan cinematográfico para ti?
Almería es una de mis grandes fuentes de inspiración. Eso no puedo negarlo. Lleva siendo así desde hace muchos años; ahora, simplemente, de una forma más consciente.
Más allá de sus paisajes —que hablan por sí solos y que no necesitan presentación—, Almería tiene una historia profundamente ligada al cine. Allí se ha rodado muchísimo. Fue la cuna del spaghetti western y se sigue rodando constantemente. Pero, curiosamente, casi siempre interpretando otro lugar, fingiendo ser otro territorio, y no representándose a sí misma.
Y eso, para mí, conecta directamente con los personajes de Iván & Hadoum.
Porque tanto estos personajes como la propia tierra de Almería comparten algo que también le ocurre a las personas trans y a muchas minorías históricamente marginalizadas: la falta de representación, la ausencia de espejo dentro del cine.
Por eso, para esta historia de amor, Almería era un lugar indisociable. Una Almería trans en lo cultural, en lo geográfico e incluso en esa falta de representación, que dialoga directamente con los protagonistas de la película.
Pero además es el lugar donde yo me he criado, donde me he construido como persona, donde he aprendido a vivir.
Y luego está su luz. Una luz increíblemente bella, sí, pero también una luz con carácter, desafiante. Es una luz que tienes que respetar, que tienes que entender.
Están esos paisajes de contraste: la costa salvaje, las playas abiertas, y al mismo tiempo ese inmenso manto de invernaderos que lo transforma todo.
Y, por supuesto, está la mezcla cultural que genera la agroindustria y la propia posición geográfica de Almería. Es un territorio europeo profundamente conectado con África. Es un lugar bisagra.
A eso se suma el carácter de su gente. Es un territorio que también ha sido históricamente marginado, que tiene su propia evolución y su propia memoria.
Para mí, Almería es un territorio inagotable, lleno de historias que merecen ser contadas.
Este sábado llegas a CINEMATRANS Tenerife para presentar Iván & Hadoum y recibir el Premio a la Representación Cinematográfica. ¿Qué significa para ti compartir esta película precisamente en una muestra como CINEMATRANS, con un público que vive el cine también como espacio de identidad, memoria y comunidad?
Estoy muy emocionado y, sinceramente, lo vivo como un privilegio.
De hecho, no conocía la existencia de esta muestra y, cuando nos llamaron para venir, me puse muy contento. Tanto Silver como yo tuvimos claro desde el primer momento que teníamos que estar aquí sí o sí. Solo el nombre de la muestra ya nos emocionó.
Entiendo que espacios como este son una lucha en sí mismos. Que existan ya es una conquista, y que además se mantengan, especialmente desde la periferia, tiene muchísimo valor.
Así que estoy profundamente agradecido por poder compartir esta película con el público de Tenerife.
Hemos hecho Iván & Hadoum para todo el mundo. Es una película abierta, una invitación, un abrazo. Es una película cálida que habla del amor y del deseo.
Pero compartirla con un público que también ha vivido esa falta de espejo, esa ausencia de referentes, tiene un significado muy especial.
Muchas de nosotras crecimos en un desierto identitario, teniendo incluso que marcharnos de nuestros lugares de origen para entender quiénes éramos y encontrar referentes que no teníamos en nuestra vida cotidiana.
Poder llegar ahora a hacer películas como esta —que para mí suponen un paso más dentro del relato trans— y compartirlas con uno de los públicos por los que, en gran medida, hemos luchado para sacar adelante esta historia… es algo profundamente emocionante.
Tenemos muchísimas ganas de estar allí y espero que el público abrace la película del mismo modo en que la película intenta abrazar al público.
Después de la proyección compartirás coloquio con Silver Chicón y con el público tinerfeño. ¿Hay algo especial que te apetezca escuchar, debatir o incluso cuestionar junto a quienes vean la película en Tenerife por primera vez?
Los coloquios son, sinceramente, una de mis partes favoritas de todo este proceso.
Espero que el público tenga ganas de quedarse después de la película, de compartir, de debatir, de lanzar reflexiones, vivencias, preguntas o incluso desacuerdos.
Yo estoy completamente abierto a cualquier propuesta. De hecho, casi prefiero que sea el propio público quien lidere ese coloquio, quien abra los debates que quiera abrir y marque por dónde quiere llevar la conversación.
Porque el cine también sirve para eso: para compartir ideas, para comunicarnos, para poner emociones en común y para construir espacios donde podamos sentirnos representados, escuchados y queridos.
Así que tenemos muchísimas ganas de compartir ese encuentro junto a Silver.
Y espero, sobre todo, que el público disfrute la película.




