La literatura de la Antigüedad Clásica era un terruño dominado por los hombres, o al menos, eso es lo que se ha enseñado de manera tradicional. La mujer no tenía cabida en el parnaso de las letras; así, se estudia a los filósofos (todos hombres), a los tratadistas (todos hombres), a los geógrafos (todos hombres), a los historiadores (todos hombres), a los paradoxógrafos (todos hombres), a los poetas (todos hombres). Sin embargo, entre los resquicios de esa cultura masculina, vemos florecer, como simple briznas de hierba, a lo sumo sencillas amapolas, las voces de las mujeres que también escribían, que también expresaban sus sentimientos mediante el verbo manuscrito. Palabras que han cruzado océanos de tiempo para encontrarnos, muchas de ellas perdidas entre las olas, otras llegando como simple restos del naufragio de cronos; y entre todas esas voces, destaca como faro en la niebla, Safo, escritora, librepensadora, independiente, mujer al fin y al cabo quien supo crear su propio universo al margen de los hombres y ganarse su respeto, o al menos, de una parte. Y a ella, a leer sus poemas, a comentar su vida, dedicó Irene González una tarde en la Librería El Refugio, glosando cómo la academia intentó, desde la Antigüedad, explicar la existencia de su escritura.

Una mujer, por definición, era un ser inferior al hombre, origen del mal y el caos, un “macho incompleto” como lo definiría Aristóteles o “metafísicamente inferior” como afirmaría Pitágoras. Por ello, desde el mismo momento en que Safo empezó a escribir, no comprendían cómo podía hacerlo con esa belleza y esa profundidad. Fue tal su impacto, que el propio Aristóteles la definió como la décima musa o Solón de Atenas quien, tras leer un poema de Safo, afirmó que solo le quedaba en la vida morir. Seguramente, muchos hicieron suyas las ideas de los pitagóricos que consideraban a la mujer como un hombre reencarnado en femenino y, por lo tanto, estas podían tener destellos de inteligencia de ahí que las aceptaran en sus escuelas para sacar su lado masculino. Safo debía ser un hombre reencarnado en mujer dada su inteligencia y su amor por las mujeres.

Sin embargo, pasado el tiempo, cuando muchos de sus escritos comenzaron a perderse, se creó la impostura de una Safo como simple mujer que había perdido la razón por amor hacia Faón y acabó con su vida lanzándose por el Promontorio de Léucade. Esta idea, apuntalada por los comediógrafos de Atenas que ridiculizaban su figura, quedó totalmente establecida por la carta apócrifa entre Safo y Faón que se inventó Ovidio en su Heroida XV. Esta es la imagen que nos ha llegado hasta la actualidad, a pesar de que como muy bien argumentó Irene González con su verbo fácil, no exista ningún poema de Safo en donde aparezca el nombre de Faón (un personaje mitológico asociado a Afrodita) y sí muchas composiciones que hablan de sus amores con otras mujeres e, incluso, su edad avanzada al componer algunos de sus escritos.
La cultura heteropatriarcal, desde la Antigüedad, ha tenido que lidiar con la existencia de mujeres que llegaban a estar por encima de los hombres y que no encajaban en sus esquemas sociales. Por ello, no sorprende las tergiversaciones y mentiras empleadas para aquietar las aguas sociales, prácticas que llegan hasta la actualidad en muchos casos.

Nota.- Irene González empleó la edición de los textos de Safo recopilados por Aurora Luque en la Editorial Acantilado (ironías de la vida). Texto más que recomendable para acercarse a esta autora.





