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Reportaje: Presentación de la película “El Rey” en los multicines Tenerife. Por Adrián Gómez

 

Cita imprescindible la de la noche del viernes 11 de enero en los Multicines Tenerife. Nada menos que la presentación de «El rey» (2018), film de Alberto San Juan y Valentín Álvarez. Basada en la pieza teatral del mismo nombre de Animalario, compañía teatral a la que pertenecen tanto el director-actor San Juan, como el invitado de lujo de la velada, Willy Toledo y cuyas obras se caracterizan por un compromiso entre arte y sociedad, como se plasma excelentemente en la película que nos ocupa.

Experimento de luces y sombras, a nivel estético, que no ético. Minimalista y arrolladora, logra lo que intentó Von Trier con Dogville; crear un universo creíble, si bien amparado en la historia contemporánea española. Luis Bermejo, en estado de gracia, da vida a Juan Carlos 1, en la noche de su abdicación, donde la asaltan los demonios del pasado y del presente; encarnados magistralmente entre San Juan y Toledo, en un prefecto Tour de force, tan inspirado como sangrante. Sin medias tintas, el recorrido pesadillesco va desde Don Juan hasta Adolfo Suárez, desde Franco hasta Tejero, desde Carrero blanco hasta Felipe González, en una miscelánea narrativa entre Dickens y Shakespeare apabullante, sin que aquello decaiga en ningún momento.

Puñetaazo sobre la mesa, con una precisión en los diálogos y en la planificación de quitarse el sombrero (y la corona), constituye un duro alegato, entre atrevido e inteligente, de la etapa de la transición, tan necesaria como sarcástica, al igual que el invitado, Willy Toledo, más de vocación que de provocación, el actor no hizo prisioneros y se mojó hasta lo indecible («llevamos 300 años aguantando que los Borbones roben y puteen al pueblo español»), entre la lucidez y el desparpajo, y con el discurso que lo caracteriza «aquí los fascistas mueren en la cama» y hablando, tanto de su veto profesional (simplemente por manifestarse ideológicamente), como de sus procesos judiciales («No se había acusado a nadie de blasfemia desde 1973!»).

Tendrá sus detractores, pero va a cara descubierta y con una sala a reventar. Su fama de francotirador ideológico está a salvo, estando comedido, pese a todo, mostrándose tan amable como cómplice. Una velada tan inesperada como sorprendente, de esas que hacen que hierva la sangre, que, al fin y al cabo, siempre sera… roja. Nos vemos en la próxima…»antes de que vengan los antidisturbios».

 

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