Revólver, la demostración de oficio en la música. Por María Ameneiros

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Parece una antigualla escribir sobre clásicos. Todo se lo come la novedad y la excentricidad en el escenario: conoce a este grupo, menudo frontman tiene aquel otro, vaya puesta en escena que tiene x… Todo, menos una puesta en escena basada en la música de calidad. Da la sensación de que los periodistas musicales descubren la pólvora cada vez que van a un concierto. Me aburre un poco tanta modernez.

A mí, sin embargo, me gusta escribir sobre clásicos y redescubrirlos, y tengo que decir que cómo se nota el oficio en los músicos que llevan toda una vida sobre los escenarios. Cómo llenan el espacio, cómo los recibe su público, cómo saben exactamente lo que van a disfrutar al pagar una entrada y qué razón tienen siempre nuestros padres cuando nos repiten que la experiencia se adquiere con los años.

Me voy así al recuerdo de una de mis adquisiciones musicales de la adolescencia: El Dorado, de Revólver.

Recuerdo que me gustaban mucho las letras. Iba siempre al libreto que venía con los CDs. Eso era oro puro para quienes disfrutábamos indagando en las historias que había detrás de cada canción. En ese álbum, precisamente, me emocionaba la canción homónima. Ya por entonces me preguntaba cómo unos padres podían perderse la infancia de un hijo por trabajo. Pensaba… qué valentía hacía falta para volcar esos sentimientos en una canción. Hoy, sin embargo, se pierden infancias por cosas “tan inteligentes” como mirar una pantalla de forma constante, como si eso fuera más importante que los críos.

El viernes, en el Auditorio Alfredo Kraus, celebré junto al protagonista de esta historia, Carlos Goñi, los 30 años de ese disco lanzado en 1995. Volví a revivir esa canción, entre otras muchas, pero esos minutos me conmovieron casi más porque coincide con el año en que he perdido a mi padre. Qué casualidad que se den estas circunstancias y tengas que comerte las lágrimas mientras suena una canción que ya ponía la piel de gallina en el pasado y que ahora me removió más que nunca.

Y no, no es que me recordara a mi padre por encajar en la figura del padre proveedor del hogar; es la canción en sí, compuesta por un Carlos Goñi en estado de gracia, capaz de sacar lo mejor de sus emociones —buenas y malas— para depositarlas en este disco mítico e inolvidable para todos los que estábamos allí. Un álbum donde se desnudó por completo, donde hablaba del amor pasional pero comprometido a la par, y que el viernes demostró con qué fuerza y capacidad sigue sonando. Me sorprendió lo actual que resulta o, ¡qué sé yo!, quizá simplemente volvió a emocionarme como lo hizo cuando era adolescente.

Mientras Carlos continuaba con su carrera musical —porque nunca la ha detenido— yo me desconecté bastante de Revólver. Me centré en otra enorme cantidad de música que me enamora, pero hace unos años volví a conectar con él, por trabajo y por escucharlo de nuevo en directo. Digamos que “nos volvimos a ver después de un concierto”, como escribiría Sabina, y he descubierto que cuando se escribe desde el corazón, las canciones perduran. Se quedan en el aire flotando hasta que, por alguna razón, vuelven a bajar a ti. Y ese momento es irremplazable. 

No hay duda de que Carlos Goñi tuvo su momento, que ya no es hoy, pero sigue siendo un musicazo por muchas razones.

Vive el directo como su razón de ser, se preocupa por seguir gustando a su audiencia, sus conciertos son vibrantes porque ha sabido rodearse de una banda digna de ver en cualquier recinto musical, porque sigue haciendo buenos discos —Adictos a la euforia (2023)—, porque continúa hablando en sus letras de los problemas reales de la gente y porque dos horas y media con él se pasan volando.

La velada del viernes no fue sold out, pero estuvo cerca. Y el dato da igual. Los que estuvimos allí coreamos las canciones como niños a los que se les  robó una época. Sonaron con fuerza “Tú y yo”; la segunda fue ya un pase directo a “El Dorado”, con el público entregado y Goñi afirmando que no cree  que haya un músico que haya venido tantas veces a las Islas porque, “como no puede ser de otra manera, también estoy enamorado de ellas”. 

Siguieron “Por un beso”, “No va más”, “El aire sabe a veneno”, con ese regusto latino, o “Lisa y Fran”, tema del que aseveró que nunca ha desvelado si la historia de amor es real o no y que, “después de tantos años, no cree que lo vaya a decir”. “Nacidos para la gloria” dio paso al Carlos más íntimo, quedándose solo con su armónica y la guitarra, donde “Faro de Lisboa” sonó especialmente emotiva.

En la parte final del concierto recordó por qué la política puede convertirse en una basura incólume y peligrosa capaz de llevarse por delante la vida de la gente, como ocurrió con la DANA valenciana, una tierra a la que Goñi está profundamente vinculado. Fue un momento incómodo, necesario y sincero, como casi todo lo que ocurre cuando un artista decide no esconderse detrás del repertorio.

Y quizá ahí esté la clave de todo. Revólver no necesita artificios, ni modas, ni discursos grandilocuentes. Solo canciones bien escritas, emoción honesta y una trayectoria construida a base de oficio. El viernes no asistimos a un ejercicio de nostalgia, sino a la constatación de que hay músicos que siguen teniendo algo que decir porque nunca dejaron de hacerlo desde el corazón.

Salí del Auditorio Alfredo Kraus con la sensación de haber asistido a algo reconocible y verdadero. De esos conciertos que no te cambian la vida, pero te la reconcilian un poco. Y entendí que volver a los clásicos no es mirar atrás, sino comprobar que algunas canciones —como algunas emociones— siguen estando exactamente donde las dejamos, esperando a que volvamos a necesitarlas.

Autoría de las Fotografías: Sabrina Ceballos/Auditorio Alfredo Kraus

Autoría del texto: María Ameneiros, de Eventonizate. Gabinete de Prensa

Gira “Más allá del Dorado”. Fecha: 2 de enero de 2026. Productora, El Búho La Laguna