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Crítica: Rock por mil. Por Eloy Cuadra

CUANDO EL AMOR A LA MÚSICA ES EL PROTAGONISTA


Sin pretensiones y con pocas expectativas entré a ver el documental que pasaban este jueves en la Filmoteca Canaria, Rock por mil. La banda más grande del mundo (2020). Cero expectativas porque no conocía nada de la historia, no había visto ningún vídeo, ni tenía ni idea de lo que iba el experimento. ¿Italianos con un documental de rock and roll?, tampoco me pegaba mucho. Y así, más escéptico que otra cosa empecé con los 80 minutos que dura la cinta. La trama va de un joven italiano amante del rock and roll que pretende llevar hasta un pequeño pueblo de La Emilia Romagna nada menos que a los Foo Fighters del ex Nirvana Dave Grohl, y para conseguirlo no se le ocurre otra cosa que juntar en una pradera a mil músicos entre baterías, bajos, guitarras y cantantes para tocar al unísono el learn to fly de la banda americana, y pulsar así la fibra del grupo y convencerlos.


He de decir que ya en los prolegómenos, con las tomas al caer la tarde y el sol en retirada, con el verde del campo entremezclado con 1000 colores, entre operarios, músicos y jóvenes de otras tantas tribus me recordó un poco al mítico Woodstock, por el caos, y también por la alegría que rezumaba la escena. Al menos estéticamente el documental se deja ver, me dije en ese instante. Pero el auténtico subidón llegó cuando 250 baterías comenzaron a baquetear la canción elegida y aquello sonaba milimétrico. Vellos de punta al instante, no podía creer que algo tan caótico y en apariencia tan improvisado pudiera sonar tan perfecto, como si en lugar de un puñado de jóvenes latinos algo rebeldes y bastante soñadores estuviéramos hablando de una milicia de disciplinados coreanos del norte desfilando para su líder. El resto del documental me lo pasé con una sonrisa puesta en la cara y la emoción a flor de piel a cada instante, a medida que contemplaba cómo el sueño utópico de aquel joven se iba haciendo realidad.


Sorprende y entusiasma ver cómo una pasión auténtica, en este caso un amor grande por la música, consigue acompasar y sincronizar a la perfección a mil personas en torno a una canción. Especialmente gratificante saber que todos lo hacían de manera altruista y gratuita, viajando desde muchos lugares de Italia, juntando a rockers, punks, góticos, heavies, countries, popies, clásicos y de otras tantas religiones musicales, profesionales y amateurs. En el documental repetían con asiduidad las sensaciones que experimentaban, con muchas lágrimas de emoción y mucha piel de gallina, incluido el mismísimo Dave Grohl, y allí sentado en mi butaca de la Casa de la Cultura podía entender perfectamente la magnitud de la catarsis colectiva, entre otras cosas porque salvando las distancias también yo la experimentaba.


En resumen, salí bastante contento con el desconocido documental de la joven realizadora Anita Rivaroli, no hay nada como entrar a disfrutar de algo sin expectativas y completamente a ciegas, y no cuento más para no desvelar toda la historia, por si tienen pensado visionarla algún día. Sin duda en estos tiempos que corren, tan convulsos y a menudo tan salvajes, alegra especialmente saber que todavía hay gente que por amor es capaz de aparcar el ego y cualquier interés particular, y cantar, y contar, y tocar, y reír, y saltar, y sumar, y brillar, y de paso decirnos a todos y todas, la de cosas hermosas que podríamos hacer por amor.

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