Espido Freire es, sin duda, una de las autoras más relevantes en español. Ganó con 25 años el Premio Planeta y ha escrito todos los géneros, siguiendo así los pasos de sus referentes literarios, y arriesgándose en una industria temerosa de la incertidumbre. Dedica la mayoría de su tiempo al oficio de escribir y le encanta viajar. Ha estado en muchas ocasiones en Canarias, y le sigue pareciendo un territorio sorprendente. Su última obra, “Guía de lugares que ya no existen”, es un ensayo precisamente sobre espacios reales o imaginarios que necesitan ser recordados. Acerca de todo ello hablamos con ella en otro lugar singular: la librería El Barco de Papel. Espido volverá este año a Tenerife para reencontrarse con sus lectores y con una isla que le fascina.
P: En primer lugar, me gustaría preguntarte por uno de los relatos de este libro “Guía de lugares que ya no existen”. Me ha llamado mucho la atención el último relato, porque habla sobre una isla, y como soy isleña, he empezado a leer tu ensayo por este último. Y porque, además, es muy distinto a los demás…
R: Claro, porque es ficción. Bueno, la gran ventaja de presentar un libro a un premio y no hacerlo a través de un cauce más institucional, como es una editorial, es que la libertad es mucho mayor. Entonces, ahí ya cabe la apuesta de si le gusta al jurado o no le gusta al jurado. Pero por parte del autor la libertad es mucho mayor. Y yo en este caso, cuando hablo de los lugares que no existen, incluyo un capítulo en el que hablo de los lugares que yo misma he inventado. Todo autor tiene, o todo autor debería… iba a decir que tiene, pero no todos, debería a mi juicio, tener un universo personal, un universo propio. A veces tienen nombre, como Macondo, y otras veces no tienen ese nombre, sino que es la Castilla de Delibes o cualquiera de los entornos de los que habla en un momento determinado Margaret Atwood, que es capaz de inventar mundos y distopías imaginarias, y por otro lado hablar del Canadá actual. Entonces, quería meter ese relato también como una muestra de cómo son los lugares que los autores inventamos y que, en un momento determinado, pueden desaparecer, como la Atlántida o como desaparece la isla de San Borondón; y sin embargo, existir durante el tiempo en el que tú la has leído y durante el tiempo, como dice la protagonista del relato de la isla, en la que ellos se han amado. La isla existió mientras yo le di nombre.
P: Hablando de islas, ¿has visitado, creo, varias veces Canarias?
R: Yo estoy fascinada con las islas, lo estoy con todas las islas y lo estoy en particular con Canarias. He estado muchas veces, no varias, muchas. Desde hace casi 30 años, desde que comencé a escribir, no las había visitado antes. Una de mis novelas, Soria Moria, está ambientada en Tenerife y en Fuerteventura. He tenido la suerte de venir a las ferias del libro, he estado en cursos de verano… Ahora vuelvo en noviembre a La Laguna, a un congreso sobre literatura de mujer. Pero más allá de eso, y más allá del vínculo laboral, que para mí es el más importante, porque dedico prácticamente todo mi tiempo a mi oficio, tiene que ver con los lugares que resuenan emocionalmente dentro de una, y los hay que sí, los hay que no. Y Canarias sí.
“Por un lado deseamos que el progreso continúe, pero por otro lado vemos a dónde nos está llevando un crecimiento apresurado, que es el enriquecimiento de unos pocos y ahora a perder la calidad de vida de muchos, de mucha gente”
P: ¿La primera vez que viniste a Canarias era como imaginabas? Porque en tu libro escribes también sobre la idea de imaginar un lugar incluso antes de visitarlo…
R: Pues la primera vez fue a Tenerife y no recuerdo que me imaginaba, si te soy sincera, pero recuerdo que me sorprendió para mejor, o sea que me gustó, también me trataron muy bien y eso siempre ayuda. Me habían dicho que La Palma era bonita, pero la primera vez que estuve fue hace 20 años con amigos y me encantó, me entusiasmó. Y volví el mes pasado, estuve en la Feria del Libro de Los Llanos de Aridane. Y ha cambiado, tiene una herida en mitad de la isla. Luego he ido recorriendo otras islas, me faltan La Gomera y El Hierro.
P. He leído también el capítulo sobre la ciudad de Bath…
R: Es uno de mis capítulos favoritos…
P: Es muy bonito, y mientras lo leía pensaba que, a lo mejor, no siempre que algo desaparece en una ciudad o en un lugar es necesariamente malo, ¿no? Tú cuentas en ese relato que Bath se ha transformado, que han quedado heridas, huellas, pero que a lo mejor la conclusión es que no siempre que algo desaparece es malo necesariamente, sino que se transforma de otra manera y que tenemos que verlo con otros ojos.
R:. Ni mucho menos es algo malo necesariamente. Lo que ocurre es que el ser humano tiende a ser conservador respecto a sus memorias y respecto a los lugares de infancia, incluso respecto a sus creencias. De hecho, en X, por ejemplo, de las discusiones más habituales que se tienen es cuando alguien contradice una información que recibimos en primaria o en secundaria: “Pues a mí me enseñaron que…” Ya, claro, pero es que eso ya pasó y hemos mejorado. Me llama mucho la atención lo rígidos que somos respecto a según qué tipo de cosas. Entonces eso, a veces, nos hace que no percibamos un mal pasado o un buen presente, y que no seamos capaces, por una cuestión de inmovilismo, de prever o vislumbrar cuál puede ser un futuro más acertado. En mi tierra, en Bilbao, pasó. Pasó con el Guggenheim. Había mucha resistencia, había mucha gente que no deseaba de ninguna manera que se pusiera ahí un museo, y menos un museo extranjero y menos un museo, que estaba en un lugar que no acababan de entender dónde se iba a situar, y que era muy moderno, chocaba con lo que había. Y, sin embargo, fue el inicio del fin de una transformación de la que ahora todos nosotros hablamos. Y lo mismo ha ocurrido muchas veces con la peatonalización, lo mismo ha ocurrido con un buen montón de ejemplos, y de cosas que con el tiempo han resultado mejores. Pero lo primero que decimos es no, no queremos que esto cambie…Y incluso más quienes nos fuimos de esos lugares que quienes se han quedado allí, porque quienes se han quedado tienden a ver cuál es la necesidad directa. Nosotros no queremos que nuestras memorias cambien.
“El gran viaje como un elemento de consumo, como un elemento económico, hace que tengamos que sacar lo máximo de nuestra inversión. Por lo tanto, ya no se trata solo de disfrutar, sino de que el resto de la gente vea que nuestra inversión, el tiempo, el dinero, en todo ha rendido”
P: Hay una palabra de moda para definir esto: solastalgia. Su significado vendría a ser la nostalgia por la pérdida del territorio conocido, estando aún en él…
Hay muchos neologismos, como este, que nos vienen a mostrar que esa sensación, que creíamos que solo sentíamos nosotras, es común. Porque muchas veces son elementos sutiles. Que tienen que ver con percepciones muy privadas y que, por lo tanto, pensamos que “no estamos muy bien de lo nuestro”. Las cosas no son generalmente blancas ni negras, sino que atraviesan, se transforman también. Hay un primer impulso de realidad y después otro. Y yo recuerdo que de niña era muy difícil sacarme de casa por mi propia voluntad. Mis padres tenían que obligarme a ir a los sitios, pero luego no quería volver de los sitios. No sé por qué. Cada vez me pasaba lo mismo y yo sabía que si iba y se hacía el esfuerzo de ir, luego me iba a gustar, pero no quería.
Hay una sensación también de no desear, por ejemplo, cuando se está en unas vacaciones, cuando se ha tenido una estancia o ahora hay tantos traslados, tanta gente que vive fuera de donde han nacido… la sensación de que ya que todo lo demás está en movimiento, por lo menos que los lugares no cambien. Y cuando empiezan a cambiar, y ahora además que vemos que muchos de esos cambios son tan instantáneos, una gentrificación tan feroz, los cambios de tiendas populares por, a veces, franquicias, y otras veces sencillamente servicios más inmediatos… Yo creo que todo eso conlleva, sobre todo a nuestra generación, una contradicción. Por un lado deseamos que el progreso continúe, pero por otro lado vemos a dónde nos está llevando un crecimiento apresurado, que es el enriquecimiento de unos pocos y ahora perder la calidad de vida de muchos, de mucha gente.
P: Y también porque todo esto va muy rápido…
R: Va a una velocidad salvaje. Y si nos cuesta a nosotros, yo no entiendo cómo la gente mayor se ha adaptado. No solo eso, la propia tecnología que está suplantando a la gente por máquinas, a la gente por voces.
P: Y los lugares parece que la tecnología los idealiza, los recrea de un modo en el que no existen…
R: Hay algo muy curioso que se ha producido con la irrupción de la imagen. La selección, los documentales, que antes teníamos uno cada tiempo y ahora podemos estar viendo 24 horas al día documentales. Las redes sociales, que ahora son varias y no descansan, y nos bombardean con miles de imágenes y vídeos por hora…. Y eso hace que dé la impresión de que todos los lugares los conocemos ya antes de llegar. Nos hacemos una idea y, a su vez, nos encargan una misión, que es que si hemos estado, tenemos que fotografiarlos o tenemos que mostrar que hemos estado ahí. No vale el imán o la cucharita que se traía antes, sino un testimonio gráfico de que hemos estado ahí.
P: Antes ibas y grabarlo no te preocupaba, lo disfrutabas…
R: O no, o volvías decepcionada y decías, por ejemplo: “A Roma nunca más, porque ha llovido, porque está todo roto…” Yo he oído a gente que dice eso. Sin embargo, ahora no es Roma. Son cuatro imágenes concretas de Roma, algunas de ellas sobresaturadas de gente, muchas y en la calle de al lado no hay nada, y que tienen que ver con un concepto muy especial de turismo, que es lo que ha sustituido el concepto de viaje. También porque el viaje siempre ha sido una idea profundamente elitista. Porque si alguien quería viajar, ¿quién podía viajar? La élite. El resto eran levas de ejército, eran desplazamientos, eran exilios o eran otro tipo de peregrinajes.
El gran viaje como un elemento de consumo, como un elemento económico, hace que tengamos que sacar lo máximo de nuestra inversión. Por lo tanto, ya no se trata solo de disfrutar, sino de que el resto de la gente vea que nuestra inversión, el tiempo, el dinero, en todo ha rendido.
P: Volviendo al libro, ¿cómo surge la idea del ensayo?
Viene de la reflexión del primer capítulo. Quería enfrentarme a que los lugares no permanecieran. Es mi indignación frente a eso. Entonces comencé a tomar anotaciones de distintos lugares, a mano, muchas veces. No quieras saber dónde, o sea, el típico bloc de notas que te dejan en la casilla del hotel, al lado de los vasos y las galletas. Anotaba momentos y lugares que quería recordar. Porque mi memoria no es muy buena, por ejemplo, para nombres y caras. Yo recuerdo hechos y emociones, pero sobre todo cuando he empezado a viajar mucho más y de una forma más rotunda siempre tengo ese miedo a que lo urgente me obligue a olvidarme de otras cosas. Y de vez en cuando me voy poniendo a limpiar esas notas y digo: “Esto, no sé, es un poco desordenado, pero hay algo en común, ¿no?… hay una línea”. Me gusta mucho escribir sobre viajes.
P: He leído en alguna entrevista tuya que decías: “Viajo porque escribo”.
R: Sí. Y este día 15, por ejemplo, me marcho con 17 viajeros a Irlanda, una semana entera.
P: ¿Haces rutas, entonces, para enseñar determinados lugares?
R: Bueno, no es exactamente así. Lo que hago es llevar a viajeros, que también son lectores muchas veces, para destinos literarios.
P: ¿Eliges tú esos destinos?
R: Sí, sí, claro, porque yo les hablo de ellos.
P: ¿No es una elección democrática, entiendo?
R: No es democrático, no. No es democrático en absoluto. Conmigo las cosas rara vez son democráticas (risas).
P: Es un recorrido sobre autores y novelas que te han fascinado…
R: Autores, novelas, épocas históricas… Por ejemplo, en el viaje a Irlanda aprovechamos para ir con el Bloomsday, que es el día de Leopold Bloom, personaje de la novela de Ulises de James Joyce. Y de ahí hacemos la ruta de cuatro autores irlandeses que han ganado el premio Nobel, el último Seamus Heaney, pero también aprovechamos para hablar de distintos poetas, también de las distintas ficciones.
P: ¿Y los viajeros que van a estos destinos contigo suelen ser lectores de esos autores o novelas?
R: Este viaje, por ejemplo, lo suelen hacer viajeros que ya han venido conmigo a otros viajes y les gusta el concepto, o bien gente que quiere conocer Irlanda, que quiere conocer una Irlanda un poco diferente, un viaje cultural. Son personas que vienen, son viajeros diferentes a los viajeros que puedes encontrar en otro tipo de tour, ni mejores ni peores. Entonces, se van creando ese tipo de dinámicas. Por ejemplo, en octubre, realizo un viaje a la zona de las Bronte y otro viaje a la zona de Jane Austen. Ahí sí que muchas veces viene gente muy entusiasta. Llevo diez años haciendo estos destinos literarios.
P: Tengo entendido que has escrito todos o casi todos los géneros literarios. Eso me llama la atención, porque ahora quienes escriben suelen especializarse.
Pero eso es una cuestión que determina la industria. Es decir, es mucho más fácil que te vendan, que te compren, si estás asociada a una novela policíaca, por ejemplo. Yo he escrito hasta ahora todos los géneros. Tengo novela gráfica, teatro, poesía… ¿Has visto aquel libro de allá? (señala un libro a nuestra derecha en una estantería de la librería)… “Grandes amores”, ese es mío.
Y la cosa está en que… yo siempre me he pensado o me he concebido como escritora. Entonces me ha interesado que mi oficio sea lo más rico y lo más variado posible. Empecé con relato, de ahí hice teatro, poesía… Y luego ya me especialicé en la novela. Después comencé con otras cosas. Entonces para mí es muy natural enfrentarme de un género a otro, exactamente igual que en medios de comunicación, que colaboro en varios. Lo cual no indica que haga todo bien. Pero sí me parece que es importante, porque primero todas las historias no funcionan bien en todos los géneros. El trabajo del escritor requiere, creo yo, cierto riesgo y dentro de la industria se tiene una gran aversión al riesgo.
P: Claro, pero a lo mejor es una idea mía, no lo sé, no estoy muy segura, pero antes era así, ¿no?, los escritores solían arriesgarse un poco más, o salirse un poco más de un género. Recuerdo un documental de Arthur Conan Doyle, donde se describía su obsesión por salir del encasillamiento de Sherlock Holmes, intentaba salir continuamente de él y no podía.
R: No tuvo mucha suerte con eso. Mira, no nos engañemos. En El Siglo de Oro la mayor parte de los autores querían o bien escribir poesía que les daba prestigio o escribir teatro que les daba dinero. Cervantes se tuvo que conformar con la novela, entre comillas, porque no tuvo éxito en ninguna de las dos. Entonces, no siempre han sido razones puras las que les han llevado de una cosa a otra. Pero mis referentes, que son principalmente los autores clásicos y los filólogos, han tendido a escribir varios géneros. Entonces si esos son mis referentes y mis maestros, yo les voy a hacer caso. Y ojalá los demás se alineen con nosotros también.

Texto y entrevista: Verónica Martín
Agradecemos a la Librería El Barco de Papel por permitirnos realizar esta entrevista en su local.



