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Adrián Gómez opina sobre la película «Última noche en el Soho»


Edgar Wright expone con maestría un ejercicio de metacine, en lo que viene a ser una de las sorpresas del año en la cartelera, antes de dar carpetazo al mismo. Thriller psicológico y cóctel referencial, en el que se nos narra la pasión por la moda y la fascinación por los 60 británicos de la protagonista, una Thomasin Mckenzie (Jojo Rabbit, Tiempo) acertada, que muta en Ana Taylor Joy (La bruja, Múltiple) en una especie de ensoñación evocadora, que nos traslada al Soho londinense de mediados de la década prodigiosa. A ritmo del Downtown, de Petula Clark, observamos en la marquesina de los cines el estreno de Thunderball.

Estamos en 1965, y suenan Heatwave, versión The Who, o Puppet on the String, de Sandie Shaw. Asistimos a un recital de Cilia Black, y conocemos al mefistofelico proxeneta encarnado por Matt Smith…y volvemos a la realidad. Una actualidad asolada por hombres sin rostro, aversión al contacto masculino y fantasmas del pasado. Aquí nos topamos con la casera, Diana Rigg (Los Vengadores, 007: Al Servicio de su Majestad), en su papel póstumo, y a quien va dedicada la película. También hay un tipo misterioso, rol de Terence Stamp (El coleccionista, Modesty Blaise), ambos actores, no por casualidad leyendas del Swinging London de la época. Iconografía pop a borbotones pues. La mitomanía lo domina todo. La ambientación es excelente, pero el film también respira personalidad propia. Y aunque, inicialmente, puede parecer un panfleto hembrista, al estilo de la impresentable Una Joven Prometedora (a años luz en creatividad e intenciones), va mucho más allá. Guiños a Repulsión de Polansky, a Frenesí de Hitchcock, a los 70 de De Palma, y a la historia del Giallo (desde Mario Bava hasta Argento) , Wright configura una cinta de suspense/ terror, con giro final incluido. Un slasher mod, un recorrido fantasmagórico, que juega con nosotros, y que nos arrastra escaleras arriba hacia la verdad. El director de la trilogía del corneto, que enfrentó a Scott Pilgrim contra el mundo, le hizo un corte de mangas a Marvel con Antman (y salió pitando) y nos hizo robar bancos al son del Brighton Rock, de los Queen en Baby Driver, construye aquí, a juicio personal, su mejor obra. Dos intensas horas en el que solo cabe dejarse llevar. Así pues, a colocarse los auriculares y a pinchar Starstruck de Los Kinks, y disfruten del viaje. Un auténtico trip, en todos los sentidos. Una gozada sensorial.

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