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Crónica: Concierto de Pedro Guerra en La Orotava

Con un ligero retraso sobre el horario previsto (que facilitó la entrada de todo el público, escalonada para seguir las medidas de distanciamiento social aún presentes en los teatros), arrancó la noche de la mano de Laura Henríquez. La cantante palmera regaló al público que llenaba la sala del auditorio Teobaldo Power (dentro del aforo limitado) tres temas de corte variado, comenzando con un canto de amor a la Música (Ella es música) para seguir con un tema de amor amargo: Cobarde. Cerró su breve estancia en el escenario con De cumbre y sal, tema compuesto a raíz de la erupción volcánica en su isla natal y que sirvió como un primer homenaje al pueblo palmero. En su presentación destacó lo orgullosa que se sentía al poder telonear a un artista que le sirvió de inspiración desde su primer disco, Golosinas.

Después del aperitivo, el plato principal de la noche se hizo de rogar, con un cambio en la escena dilatado en el tiempo (más teniendo en cuenta que ambos llegaban solo acompañados de guitarra, butaca y atril). No obstante, la llegada del güimarero al teatro fue como un viaje al pasado: el mismo aspecto a través de los años (solo su pelo más canoso revela el paso del tiempo). Después de arrancar con Espejo, de su nuevo trabajo El viaje, llegó el momento del primer saludo, deseando que la sexta ola pandémica no impida este regreso al contacto directo con el público. Entre bromas (fue una constante durante la tarde-noche), comenta que trae el disco en formato acústico, “vamos, yo solo”. Y durante cerca de dos horas de recital, va desgranando temas antiguos y nuevos, animando al público a participar cantando o con palmas. Todo hilado a través de pequeñas anécdotas que nos acercan más al contenido de cada canción.

Pasa, Contra el poder, Deseo (más emocionante que nunca), El marido de la peluquera, Ofrenda (con referencias al Día de Muertos mexicano y su visión de la pérdida de un ser querido), Contamíname… se fueron entrelazando con temas menos conocidos para el público presente en la sala. Nos brinda Cara y cruz, un tema con mucha solera (“lo cantaba en mis inicios en locales de Madrid como Libertad 8”) a pesar de no haber tenido un hueco en sus anteriores discos. Con Tú y yo, Cuando tú no estás o Ruego (dedicada a su pareja María) muestra su lado más romántico. Recupera el tema El viaje, grabado con anterioridad junto a Javier Ruibal; nos cuenta la conexión entre La arena del circo y El circo de la realidad (una suerte de resonancia de un pasado); presenta también el tema Atravesar una isla, de la película Pessoas de Arturo Dueñas, con la actriz Greta Fernández (que debe su nombre al tema homónimo de su primer disco). Este ir y venir entre temas de su discografía hace que el recital no pierda fuerza en ningún momento, con pequeños descansos para el público que acompaña cantando las canciones más populares. Demuestra, como comentará luego en los agradecimientos al público, que en su caso no parece cumplirse el dicho de que uno nunca es profeta en su tierra, y la acogida que recibe siempre en las islas va acorde con la calidad humana y musical que desprende en todo momento.

Hubo en la noche tres momentos con una alta carga emotiva. El primero de ellos llegó de la mano del tema Alzheimer, en el que narra las vivencias con su abuela paterna y su deterioro debido a esta enfermedad (“dejando de estar estando presente”). Dedicada a su madre, presente en el patio de butacas, arrancó lágrimas en más de un espectador (entre ellas, de quien escribe estas líneas) por su atinada manera de reflejar el efecto que tiene en los afectados y en su entorno, que trata de mantenerlos conectados con la realidad y vivos así en todos los aspectos. Otro momento especial fue con un segundo homenaje hacia la isla de La Palma mediante el tema Siete puertas (ahora ocho en alguna estrofa), llegando ya al final del encuentro. Y para cerrar el concierto, otra dedicatoria hacia su familia. En este caso, para su hijo Pedro (también presente entre el público), al que brindó el tema Cuando Pedro llegó (“me pidió que se lo cantara, aunque iba a hacerlo de todos modos”). Enlazado rápidamente con Otra forma de sentir, se convirtió en el digno broche de oro a una noche espectacular, plagada de buena música, risas y emociones. Las casi dos horas de concierto parecieron escasos minutos desde la butaca.

Por Débora Rodríguez

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