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CRÓNICA: El Santa Blues se hace mayor como merece. Por Eloy Cuadra

Decimoctava edición del conocido Festival de Blues de la capital santacrucera, y el concierto alcanza su mayoría de edad con todos los honores, por el cartel de artistas con el que nos obsequiaron este año, y también por haber trasladado el evento a la señera y central Plaza de la Candelaria después de dos años de destierro obligado en el Guimerá y otros muchos en la Concepción. Tomen nota los regidores municipales para futuras ediciones, por capacidad de aforo, por vistosidad, por acústica y por la relevancia que adquiere, la principal plaza capitalina es el lugar ideal, si de lo que se trata es de que este festival siga creciendo en proyección, en público y en calidad en los próximos años. Pero poco importa el continente si el contenido no está a la altura, aunque no es este el caso. Gran acierto de los organizadores por elegir como apertura de la noche a un grupo local, donde Guillermo, el chaval que creció colándose en las primeras ediciones del Santa, con su flequillo a un lado y su aspecto de chico bueno se descubrió este viernes de blues como un auténtico virtuoso de la armónica diatónica, muy bien acompañado por sus Satellite Rockets siempre a la altura. Muy de agradecer, en especial para los más roqueros como es mí caso, el tema de apertura que escogieron, algunas revoluciones más allá de la acostumbrada cadencia del blues más clásico, presagiando tal vez lo que seguiría una hora más tarde. A destacar también el salto de calidad en lo vocal que supuso la irrupción en el escenario de una chica, Eva, vozarrón espectacular, interpretación impecable, y bien que podría haber pasado por afroamericana de no ser por su pelo castaño y su piel clara. Y la banda completó algo más de media hora a bastante buen nivel, augurándoles larga vida, muchos éxitos y muchos bolos este verano si siguen con ese entusiasmo.

El segundo acto correspondió a los hermanos nueces, los Nuts Brothers en inglés, dos madrileños, un gallego y un italiano que no resultaron ni mucho menos una castaña, y sí más bien todo lo contrario, muy afinadísimos en la instrumentación y en la acústica, se les notaban muchas tablas, habiendo cómo han participado algunos de ellos en bandas tan contundentes como Aurora and the Betrayers o tan legendarias como Martha Reeves and The Vandellas. De hecho, la mejor guitarra de blues de la velada fue la del espagueti del grupo, Alex Caporuscio, experimentado y sentido guitarrista que dejó sobradas muestras de su calidad en unos cuantos solos extendidos. Destacable también por lo poco usual que es tanto como por su calidad como percusionista la aportación de Enrique Parra, que además de llevar las baquetas cantó la mayor parte del repertorio con una sorprendente voz rasgada no exenta de potencia. Con ella y con su buen hacer como batería arrancó el aplauso entusiasta de un público de media entrado en los 40 que por entonces ya casi llenaba la plaza, y al que le costó un buen rato entrar en calor, lo que consiguió el propio Parra tras unas cuantas invitaciones a que acompañaran, se levantaran y bailaran, pues como muy bien dijo: «el blues no se inventó para escuchar sentado». Y así terminaron con el clásico de las pistas de baile, el Tutti Frutti de Little Richard, y estoy por asegurar que a buena parte de los que allí estábamos no nos habría importado que los hermanos nueces hubieran seguido tocando media hora más.

Pero faltaba el plato fuerte, el septuagenario dos veces ganador de un Grammy que guarda además un lugar en la historia de los más grandes entre los grandes, los Rolling Stones, con los que participó en dos discos míticos (Some girls y Emotional Rescue), que no era otro que el neoyorquino de Harlem, el bluesman Sugar Blue. Se presentó en la noche santacrucera a eso de las 22.30, con un sexteto muy bien pertrechado de entre los que destaco al magnífico teclista Damiano Della Torre, que se exhibió en unas cuantas piezas para deleite de los asistentes, sin hacer sombra por supuesto al protagonista inequívoco de la velada, el señor Sugar, que nos regaló unos cuantos de sus temas propios intercalados con algunos clásicos, de Howlin´ Wolf, Junior wells y como no el legendario y archiconocido Hoochie Coochie Man de Muddy Waters, que se fue a más de diez minutos de canción y gustó bastante al respetable, para terminar más allá de la media noche con todo el mundo en pie y la gozada de ver el graderío y los exteriores de la Plaza de la Candelaria llenos como pocas veces en los últimos tiempos, y tal vez en mucho mucho tiempo si nos referimos a estilos de música nacidos en la tierras del Tío Sam, tan poco dados a escuchar por estas latitudes salseras. En resumen, una magnífica velada para los amantes del rock en su vertiente blusera que cómo decía al inicio, bien harán en mantener y reforzar promotores, artistas y regidores políticos para futuras entregas, en próximos Santa Blues y por qué no en futuros nuevos eventos.

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