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Doble crónica del concierto de Robert Jon and The Wreck en Tenerife. Por Adrián Gómez y Eloy Cuadra

Robert Jon and The Wreck. Por Adrián Gómez

Todo un lujo que se deje caer esta gente por la isla. Los californianos convirtieron el teatro del sauzal en el Filmore East, en plenos años 70. Unos tíos que grabaron en los Sunset Studios (Doors, Led Zeppelin, Prince), merecen todos mis respetos, pero si cuentan con un directo demoledor, como demostraron la noche del 27 de mayo en el pueblo del Norte, el éxtasis está asegurado.

Abren con She,s the Fighter. Comienzo con guitarras musculosas desbocadas, tan bien empastadas como las de los Allman Brothers. Las influencias son claras; también planean otros hermanos, los Robinson, y como no, los Heartbreakers de Tom Petty en la construcción de las canciones. A todo esto, la platea tiene hambre de Rock and Roll. Y aquí hay de todo, desde Rock sureño hasta baladas que rozan peligrosamente el AOR. Salvan el expediente con su solista; un Guitar Hero, cuya fiereza bascula entre Mark Farmer , Fred Sonic o Steve Hunter, pero cuyos solos son marca Lynnyrd Skinnyrd. Alterna la Firebird con la SG, arrancando aplausos constantes…están como motos, y lo demuestran en la explosiva Waiting for your Man. Robert Jon es un gran vocalista, más cerca en fraseo, a Phil Collins, que a Chris Stapleton, pero su look es una miscelánea entre Ronnie Van Zandt, Mike Love o Patterson Hood. Excelente rítmica, enlaza perfectamente con determinados punteos, y aquí es donde se demuestran las tablas. Ni un pero tampoco para la sección rítmica, y el teclista nos transporta con su hammond a otra época y lugar.


Difícil elegir algún highlight, pues el recital es un clímax permanente, pero destaquemos (por citar una), la orgasmica Don,t let the fire burn out. Sublime.

Sólo hay un bis. Y no hay covers. Eso les honra. Todo un viaje y un show necesario. Había sed. Y el Rock contundente de esta banda nos ha saciado. Queremos más. Tenerife está despertando. La sorprendente afluencia y fervorosa respuesta es un puñetazo sobre la mesa. A ver si nos enteramos, políticos y promotores…más música del diablo y menos gorras torcidas!

Robert Jon and the Wreck: Alabama en Tenerife. Por Eloy Cuadra

Creo que cortocircuité cuando escuché el «Sweet Home Alabama» de Lynyrd Skynyrd por primera vez, fue a finales de los 80 en un garito de verano que nunca faltaba en nuestra ruta. En años en los que no era fácil librarse del rock británico y su trilogía obligada -The Cure, U2 y los Smiths-, en mi pandilla juvenil éramos más del otro lado del charco y siempre andábamos buscando locales. Pero joderrr… los Skynyrd eran otra dimensión, con la supremacía brutal de las guitarras y esas armonías vocales, con canciones que se alargaban más allá de los cinco minutos por esos punteos interminables. Y de repente descubrí que en la América profunda había un grupo que llenaba estadios de fútbol con poco o nada que envidiar a las grandes bandas míticas. Días después escuché el «Free Bird» y llegó el extasis, la conversión definitiva, una oda a la guitarra eléctrica de más de diez minutos con la que comprendí que ese amor iba a ser para siempre. Este viernes 27 de mayo de 2022 en El Sauzal (Tenerife), Robert Jon Burrison y sus Wrecks, me transportaron por hora y media a aquellos maravillosos años.
Y seguimos de suerte por estas latitudes, si la semana pasada nos deleitaban con la armónica el joven Guillermo y el maestro Sugar en el Santa Blues, en esta ocasión le tocó en suerte a las guitarras del señor Burrison y en especial a la del portentoso Henry James, un Adrien Brody con bigote, pelo a lo afro y pintas de haber salido de una peli setentera de Scorsese, que haciendo honor al antecesor literario de su nombre nos regalo a los asistentes una esplendorosa sesión de poesía con las seis cuerdas, y creo que no me equivoco al afirmar que es el mejor guitarrista que ha pisado la isla del Teide en unos cuantos años, lo que corroboró con repetidos solos extendidos a menudo con los ojos cerrados, como si quisiera entrar en trance y echar a volar por el escenario. Mención especial al apoteosico y monumental tema con el que cerraron su actuación poco antes del bis.


Aunque no sería justo si me quedara solo en las guitarras, porque estos chicos de Orange County (California) se descubrieron este pasado viernes como una auténtica banda de rock and roll perfectamente engrasada y acompasada, con un Robert Jon casi perfecto como vocalista y guitarra rítmica, cierto que nos recordaba mucho por su manera de cantar, por sus letras y por su indumentaria -barbas largas, botas y gorra de vaquero- a sus predecesores claros en el rock sureño americano, mis venerados Lynyrd Skynyrd y otros dignos herederos como los Drive by Truckers o los Blackberry Smoke, pero no por repetido un estilo deja de gustar. Y bueno, quizá para no parecerse tanto a los de la americana music tienen a un bajo muy estiloso y chulito flequillo a un lado y Ray-Ban classics más propio de una de Tarantino (Warren Murrel), a un batería melenudo que parece primo hermano del de Nirvana (Andrew Espantman) y a un teclista muy comedido y corpulento que bien podría haber pasado por un miembro del staff de los que montan los escenarios (Steve Maggiora).


Caracterizaciones aparte, magnífica la presentación en Canarias de este grupo californiano, a lo que mucho ayudó la excelente acústica del teatro, en una velada en la que nos presentaron unas cuantas de las magníficas canciones que componen su aclamado último disco, «Shine a light on me brother», en una gira que aún los va a tener tocando por España unas cuantas fechas más y que bien harían en ir a ver si nos leen y aún tienen posibilidad, con nada menos que 17 conciertos en 3 semanas hasta el 14 de junio.


Por poner algo en el debe de la noche, quizá podían habernos regalado alguna que otra canción más en los bises, a razón de lo llena que estaba la sala, lo temprano que aún era y lo entregado que estaba el respetable en ese momento. También en el debe, aunque este es un asunto más personal, y es que a mi gusto el cantante tardó demasiado en pedirnos que nos levantáramos, y nos pasamos medio concierto sentados pese a la contundencia y la energía de sus canciones, algo realmente contradictorio. A esta placidez del auditorio supongo que contribuyó la edad media de los asistentes, rondando o por encima de los 40. Pero el rock no se hizo para estar sentado, por muy viejo que te hagas por fuera, y si no que le pregunten al señor Jagger. Y esto me deja irremediablemente algunos interrogantes: ¿cuesta cambiar el chip después de la jodida pandemia?, ¿no hay relevo generacional para el rock and roll?, ¿o ya se aburguesó y ha perdido su esencia rebelde y transgresora? Las respuestas en futuras entregas, con nuestros agradecimientos a Salam Producciones y al resto de promotores musicales canarios por el esfuerzo y el buen hacer, buen comienzo de este verano musical, que siga, que siga, y larga vida al rock and roll.

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