sábado, mayo 25, 2024

Alicia Warhola: Un seudónimo casual. Por Noé Ramón

Alicia Warhola es el pseudónimo que utiliza una joven dibujante grancanaria afincada desde hace doce años en La Laguna, y que escogió en un momento dado un poco al azar con el fin de difuminarse en un mundo que considera tan peligroso como el de las redes sociales. De hecho, prefiere no extenderse mucho sobre las razones por las que profesionalmente decidió en un momento dado autobautizarse de esta manera. 

La joven dibujante tsigue las pautas de la mayoría de todos aquellos que han elegido esta inusual profesión. Desde que recuerda ha sido una apasionada de las historietas, estudió Bellas Artes y luego ha conseguido irse haciendo un hueco en un panorama, en principio no demasiado apropiado como es Canarias. Aunque en lo cierto es que durante los últimos años las Islas han visto cómo se han asentado numerosas empresas dedicadas a la animación atraídas por los incentivos fiscales. 

Pero esta joven no es tan optimista como podría pensarse ni como lo son otros de sus compañeros. Cree que en realidad las condiciones no resultan las adecuadas ni las deseables para el trabajo que desarrollan. De hecho los sueldos están por debajo de la media del resto del territorio español y más aún si se tiene en cuenta su dura labor. 

Desde sus comienzos Alicia se ha centrado sobre todo en la ilustración y en el tiempo que lleva ha logrado algunos hitos destacables. Por ejemplo, es la responsable de los dibujos que aparecen en el libro Dos Raros de Vacaciones del legendario crítico musical y escritor, Jordi Sierra i Fabra. Uno de los primeros periodistas que escribió sobre el rock en los setenta, autor de casi 300 obras. El encargo se llevó a cabo por medio de una agencia que le consigue los trabajos y todavía recuerda que recibió la propuesta como “una auténtica pasada porque de adolescente era uno de mis escritores favoritos. No tanto por su faceta de crítico musical, si no más bien como novelista”. 

Lo único frustrante de este encargo es que en realidad nunca pudo hablar directamente con el autor y todas las gestiones se llevaban a cabo mediante la editorial Galera. En concreto, se trató de la segunda parte de El Club de Los Raros, un libro dirigido al público infantil que también vio la luz en Sudamérica y es obra de un ilustrador español del que también es admiradora. 

Indica que en general los dibujantes no suelen tener un contacto estrecho con los autores porque tienden a tener demasiadas exigencias que es difícil concretar y por ello es preferible recurrir a intermediarios que canalicen sus ideas. Por lo que sabe en este caso, Sierra i Fabra se quedó muy contento con el resultado final de su trabajo. 

Nada más acabar la carrera de Bellas Artes, que ha pasado de ser una especie de cementerio para creadores a un punto de partida y de oportunidades, se dedicó de lleno al mundo de la ilustración, hizo prácticas en publicidad, trabajó en una empresa de videojuegos y en otra que edita libros para niños. Desde 2020 a 2022 participó en la serie de animación MeteroHéroes, fraguada en unos estudios ubicados en Tenerife, por lo que ha vivido en primera línea el auge de este tipo de propuestas que se han asentado en las Islas. 

Alicia ha visto que de forma paralela, el esfuerzo es recompensado con continuas ofertas de trabajo de manera que ha conseguido encadenar un empleo tras otro. “No he parado, he tenido mucha suerte”, indica al recordar que desde 2016 ha venido sacando libros de temática infantil y juvenil, su público preferido. Por medio de la editorial Lecanarien, ha desarrollado otra faceta como son las obras de temática canaria. En total ha hecho unos ocho libros sobre El Hierro, La Gomera, La Palma y Tenerife, más un cómic titulado El Guirre.

También ha sido la responsable de las ilustraciones de Un niño nuevo en clase  y la serie Pequeño Camelot, compuesta de seis volúmenes que acaba de terminar en estas fechas. Queda por lo tanto clara su pasión por el mundo infantil en el mejor sentido del término y de hecho su dibujante de cabecera es Quino, el creador de Mafalda. Pero igualmente, es fan, por ejemplo, de Zipi y Zape y Manolito el Gafotas, película incluida. 

Alicia se encuadra dentro del grupo de dibujantes que prefiere trabajar sobre historias ajenas, tiene algunas ideas que le permitirían moverse con más independencia pero acto seguido confiesa que “no siento la misma pulsión por escribir que por dibujar. En estos momentos no me lo planteo”. El tiempo de creación es muy variable, en algunos casos puede acabar un encargo en dos semanas y en otros dos meses, el máximo que ha tardado hasta ahora. Lo único común es que siempre trabaja contrarreloj. 

Básicamente el proceso comienza cuando las editoriales, según su perfil, le presentan un encargo y si lo acepta mandan el guión y una maqueta con descripciones de lo que quieren. En definitiva, dibuja sobre unos bocetos que califica de “muy sencillos” de manera que si hay que hacer algún cambio no se pierda demasiado tiempo. Lo más complicado es plasmar el concepto que desean quienes le hacen los encargos, “ahí es donde puede haber más tiras y aflojas”. Especialmente cuidadosa debe ser cuando trabaja con relatos históricos en los que hay que cuidar al máximo todos los detalles y de hecho recuerda que en una ocasión dibujó un rabo de gato, especie invasora introducida en las Islas siglos después.

En cuanto a la candente discusión sobre el papel de la Inteligencia Artificial (IA) en el mundo del dibujo, se confíesa en cierta manera “optimista” al considerar que el lugar del ser humano no puede ni debe ser ocupado por este tipo de herramientas que no saben de sentido del humor ni de creatividad. Tiene un razonable miedo de que poco a poco la IA acabe robándoles más espacio en cuanto supone un ahorro para las grandes industrias que en muchos casos sólo tienen en cuenta los beneficios en detrimento de la calidad y la creatividad.

De cualquier manera cree que efectivamente supone un golpe “bastante duro” que podría encajar y ser beneficioso en otros sectores como el sanitario pero en el sentido contrario puede propiciar montajes que desemboquen en la proliferación de auténticas fake-news, difíciles de distinguir de las noticias reales. Otra cuestión peliaguda es lo relacionado con los derechos de autor, dado que las inteligencias artificiales en vez de crear se aprovechan de las obras existentes que mezclan a su antojo. El consuelo es que poco a poco se va aclarando el escenario judicial, al igual que ocurrió en su momento con el mundo de la música en el que se establecieron límites para utilizar obras ajenas. 

Alicia es autora del cartel de la segunda edición del Salón del Cómic en 2020, cedió su obra para la subasta benéfica que se celebró en su momento y aparece en un libro editado por este colectivo. Sobre la Fundación considera que están llevando a cabo un buen trabajo y siente especial debilidad por el Salón del cómic, una cita anual que aprovecha para contactar con compañeros a lo largo de esa semana. Al contrario de lo que podría pensarse no opina que se mueva en un mundo con demasiada competitividad si no más bien lo contrario. Este contacto periódico les permite empezar a plantear cuestiones laborales y apoyarse mutuamente, aunque la mayor parte del tiempo tengan que hacerlo por medio de las redes sociales. 

Y es que esta autora es un tanto crítica sobre las condiciones laborales no demasiado ventajosas ni acordes con el trabajo que asumen los creadores. Sostiene que ha llegado el momento de reivindicar que llevan a cabo una labor creativa muy cualificada y de sacar el máximo partido posible a la oportunidad inédita que se vive en Canarias con la llegada de este tipo de productoras. 

En la actualidad se plantea volver a conseguir un trabajo estable y dar el salto a la industria internacional pero en realidad confiesa que no tiene planes de futuro ni se ha marcado a corto plazo una hoja de ruta. A la hora de aconsejar a los que se quieren sumar a este mundo, les transmite que se relacionen lo máximo posible entre ellos y que juntos consigan “dignificar al máximo” este trabajo en el que nadie se lanza para ganar dinero sino por vocación.

Fotografía cedida por Noé Ramón

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